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Presente editorial camagüeyana Ácana en Feria Internacional del Libro Cuba 2011

Feria Internacional del Libro

Camagüey- Varios libros han visto la luz en fecha muy reciente. Las presentaciones, con escasos días de diferencia, con tonos y modulaciones muy propias, con rituales también muy propios, hechos al modo de los autores y presentadores, hicieron de enero un mes de primicias. Pasado el dulce efecto, hagamos un leve balance, apretada síntesis de una experiencia, la de la lectura, que, como pocas, involucra al ser humano en su totalidad.

Al igual que la editora Olga María Romero, recuerdo con mucho cariño la primera edición y presentación de Friso de la vida, poemario de Gustavo Pérez en diálogo con la obra de Edvard Munch. El volumen formó parte de los primeros textos facturados en Ácana gracias al Programa de Publicaciones Territoriales, el que luego llamaríamos "Libros de la Riso" o simplemente Riso, acortamiento del nombre del equipo usado para la impresión.

Diez años después, el libro ha vuelto a ser editado. Aun cuando hasta el menos suspicaz de los observadores puede notar los cambios en la factura y presentación de los libros, lógica consecuencia de un saber hacer que crece y se perfecciona, no es menos cierto que un volumen como este es el más vivo ejemplo del tiempo transcurrido: el reciente Friso de la vida es más atractivo y las ilustraciones interiores resultan más nítidas.

No es intención de Gustavo pintar con palabras, o rehacer gracias a la palabra los sugestivos cuadros de Munch: más bien se asienta en ellos como en cualquier otro fragmento de la realidad. Ya los cuadros de Munch tienen autonomía respecto a la realidad en la que se inspiraron: los poemas de Gustavo, aun cuando aparezcan acompañados de las reproducciones, obedecen también a una lógica similar.

Sin ese rebuscamiento tan común en la poesía actual —que esconde con palabras profusas la ausencia de un pensamiento coherente—, los breves poemas de Gustavo conmueven por su aparente sencillez. Y ya se sabe —el mejor ejemplo nos llega desde la cumbre de la poesía y el pensamiento cubano— que la sencillez es cualquier cosa menos simplicidad y falta de hondura.

Días de silencio es el primer poemario de Eduardo Rodríguez: lo que en sí mismo es un suceso, bien merece sonoras albricias por nuestro descubrimiento de un nuevo poeta. Eduardo se presenta en la liza literaria con un manojo de excelentes poemas, de expresión madura y reposada. Su título no se refiere tan solo al silencio que acompaña per se a toda creación literaria, sino al silencio como sustancia de la vida espiritual, del observarse a sí mismo, no en pose narcisista, sino a sabiendas de las secretas conexiones entre las experiencias humanas: solo gracias al ahondamiento en uno mismo puede llegarse a los otros, a la secreta comunión con los otros.

Oneyda González también quiere algo así para sus Cuentos claros. Es intención confesa en el prólogo y, sobre todo, certidumbre de cuál ha de ser la misión más alta de la literatura. Pero a estos cuentos suyos no les basta con ser buena y multifacética narrativa, expresión del amplio registro en que ella suele moverse, sino que desde un  conjunto de apostillas nos aclara el sentido oculto de algunos o las conexiones con la realidad que los inspira: Oneyda, en fin, nos permite asomarnos a su taller, a la sabrosa angustia de la creación y también al juego, inteligente, participativo y sustancioso juego que es también el de la cultura. Los lectores inteligentes de seguro notarán que el contrapunteo entre cada cuento y su apostilla marca las diversas formas de ser de la realidad y de la ficción: esa continua permutación entre la una y la otra que tanto devana a escritores tan conscientes de su oficio como Oneyda.

Realidades duras y muy amargas son las mostradas por Yosvel González en Un día más. Yosvel ubica muy bien al narrador de sus ficciones, confiesa su deseo de anudar historias que pueden ocurrir en un barrio de cualquier parte de Cuba, cosas comunes y, en su afán de verosimilitud —sinónimo de honestidad—, muestra el mecanismo que le permite construirlas: las incorpora a la ficción y, en complejo juego de roles, se muestra a sí mismo en un universo preciso: teje sus cuentos de forma tal que devienen una suerte de tema con sus variaciones.

Un balance como el intentado por mí es sumamente riesgoso: muchas cosas quedan en el tintero. Estos libros merecen más que estas rápidas notas. Sea dicho en mi beneficio, y en el de esta publicación, que hemos pretendido hacer lo que niños intrusos entre bambalinas. Sea dicho, también en mi beneficio y, muy en particular, en el de estos libros, que ni el más exhaustivo análisis podrá agotar los posibles significados de una obra de arte. Que el crítico —o el entusiasta de la literatura, denominación que prefiero para mí— está marcado por el peligro de la cuerda floja que es, lo quiera o no, lo asuma conscientemente o no, parte de su vida.

Autor: María Antonia Borroto Trujillo

Fuente: Internet

Tomado de: Internet

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