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Rosa La Bayamesa

Monumento a Rosa La Bayamesa Manifestación: Generales 

Arribar al centenario de la desaparición física de Rosa María Castellanos Castellanos (25/9/1907), devine ocasión oportuna para repasar momentos significativos de la vida de quien pasó a la Historia Patria con el seudónimo de Rosa La Bayamesa, destacada luchadora en las guerras de liberación nacional de Cuba en el siglo XIX, particularmente en el orden de los servicios sanitarios.

Se sabe que Rosa nació en Bayamo hacia 1830 y que fue hija de Don Matías Castellanos y Francisca Antonia Castellanos, según ella reconoció en la escritura testamentaria ante notario; que es trasladada a la ciudad de Camagüey en la segunda mitad de la década del sesenta, residiendo en la Calle San Isidro; y que compartió su vida íntima con José Florentino Varona Estrada, antiguo esclavo negro, con quien se incorporó a la contienda independentista de 1868 a 1878.

Según el periodista norteamericano Grover Flint, la reputación de La Bayamesa data de la misma Guerra de los Diez Años, tiempo en que mantuvo a sus expensas y bajo su única responsabilidad, un hospital de sangre en la montaña El Polvorín, ubicado en la puertoprincipeña Serranía de Najasa, al sur de la actual ciudad de Camagüey.

Por su parte el historiador camagüeyano Juárez Cano apunta que ella organizó los hospitales de sangre a raíz del primer combate librado en Ceja de Altagracia, el 3 de mayo de 1869.

De la temprana celebridad de Rosa Castellanos, Ramón Roa dejó constancia al transcribir para la posteridad un ameno diálogo entre Máximo Gómez y la insigne compatriota:

–"Yo he venido con mis ayudantes expresamente para conocerte -dice el Generalísimo-; de nombre ya no hay quien no te conozca por tus nobles acciones y los grandes servicios que prestas a la patria".

–"No general, -responde la humilde mujer- yo hago bien poca cosa por la patria. ¿Cómo no voy a cuidar de mis hermanos que pelean?, ¡pobrecitos! Ahí vienen luego que da grima verlos, con cada herida y con cada llaga, ¡y con más hambre, General!; yo cumplo con mi deber y de ahí no me saca nadie porque lo que se defiende se defiende y yo aquí no tengo a ningún majá (holgazán); ¡el que se cura se va a su batalla y andandito".

Aunque todavía se carece de información precisa sobre su quehacer durante la Tregua Fecunda (1878 a 1895), es conocido que al iniciar la Revolución del ‘95 vivía ella en Najasa, y desde allí se enrola en la guerra necesaria el 1ro de junio. Es decir que Rosa La Bayamesa, ya con unos 65 años, estuvo entre las primeras personas que en el Camagüey se incorporan a la lucha concebida por José Martí, y nuevamente se hizo cargo del cuidado de los heridos y enfermos.

Tanta resultó la entrega que La Bayamesa devenida camagüeyana le brindaba a sus pacientes, que en un momento determinado de 1896 (está en discusión la fecha exacta) a propuesta del propio Máximo Gómez y del Presidente de la República en Armas, Salvador Cisneros, le fue otorgado el grado de Capitán del Ejército Libertador. Para esa oportunidad, se argumentó:

"Esta mujer abnegada prestó excelentes servicios a la Guerra de los Diez Años y en la revolución actual, desde sus comienzos ha permanecido al frente de un hospital en el cual cumple sus deberes de cubana con ejemplar patriotismo. La Patria agradecida le da este reconocimiento por su lucha, por salvar vidas en una lucha donde se pierden tantas".

Quizá sus mayores dotes como enfermera los expresara Rosa María a través de la conjunción de su humanismo, su buen humor y su sentido de la disciplina, pues existe constancia de que siempre estaba jaraneando con los enfermos, mientras que mandaba, ordenaba e infundía respeto entre todos.

Luego de la grotesca intervención yanqui en la lucha del pueblo cubano contra el colonialismo español y tras la llegada de la mediatizada República instaurada el 20 de mayo de 1902, a La Bayamesa le fueron liquidados sus haberes de acuerdo con su grado militar. Y en el marco de desilusiones y pobreza, continuó entregando sus parabienes en labores de comadrona y otros servicios como la cura de erisipelas y empachos.

En plena desgracia, a duras penas el Ayuntamiento le aprobó un crédito de 25 pesos mensuales como socorro, el 4 de septiembre de 1907. Pero quedaban solamente veintiún días para su fallecimiento, víctima de una afección cardiaca.

Por sus sobrados méritos, su cadáver fue velado en el Salón de Sesiones del mismo Ayuntamiento, donde permaneció por espacio de unas treinta horas. El Centro Territorial de Veteranos de la Independencia le ofreció los honores militares que le correspondían, y el pueblo de Camagüey desfiló depositando ofrendas y otorgándole el merecido tributo de cariño y admiración a La Bayamesa. En la primera plana del periódico El Camagüeyano de ese día, se publicó la enhoramala.

Antes de morir, ella hizo un testamento en el que designaba como albacea y heredero universal de sus escasos bienes a Nicolás Guillén Urra, padre de quien se convirtió en el Poeta Nacional de Cuba. Tal parece que con ello anunciaba la continuidad de su vida revolucionaria.

Así, sin temor a equívoco, se puede sostener que Rosa La Bayamesa, símbolo de la mujer cubana, edificó una vida para el bien del prójimo y por la libertad e independencia de su Patria.

*Este trabajo tiene por fuente fundamental el estudio realizado por Ana Rosa Paneque Vidal, el cual fue publicado en los Cuadernos de historia principeña 2, compilados por Elda E. Cento Gómez y editado por la Editorial Ácana, Camagüey, 2002. No obstante, la información se actualizó con el investigador Fernando Crespo Baró, de la Oficina del Historiador de la Ciudad de Camagüey.

Autor: MsC. Noel Manzanares Blanco, Tomado de www.ohcamaguey.co.cu