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Vivir en El Francisco, de Milton Sánchez Basulto

Literatura cubana

En los albores del XXI, a considerable distancia epocal del auge de la literatura de costumbre en Cuba, Milton Sánchez Basulto demuestra la validez de escudriñar en las escenas cotidianas de un pueblo en formación y desarrollo tras un rico argumento novelar, un conjunto de historias que se entretejen de forma natural con un rico y sutil humor de surtidas implicaciones y sugerencias. El poblado de Amancio, conocido por El Francisco hasta finalizado el período de la República Neocolonial, es el sustrato que le sirve para escribir una obra en la que el lector podrá disfrutar de los "grandes acontecimientos" que marcan la vida social y cultural de cualquier habitante de un pequeño pueblo: El Francisco "de Guayabal" nos hace recordar con agrado la Leiria de Queiroz, el Macondo de García Márquez y tantas otras zonas suburbanas o periféricas que han servido de escenario a importantes obras literarias.

La concepción de la región como ente histórico—cultural, productora de los más diversos textos de ficción en Cuba y en el extranjero, le permiten al joven autor plasmar las confluencias de tradición y actualización en una diminuta ciudad sin que sepamos a ciencia cierta los límites entre lo histórico y la ficción; a fin de cuentas, tampoco la historia, fruto de una construcción, escapa a una posible reconstrucción. Pero, a diferencia de la actividad literaria como resonancia de los procesos socioculturales ocurridos en contemporaneidad con el autor, Milton nos lanza a una vuelta atrás, en un intento de revisar el pasado desde la memoria de los pobladores de El Francisco, estrategia que, si bien dota a la narración de una marcada selección de hechos y acontecimientos desde el presente, ofrece, de manera consciente, los caminos o senderos a seguir para una representación de la vida o un modo de vivir en aquel pueblo en medio de la intensa vida cultural, en ocasiones subestimada, que representó la República Neocolonial para los cubanos en cualquier punto de la isla. Por su parte, la dicotomía pasado—presente, no priva a la novela de una sutil intertextualidad contemporánea, postura que podría inscribirle dentro de las corrientes postmodernas.

En la novela, aunque corta, Milton atrapa la inmensa diversidad de aristas que guarda un poblado en constante evolución cultural, política e ideológica y, sin embargo, ninguna de ellas prima en el conjunto. Para mantener el equilibrio de la historia que construye, el autor diseña los personajes con marcada mesura y delicioso empeño, de modo que, grandes y pequeños, cuando menos se les espera, tienen siempre algo esencial que decir; bien como reflejo de su carácter, como respuesta a las circunstancias en que de pronto queda atrapada su vida o desde una perspectiva filosófica que valida el texto para todos los momentos históricos. Y es que, más allá de las causas–consecuencias de las archiconocidas escenas que trajo consigo la neocolonia –el juego, la prostitución, la politiquería, el desempleo, la discriminación a la mujer–, se distingue en ella la cotidianidad de los vecinos de El Francisco.

Los hechos vulgares, las incidencias, el día a día intrascendente y la vivencia secreta—individual de los habitantes están acompañados de una doble mirada: la del ángel y la del diablo, para mostrar un pueblo que, aparentemente aislado, resultaba contenedor de las pinceladas representativas de las contradicciones tanto en las relaciones interpersonales como de las institucionales.

Priman en esta novela, a mi modo de ver, las amplias pretensiones del autor en fotografiar El Francisco y sus gentes, y para ello, Miltón, que da continuidad a los escritores del siglo precedente, escoge como centro de atención para la trama a la mujer y a la familia, en medio de las más diversas temáticas. Así, en torno a Juana Espinosa, la tímida guajirita llegada al pueblo para servir como empleada en casa de la "agria" Digna del Monte, desfilan personajes y situaciones típicas de cualquier pueblo cubano, matizado con la irónica problemática de las féminas que, entrada en edad casadera y destinadas a permanecer en el hogar, hacen lo imposible por atrapar a uno de los pocos hombres disponibles en el pueblo.

Un tema que no queda al margen de la novela es la religiosidad como factor modélico de estos poblados. Espiritismo en sus diversas vertientes, catolicismo y protestantismo, dialogan en el marco del poblado sin que el autor abogue por una u otra, hecho que demuestra su imparcialidad para dibujar escenas de genuino valor documental. Domingo Pradera, el cura valenciano que ofrecía sermones de moralidad a los habitantes del pueblo, convive con la brujería de Lola Valdés, hija natural de Ochún que debía compartir los quehaceres domésticos con la recién llegada Juana Espinosa o la capacidad de Flora Sánchez para socorrer, desde el cordón, a las víctimas espirituales.

A esta amplia cosmogonía religiosa, fruto del crisol cultural cubano, le acompaña, con marcado desenfado, la "descomunal" postura de Belén Blanco, mujer de firme criterio personal acerca del lugar que ocupaba el burdel que dirigía, plenamente convencida de la importancia de su profesión –la prostitución– para el equilibrio social por reunir en su casa a "cortadores de caña, ciudadanos comunes, empleados del embarcadero de la vecina Guayabal, hombres de negocios, empresarios que probaban suerte en el nuevo pueblo, emigrantes del Caribe, autoridades municipales, en fin, a casi todos".

En medio de ese reparto de pudor y relajación, El Francisco no pasaba por ser un pueblo solitario y abandonado, como podría pensarse desde una perspectiva actual. Por el contrario, su cercanía al mar lo convertía en un sitio confortado por los más recientes sucesos de la moda foránea. Habría que recordar que el embarcadero de Guayabal permitía la entrada de los más diversos productos, y sus moradores, mediante una red de pequeñas flotas, establecían una sostenida relación con otros poblados de la costa que, con el paso del tiempo, terminaría por perfilar una manera de ser local. En una goleta, conocida como la Mariposa Blanca, arribó la familia de los Sánchez, cargados de una suculenta mercadería que, bajo soborno, lograban pasar ilícitamente por los registros aduanales. No faltaban allí las congregaciones religiosas, procedentes de España y Bélgica, o las influencias de los cabarets de Nueva Orleáns en los espectáculos de la casa de Belén Blanco: impronta de la cultura norteamericana que dinamizó los patrones culturales cubanos en general y la de los pequeños pueblos en consolidación cuya tradición carecía de una amplia solidez.

Singular espacio dedica Milton a la cultura culinaria y a la moda mediante el contrapunteo entre los habitantes de la ciudad, El Francisco, y de otras colonias que se integraban a la red de pueblos y ciudades de la región. Con riqueza de detalles los lectores encontrarán en la novela un amplio repertorio de la más fina repostería criolla, en especial un conjunto de platos preparados con esmero bajo una ingenua cosmogonía local que terminaba por convertir el delicioso alimento en un auténtico ritual hogareño. Entre ellos se destacaba el hecho de cortar la salsa agridulce del flan de calabaza en días impares, el preparar los pudines de cocos y de guayabas los viernes para ser servidos los sábados con rodajas de naranjas peladas, o el reservado dulce de harina para el almuerzo del domingo. Cuidadoso y fiel a la relación entre la cena y los comensales, Milton termina por pintar las más diversas anotaciones: en el caso del burdel, una comida rápida y precisa compuesta por huevos fritos o bistec a la cazuela para calmar el apetito de las chicas, mientras que para caracterizar la procedencia de Juana rememora con cierta nostalgia los dulces de harina de maíz y el boniato con arroz de por la tarde.

El acto de vestir y el uso de las prolíferas pociones de perfumería y cosméticos ambientan los más personales espacios y avalan la existencia de un comercio que, terrestre y marítimo, desbordaba las fronteras nacionales. Así, el autor señala la austeridad de Digna entre los jabones de hiel de vaca, aguas de rosas o de jazmín para refrescar después del baño y crema de almendra que, con sobrada picardía, la mulata Valdés lograba regatear a los comerciantes; la coquetería de Juana al hacerse de una cartera de piel de cocodrilo que compra a un polaco recién llegado al pueblo; la visión espectral de Románico López, colono de La Esperanza que vestía con guayabera de hilo y jipijapa, comprado en la casa comercial de Cayetano.

No faltan en el relato los grandes acontecimientos de un pueblo chico: la comunión, el matrimonio y la muerte. La escena en que se narra la boda de Juana y Romárico sirve de pretexto a Milton para hacernos partícipes de una singular ceremonia religiosa, cargada de sutiles pinceles en la actitud del personal doméstico y los más allegados a los novios. La descripción del ajuar de regalo invita, dentro del conjunto, a una seria reflexión entre los jóvenes lectores, al abordarse las costumbres y tabúes heredados de nuestros abuelos como aquellas sábanas bordadas a mano, que tenían dos orificios más abajo del centro. Acontecer que el autor combina con la representación de algunas escenas confidenciales o íntimas cargadas de una franqueza y desenfado que bordea lo erótico.

Especial connotación dentro de la novela cobra la ciudad y su arquitectura en tanto, además de caracterizar los diferentes personajes y el hecho de servirle de escenario físico a los acontecimientos narrados, en determinados instantes cobra tal valor que se erige en personaje en sí misma. Para los historiadores de la conformación de subsistemas de ciudades, Vivir en El Francisco se revela como documento histórico al tratar un centro urbano cuyo auge está estrechamente vinculado a la proliferación de los centrales azucareros en toda la isla durante la etapa de la República Neocolonial y, de alguna manera, al consiguiente fortalecimiento del ferrocarril como importante vía de comunicación entre los pueblos, las zonas portuarias de embarque y las urbanizaciones vecinas.

En las descripciones arquitectónicas y urbanas Milton entrega, tanto a los habitantes del lugar como a los investigadores de la historia local, un sutil compendio del patrimonio edificado de la localidad mediante un preciso contraste entre "las casas humildes erigidas de siempre, cercanas al paradero y las que surgían como hongos después de la lluvia. Todas eran construidas con tabloncillos y forradas en sus interiores con el mismo material, levantadas en pilotajes para preservar a los habitantes de la molesta humedad de sus suelos fangosos. Luego eran pintadas con colores pasteles que le daban al pueblo un aspecto de postal turística". Piezas —testimonios de un tiempo y un espacio— que pueden aun prolongar su eco dentro de la memoria de la ciudad.

 La conformación de un batey definido por el típico bungalow americano mostró la incorporación de un sin fin de patrones culturales que, llevados de casa en casa por el personal doméstico de aquellas familias, terminó por enriquecer el comportamiento social de los habitantes de El Francisco. Vivir en la casa azul rodeada de un amplio portal con barandas de hierro, ofrecía una connotación diferente al hecho de habitar en una de las raras casas de mampostería que podía ser encontrada en aquel entorno.

No faltan en la obra los más significativos signos de modernidad urbana. La pavimentación de las primeras calles, el alumbrado público con bombillas que parecían "peras de cristal", el desarrollo del acueducto y el alcantarillado con su correspondiente zona privilegiada en representación de distinción social, el surgimientos de parques y el engrandecimiento del más importante espacio público mediante la colocación de una agraciada fuente de alabastro con disimulados surtidores, el surgimiento de portales con alegres toldos de rayas, el aumento de altura en la torre de la iglesia remozada ahora con arcos de medio punto y vitrales encargados a Europa por los más importantes contribuyentes. En contraste con ello aparecen en el mapa de la ciudad las referencias a los arrabales cargados de pestilencia de la insalubridad y la inmovilidad de la pobreza cotidiana, sitios en los que predominaban las casas de zinc, cartón y cuanto material les pareciera a mano a sus moradores.

Para poner fin a la novela, y cerrar el lente a un universo de dudas, tabúes, sueños, aspiraciones y anhelos, Milton dibuja la llegada de los Rebeldes, un hecho perfectamente reconocible por los cubanos que encuentra memorable signo de transición en la letra del trovador Carlos Puebla: "Se acabó la diversión, llegó el Comandante y mandó a parar". El Francisco ya tiene su novela.

Autor: Marcos Tamames Henderson

Fuente: Internet

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