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Un día en la tierra natal

Nicolás Guillén y Margarita Polo Viamontes

Nicolás camina despacio, sus brazos apenas se mueven, con el ritmo de su andar muy peculiar, mira a su alrededor y observa cada cambio en las calles, en las casas, en las paredes de las edificaciones y me dice bajo:

Aquí vivía... aquí estaba antes... - la mente de Guillén busca en cada recodo del camino, sus recuerdos, cuando entre una y otra salida al exterior, viaja hasta nuestra tierra natal en esta década del setenta.

En la antigua villa, le esperan sus amigos viejos y nuevos, el barrio, la ciudad completa que lo saluda con un ¡Abur! cariñoso. En ella revive su Elegía Camagüeyana:


Vengo de andar y aquí  me quedo,
con mi pueblo.
Vengo con mis recuerdos,
vengo con mis heridas y mis versos...
Vengo de andar y aquí  me hundo, en esta espuma.
Vengo de andar y aquí me tiendo, en esta hierba.
Aquí vengo a jugar, en esta plaza.
Aquí vengo a cantar, bajo estas nubes...

El lugar es ideal para el poeta. Sus amigos y colaboradores sabemos desde hace mucho que es feliz aquí. Así  lo afirma más de una vez, incluso lo dejó escrito en esta elegía, himno de amor a su patria chica. Comenzó a redactar esos versos, en La Habana a fines de 1952, y logró concluir la obra durante su exilio en 1958, en París. Se publica por primera vez en la sección de Elegías del libro La Paloma de vuelo Popular.

Para los camagüeyanos, es común utilizar como adjetivo para nombrar nuestra tierra, uno de sus versos: “suave comarca de pastores y sombreros” tan justo como decirnos “agramontinos.” ¿Qué embrujo tiene esta ciudad para el poeta?.

Los “chicos” de la prensa provincial, como Guillén nos llama al grupo de jóvenes que lo asediamos en cada visita a su terruño, le preguntamos: ¿qué le motiva venir a Camagüey? ¿Qué encuentra aquí? Y Guillén nos responde, con parte de su poema A Camagüey suelo ir de su libro Sol de Domingo:

A  Camagüey suelo ir
por revivir
mis claros días de infancia.
Aspiro allá en su fragancia
rosas que no volverán.

- Pero también visito mi ciudad para ver los cambios, que son muchos, y estar junto a ustedes, escuchando sus nuevas ideas.

¿Cómo es un día cualquiera de Nicolás entre los camagüeyanos?. Me preguntan usualmente cuando conocen de esta amistad. Para dar respuesta a la interrogante escribo una crónica en el periódico Trabajadores. Magali García Moré, entonces directora del diario, nos sugirió publicarla conmemorando el 80 cumpleaños de Guillén, en una página especial. De ella retomamos la idea del tema.

En aquella época, Nicolás sabe que lo estamos esperando en el mismo aeropuerto Ignacio Agramonte. Antes lo recibían sus amigos y  colaboradores más cercanos, como el escritor Rómulo Loredo, o Manuel Lefrán  - ahora estamos nosotros, los jóvenes de la prensa provincial, no todos juntos, por supuesto, no pretendemos agobiarlo con nuestra presencia, uno del grupo siempre me acompaña.

Si llega en la tarde, cena en el Gran Hotel - ubicado en el centro de la ciudad- o en el hotel Camagüey, que le gusta menos por la distancia a que se encuentra de sus viejas calles, pero que también le agrada por sus jardines, en los cuales encuentra durante su paseo matinal, una lagartija que le sonríe, una flor que lo embelesa y puede mirar desde él hacia el cielo, observando las nubes con los que le gusta jugar adivinando formas. Con ellas nos distraemos ambos mientras transcurren los momentos de espera por el automóvil, o los visitantes que llegarán en breve.

La conversación de sobremesa se llena de anécdotas del último viaje al exterior, del cual el poeta viene a quitarse la fatiga a Camagüey.

La mañana no lo sorprende en la cama. A los primeros rayos del sol, como es su costumbre, donde quiera que esté, se sienta frente al pequeño escritorio, haciendo anotaciones de lo que puede ser un verso, repasando o reformando algún párrafo de un discurso o de sus memorias. Alrededor de las ocho baja al restaurante, toma un fuerte desayuno y llega al lobby, donde le espera, el saludo de los trabajadores del hotel para el viejo amigo, quien se interesa por el centro y los problemas, como la falta de agua, el elevador, o simplemente la familia de cada uno. Su charla a veces se interrumpe para halagar a una mujer con un piropo criollo.

Sale a la calle, en ocasiones, sin preámbulos, cuando ha dormido en el Gran Hotel; si se hospeda en el Hotel Camagüey pasea en el automóvil que lo espera puntual, comenta con el chófer ante una silueta de “criollita de Wilson”: ¡Mira! Esa tiene espalda de promesa, y si la chica es fea de rostro o amargada expresión, añade: “pero tiene cara de arrepentimiento.”

Su devoción por el sexo femenino queda expresa más de una vez en sus escritos. Durante una entrevista en que le preguntan: “¿cuál es según usted la obra maestra de la Naturaleza?” A lo que Guillén responde: “La mujer” y subraya:  “mi ideal es la mulata. La encuentro muy  a menudo”.

La galantería lo acompaña siempre, y no es casual que me regale una rosa como saludo matinal, cuando llego por él al hotel. En una ocasión junto a la flor me entrega una bella tarjeta delicadamente dibujada, al extremo el poema: A veces. Besándome la mano, me dice su última estrofa:

A veces tengo ganas de estar muerto
para sentir, bajo la tierra húmeda de mis jugos,
que me crece una flor rompiéndome el pecho,
una flor, y decir: esta flor,
para usted.

Y añade, sin pudor de que lo coja en falta: “ ese poema lo hice para ti”. Realmente es una de sus constantes bromas para conocer mi grado de conocimiento sobre su obra. Esos versos tienen varios años de publicados y forman parte de su libro: La rueda dentada.

Una broma célebre en nuestra amistad, fue el día que me dijo muy serio:

- Necesito que tú y tu esposo Manuel de Jesús, vengan esta noche al hotel con ropa de etiqueta. Es muy importante para mí.  ¡No lo olvides!

En el trayecto a casa, yo me hacía miles de preguntas, sobre lo que sería la velada de esa noche. Se lo comenté a mi esposo, y él me dijo, que tal vez era una entrevista con alguna personalidad del gobierno o la cultura. Asumimos que era mejor esperar el momento y no rompernos la cabeza con tantas interrogantes.

Llegamos al hotel Camagüey, muy elegantes, yo iba con mi vestido azul (preferido de ambos) Inmediatamente, nos hicieron pasar al restaurante, allí nos esperaba Nicolás, tras el saludo cariñoso, nos sentamos a la mesa. Al momento llegaron los camareros con un buen vino espumoso. Cuando nos dejaron a solas, yo no puede aguantar más y le pregunté:

-  ¿A quién esperamos Nicolás?

-  ¿Esperar? Que yo sepa, a ustedes dos...

-  ¿A qué se debe el honor?- indagó mi esposo con mucha ceremonia pero risueño, intuía alguna broma del poeta.

- Bien, usted sabe que Margarita y yo nos queremos ¿verdad?

- ¡Sí, señor! Me consta...

- Entonces creo que no hay más que hablar, espero me conceda usted la mano de su esposa.

- ¡De acuerdo!- dijo mi esposo

- ¡Pues ya somos novios autorizados, Margarita!.

La risa de los dos estremeció todo el local, mientras yo los miraba atónita.

  No puedo pasar por alto aquel día en que desbordó mi asombro, por el vaticinio de sus palabras. Caminábamos juntos por la calle Maceo, y al pasar por la librería, me invita a mirar los libros expuestos en ella. Un rato más tarde, le pregunta a la muchacha que nos atiende:

- ¿Tiene la última edición de mis Obras Completas? Y a su respuesta afirmativa, indaga  ¿ y los tomos de Prosa de Prisa?. Bien, por favor deme la colección completa.

-  ¿Y eso Nicolás?- le pregunto curiosa.

- Esto, es para que lo leas todo, y después “vivas de mí”... y se rió de la expresión  perpleja de mi rostro. Pudo adivinar con muchos años de antelación, que necesitaría esos tomos, como libros de cabecera. Primero los usé durante una larga crisis sacrolumbal, luego para indagar más sobre su vida personal, y ahora todos subrayados por mi mano, los utilizo con frecuencia para recordar sus anécdotas, entresacadas sus palabras de aquellos escritos.

Pero lo que más tengo grabado en el recuerdo, son las andanzas por las calles de Camagüey, durante sus visitas. Usualmente la mañana aún es fresca a pesar del sol. Su blanco pelo lacio se despeina un poco y le cosquillea en el ancho rostro que sonríe a hombres,  mujeres y niños que le dicen: “ !Abur!,  Nicolás” Los más viejos le nombran Nicolasito, en la confianza de largos años de conocimiento mutuo. Solemos ir por la calle Maceo, hasta la plaza que lleva su nombre y buscar el corazón de la ciudad en el parque Agramonte,

Es común que entremos en la biblioteca provincial. Hace un tiempo, estudiosos agramontinos, encontraron en este centro, las columnas nombradas “Pisto Manchego”, firmado por el Interino (seudónimo de Nicolás entonces)  El 20 de enero de 1924 aparece por primera vez en las páginas del periódico “El Camagüeyano” la sección  que utiliza como título el famoso plato de la cocina española, de tan variados ingredientes. Así escribe Guillén, mezclando diferentes temas, chistes, anécdotas con los anuncios de empresas camagüeyanas, en prosa y versos. El seudónimo lo utiliza porque la redactaba otro a quien él sustituye provisionalmente.

En su visita,  Nicolás charla un buen rato con bibliotecarias y público, les pregunta sobre los más diversos temas de actualidad, el cambio de mobiliario del lugar y la adquisición de nuevos libros, para incrementar el fondo existente. Tenía idea de donar algunos de los libros de su biblioteca personal, pero el deterioro del inmueble lo hace posponer el donativo.

Luego reanudamos el recorrido, buscando las calles más antiguas. En Cisneros existe una escuela primaria, un día cuando pasamos por allí,  los niños, estaban en el receso matutino, jugaban en uno de los callejones transversales. Al ver a Nicolás cesan el retozo y le toman de las manos para saludarlo. Sus suaves manos aprisionan en fuerte saludo cada diestra . Uno de ellos se para serio sobre una escalinata y le recita el poema: Che, Comandante amigo. El poeta les habla de su nuevo libro dedicado a los niños tan inteligentes como ellos, cuyos personajes Sapito y Sapón les proporcionarán muchas alegrías.

Al continuar nuestra caminata Nicolás me dice:

- ¡Que los niños me reconozcan es para mí algo muy grande!.

Después de estos encuentros, muy usuales de Guillén con los niños, seguimos caminando por la ciudad. Las adoquinadas calles que seguimos son más estrechas, desaparecen de pronto o se convierten en callejones. En una de ellas se unen varias esquinas, haciendo una pequeña plazoleta, Nicolás me comenta entre serio y sonriente:

- Si algún día se les ocurre recordarme con un monumento, me gustaría que fuese aquí, que es un lugar lleno de mis memorias juveniles.

Por supuesto que hice al gobierno de la ciudad, y a muchos de sus amigos, conocer el lugar y hoy existe una tarja, que lo recuerda.

Es la zona más antigua de la ciudad. Sus casas datan de la época colonial, en una de ellas vive el “Colorao”, como llaman a Rodolfo Nuñez, barbero de profesión y amigo de Nicolasín, desde que contaban pocos años.

A este hombre le tiemblan las manos perennemente, sin embargo, cuando llega su amigo y le dice: “ ¿Tú crees que hace falta pelarme, Colorao?”. Reaparecen traídos por la esposa del barbero como preciado tesoro, en el antiguo paño blanco, el cepillo del talco, el peine y las tijeras. Cuando se sienta el poeta en el viejo sillón comienzan a caer los blancos cabellos al piso tras el corte de una mano serena..

Un día, tomé un mechón de ellos en mis manos, y Nicolás al verme, se rió diciéndome:

-  ¿Vas a guardarlos contigo, de recuerdo? Y le dije seria:

-  ¿Por qué no? - Y los guardé en mi cartera, aún los conservo, tal vez algún día podamos hacer con ellos otro Nicolás Guillén en un laboratorio ¿verdad?

La charla con el “Colorao” invariablemente se remonta a los años mozos, de Guillén y sus amigos. El barbero le dice:

- Te conocí cuando tenías catorce o quince años Nicolás... trabajabas con tu hermano en los talleres del periódico El Camagüeyano. Yo me hice barbero luego y  entonces empezamos a  juntarnos con frecuencia. -  Ambos tienen un “no sé qué” en la mirada, como si estuvieran, como escribió Guillén: “En la sala de un cine, viendo la vida pasar...”

El “Colorao” prosigue su relato, mientras Nicolás empequeñece más sus ojos, parece que va a quedar dormido, pero es para ponerle toda su atención a las palabras del amigo:

- Por aquellos tiempos Guillén era un muchachito tranquilo, decente, como si fuera necesario distinguir la decencia entre tanta porquería ambiente.

El barbero  sonríe, siempre sucede lo mismo, familiares y amigos del barrio se sientan en la pequeña sala, a veces el auditorio se amplía hasta la acera y la calle vecina, para escuchar al narrador hablar sobre su mejor amigo, y reír en las pausas rotas por las carcajadas del poeta.

- A Nicolás le vienen los versos de repente. El que diga lo contrario miente. Se queda mudo, como un pomo de colonia, más serio que una brocha de afeitar, y sus amigos entienden que Guillén se ha ido con su música a otra parte... Cuando Nicolás regresó de Argentina, después de su exilio, allá por el año 59,  vino por Camagüey y se dio un saltico por mi salón: “ ¿Y ese encaramillo que tienes en la cabeza?” - le pregunté a Nicolás, quien respondió desesperado: “ ¡Por tu madre “Colorao” arréglame esta porquería! “. Pelar a Nicolás tiene su gracia; hay que darle un corte a la melena por cada flanco y rebajarla de arriba abajo, si no se le hace así fracasa al seguro...

Un día el barbero  me confesó en secreto que su amigo Guillén, en una tarde de melancolía le dijo muy triste: “Colorao”, a mí me gustaría morirme en Camagüey... yo me quedé tieso como una estatua. “No jodas, si es igualito morirse aquí o allá”... le respondí por decir algo y quitarle esa cara larga. “ ¡Hablo en serio coño!” Me dijo y echó a andar solo por la calle Desengaño, con su tumbaito típico, y me quedé tijera en mano, mirándolo, y me decía a mi mismo bajito: “Mira que tú tienes cosas, Nicolás; mira que tú tienes cosas”. 

Ahora puedo evocar ese secreto de ambos, cuando al final del pelado, Guillén se observa complacido en el espejo, le pregunta a su amigo: “ ¿Estás libre hoy por la tarde?. Me gustaría que comiéramos juntos”. Y al retirarse Nicolás, Nuñez tijera en mano aún, lo acompaña con la vista y comenta bajo: “No cambia, sigue igualito, es el mismo amigo de siempre”.

A la hora del almuerzo, colegas de la UNEAC lo invitan al restaurante La Paella, recién restaurado en un barrio periférico de la ciudad, muy distinto al anterior por sus edificaciones más modernas, cuya arteria fundamental es la amplia avenida de la Libertad.

En la conversación se entrelazan las nuevas obras camagüeyanas, las poesías y el trabajo artístico de los jóvenes valores,  con chispeantes cuentos populares donde también ponen su aporte los trabajadores que lo atienden. Al terminar el almuerzo estos le piden al poeta que ponga algo en el libro de “Quejas y sugerencias”. Con una amplia sonrisa en el rostro escribe: “Comí, como como,  Nicolás”.

Cerca del restaurante está el parque Casino Campestre. Camina el poeta entre los árboles para ver los cambios y encuentra el CV Deportivo (antiguo club de ricos, ahora círculo social obrero) Luego de recorrerlo, le aconseja a los trabajadores que estén alertas en los mantenimientos, pues si lo descuidan es mayor la inversión para reconstruirlo todo.

De regreso al hotel, Nicolás tiene unas horas de sueño y despierta recordando la cita que dio a los amigos, suma un nuevo baño al matutino. Guillén es muy escrupuloso con su aseo personal.

Un día, en que la dirección del Partido en la provincia lo invita a una recepción, me pregunta sobre el vestuario que debía llevar esa noche, y convenimos que lo mejor era la camisa azul claro para su traje, pero él ya la había usado y tenía el cuello sucio. Sin pensarlo dos veces, la tomé en mis manos y me la llevé conmigo a casa, mientras él descansaba en el hotel. La lavé, y la  planché sin problemas.

Ya estaba despierto cuando regresé y me buscaba. Los empleados del hotel me dijeron que estaba disgustado conmigo, porque no encontraba su camisa. Al verme, me miró serio y yo me reí mostrándole lo que había hecho, de todas formas me regañó:

- ¡No debiste hacerlo! - mientras, me señalaba con el dedo, como si mereciera un  fuerte castigo. Miró la camisa, se sonrió  y dijo:

- Pero me gustó que lo hicieras, ¡qué olor a limpia tiene!

Después vamos al bar para tomar un mojito, aprovecha la ocasión para preguntarme: “ ¿Dónde podremos ir mañana?. Hace tiempo no visito Nuevitas, Florida, Santa Cruz,  ¿por qué no vamos en tren?. En ellos se ve mejor el paisaje que por carretera”- comenta esperanzado con el recorrido.

Las distancias en nuestra provincia son largas, pero tratan de que Guillén lleve una imagen fresca de todo lo que se hace para mejorar las condiciones económicas y sociales del lugar. Sin embargo, hay que preservarlo del cansancio, así que debemos analizar bien sus sugerencias antes de ofrecerle una respuesta positiva. En cada visita sus consejos son valiosos, por tanto es usual que frecuente Minas, Florida y hasta Nuevitas, la más lejana de todas.

Después de la cena se marchan los amigos, al “Colorao” lo llevamos en automóvil a su casa.

Una noche, de regreso al hotel, Guillén hace un alto en una de las viejas plazas, frente a la iglesia de Santa Ana, y solo ponemos los pies en la adoquinada calle y se produce un total apagón en la ciudad. La luna llena se filtra entre las columnas de la alta torre del campanario. Nicolás no se inmuta, acerca su rostro al mío y de manera cómplice  me dice:

No importa, paseamos del brazo para que no vayas a caer. Como solo la luna nos alumbra se distinguirán nuestras siluetas como una pareja más de enamorados. Tampoco yo sabré que el tiempo ha pasado y vuelvo a ser el de ayer.

Autor: Margarita Polo Viamontes

Fuente: Portal Cultural Príncipe

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