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Sarduy y Escardó, pintores de la poesía

Sarduy y Escardó, pintores de la poesía

A Severo Sarduy y a Rolando Escardó se les conoce en mayor medida por incursionar por los senderos de las letras, por los placeres de la poesía. Pero como hombres eternamente entregados al arte, la inquietud por otras manifestaciones siempre estuvo latente y les brindó un nuevo motivo para cultivar una amistad mutua. La pintura fue uno de esos móviles para hermanarlos y una razón más para traerlos al presente a través de los signos de la abstracción.

Sus inicios pictóricos comenzaron aquí, en esta urbe, salpicados de influencias y provechosas compañías que contagiaron la inquietud. En el caso de Escardó, tuvo la fortuna de encontrarse en el camino a un tal Fayad Jamís que lo educó en las antiformas de la abstracción lírica, de compartir con el artista y diseñador gráfico José Pedrero y reunir nuevas experiencias, para un mundo colorista en el Café de las Antillas o en el Grupo los Once.

Sarduy conoció el atractivo de los óleos, temperas y lienzos por el maestro Julio Matilla, quien a su vez era pariente suyo. El desdoblarse entre el poeta y el pintor lo hicieron fuertes y pareciera como si una actividad alimentara la otra y viceversa. Como fruto de su perseverancia realizó dos importantes exposiciones personales en París, en 1990 y en 1993, y en el Museo Reina Sofía, en España. Después que sus pinceles tocaron el lienzo, se mantuvieron activos hasta poco antes de que el creador falleciera.

La galería Julián Morales, situada en la sede de la Unión de Escritores y Artistas de Cuba (Uneac), se enorgullece por estos días de exhibir pasajes significativos de la vida de esos artistas en la muestra El avión de Rolando regresa de París.

El espacio galerístico deviene una compilación de documentos, frases, fotografías, libros que acompañan a su eje central: las pinturas abstractas que retratan a cabalidad el legado formidable y esa faceta casi desconocida de ambos bardos.

En el orden curatorial, que conduce de Escardó a Sarduy, se intercalan las cuatro obras originales del primero con varias palabras que ilustran su personalidad: “Su larga errancia no lo llevó al aventurero sentimental. Había en él algo parco y recatado que de pronto recordaba su origen, la camagüeyanería caballerosa, la distinción esencial”, así lo describió Fina García Marruz.

Las instantáneas también lo definen. Unas como un hombre sencillo; otras lo representan con las manos abiertas, como sosteniendo un cuerpo invisible, el mismo cuerpo que transparentan sus abstracciones, en los cuadros sin título que escrutan las formas geométricas. Con la línea sinuosa como referente, sus rectángulos dan a luz a más rectángulos que parecen complementarse y se cierran de manera hermética al vacío circundante.

Después de apreciar un fragmento de la sensibilidad de Escardó, con la paleta cromática y el pincel, el camino se abre al universo de Severo. En la esencia de su arte abstracto se entrevé el gusto por la experimentación, por asumir una evidente inclinación hacia lo exótico y el espíritu del que siempre busca respuestas en su propio quehacer, en la persecución de la originalidad.

Como un juego poético el espectador puede enlazar el libro Solo en Francfort, ubicado en un pedestal, con una instantánea suya, de perfil, en la que semeja un beduino con mucho estilo y las reproducciones de sus pinturas abstractas. Sin duda, sus paisajes brillantes elaborados en tinta china o el matiz bermellón del Espejo del rojo son atisbos para materializar, desde una perspectiva visual, el jardín de su poesía.

“(…) en él pueden resonar, como textos, todas la citas a Rothko, Asger Jorn,Tobey, Tapies, Rojo… Uno de los pintores por los que tiene debilidad Sarduy es Cy Twombly, un artista capaz de desplazarse más allá de la oscilación moderna entre la teatralidad y el ensimismamiento, liberando de rigideces al gesto de la escritura (…)”, desvela una de las citas, oportunamente enmarcada, extraída de Muestra retrospectiva del MNCARS, de Fernando Castro y Miguel Copón.

El curador de la exposición y principal artífice para su materialización, Pavel Alejandro Barrios, enfatiza en que siempre soñó con una exhibición, en su provincia, de estos grandes amigos. “Quizás en algún momento pensaron en mostrar sus obras juntos y nosotros nos dimos a la tarea de fabricar una idea que, posiblemente, nunca existió”.

Esta es una suerte de reencuentro entre colegas, una ventana al pasado de dos artistas imprescindibles, cuando se habla de la cultura cubana y de prominentes artistas camagüeyanos.

Autor: Yang Fernández Madruga

Fuente: Adelante Digital

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