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Sara y Olga, dos mujeres de cine

Sara Gómez, foto de Internet

En la edición XVII del Taller Nacional de Crítica Cinematográfica celebrada en nuestra ciudad del 16 al 21 de marzo de 2010, se dedicó especial atención al tema “Mujeres creadoras en el audiovisual cubano”; en tal sentido una de las primeras ideas examinada fue, que más que asumir la presencia de la mujer como un rasgo de aceptación femenina en los medios, hay que abordarlo desde la perspectiva de si realmente se puede hablar de una mirada femenina en el audiovisual cubano contemporáneo, al efecto señalaba una de las panelistas la Dra. Olga García Yero: “[…] siempre he creído que la verdadera revolución es aquella que puede crear a un ser humano nuevo, el triunfo de una nueva cosmovisión que realmente convierta a los que ahora se califican de otros como uno”. (1)

En el agitado debate que suscitó el tema, el nombre de Sara Gómez irrumpió como una fuente de luz promisoria, porque, efectivamente, esa fue la postura con que  Sarita desafió la visión cinematográfica de la Cuba de los años sesenta e inicios de los setenta del pasado siglo, para algunos una década dorada, para otros de una sola dirección en la mirada del documental—con la excepción de la obra de Nicolás Guillén Landrián  y de Sara—, con lo cual esta mujer pequeña de cuerpo, se alzó con la estatura de gigante en esos convulsos años de nuestra historia.

Con apenas  31 años de vida, legó una obra de catorce documentales, un largometraje ficción, más la asistencia de dirección en un documental y dos largometrajes de ficción; aun así, durante casi veinte años su obra desapareció del sistema de distribución y promoción del cine en el país. Solo a quince años de su desaparición física la revista Cine cubano le dedicó un dossier. 

Cuando el aniversario setenta y cinco de su nacimiento se acercaba, otra vez, esta Camagüeyana de origen espirituano con su eterno desvelo por la cultura cubana de todos los tiempos, ha dedicado fuerzas, talento, horas, noches y días, a indagar en los misterios insondables de la vida y obra de la primera cubana en realizar un largometraje de ficción en nuestro suelo, ese es el texto Sara Gómez, un cine diferente, que Olga García Yero regala a Camagüey, a Cuba y al mundo, y que me complace de manera esplendida presentar en el marco de esta XXIV edición del Taller Nacional de Crítica Cinematográfica. 

Desde la portada del libro diseñada por Alejandro Escobar Mateo, el lector puede advertir la atinada visión plástica de la imagen representada con el texto literario; porque indudablemente el cine de Sara fue muy diferente, no solo porque fuera la joven, negra, bella y apetecida,  que se impuso como directora en el ICAIC de aquellos años, donde evidentemente imperaba la supremacía varonil, sino porque tal como invita el lente de la cámara de la portada a escudriñar el firmamento desconocido, la mirada de Sara a los asuntos que le tocó vivir fue diferente a la del canon imperante tanto en contenido como en forma. Esta precisamente es una de las primeras cualidades que Olga nos devela, al acercar al lector al universo creativo de esta muchacha, que con solo 18 años comenzó a trabajar en el ICAIC, y en menos de un año ya se desempeñaba como  asistente de dirección de Roberto Fandiño en el documental Tiempo de pioneros. 

Esto fue posible entre otras razones, porque Sara desde niña trató de beber de la cultura toda, como señala la autora en el primer capítulo, en que plasma el testimonio de algunos de los que conocieron y compartieron con Sarita, como el dramaturgo Gerardo Fulleda, que la  recuerda de forma muy peculiar: “La niña de buenas a primeras, estaba en todos los estrenos teatrales, en las exposiciones más atrevidas, en los conversatorios y tertulias  de «explosivos intelectuales». Ella y los de su grupo devoraban lecturas poco comunes para otras generaciones de jóvenes, que iban desde El manifiesto comunista hasta La noche oscura. Pero, sobre todo, asistían a cine-debates y veían mucho cine, toda clase de cine. “ (2)  
Y ya para esa fecha había estudiado música con excelentes notas, además de asistir al Seminario de Etnología y Folklore del Teatro Nacional de Cuba, inquietudes  que la distinguían de buena parte del resto de las jóvenes de su edad, a la vez que le brindaba una herramienta básica para  un creador cinematográfico, tener cultura, sin la cual es imposible ni siquiera acercarse al lenguaje del séptimo arte. 

En este primer capítulo de los pasos iniciales de Sara, Olga conduce al lector por los tortuosos caminos de los años sesenta, en medio de los cuales aflora la osadía, valentía y talento de la cineasta, junto al retrato de esos tiempos de lucha incesante en el plano político, ideológico y sobre todo de revelaciones de poder desde la posición de los que lideraban las diferentes tendencias, dentro o fuera de las instituciones que cobijaban los destinos de la cultura artístico literaria, en ese contexto emerge la célebre polémica entre Alfredo Guevara y Blas Roca, sobre la política de exhibición cinematográfica, al respecto un grupo de cineastas se manifestaron  en un documento que titularon  “Conclusiones de un debate entre cineastas cubanos”, para apoyar las declaraciones de Alfredo Guevara. Como suscribe García Yero “[…] en el texto quedaba una vez más expuesta la posición estética de los creadores cinematográficos. La declaración, que así puede considerarse, se hizo desde términos políticos y estéticos.” (3) Sarita fue la única mujer que firmó el manuscrito, con lo cual dejaba bien claro, que pese a su juventud y casi soledad femenina en el mundo de los directores de cine de ese tiempo, pensaba y actuaba con cabeza propia.

Este suceso arroja luz sobre la diatriba de algunos,  respecto a si fue, o no, Sara, nuestra primera documentalista, en relación con esto la autora precisa:

Sara Gómez firmó, como ya se indicó, este documento fundamental. La cineasta no estuvo nunca al margen de los problemas de su tiempo. Y el hecho de que apareciera entre los firmantes de tales conclusiones lo confirma. Hay algunos críticos —como Juan Antonio García Borrero y Mario Naito— que han expresado el criterio de que Sara Gómez no fue la primera documentalista, sino Rosina Prado. Pero si es así, por mi parte me pregunto por qué Rosina Prado no firmó el documento antes comentado y Sara Gómez sí. A esto habría que añadir otras precisiones. Las razones que se esgrimen para no considerar a Sara Gómez como la primera mujer documentalista es que Rosina Prado en 1963 había filmado Palmas cubanas. Sería importante recordar que Sara Gómez había trabajado en 1962 como asistente de dirección de Roberto Fandiño, en el documental Tiempo de pioneros. Además ya había realizado los siguientes trabajos desde Enciclopedia Popular: El solar, Solar habanero, Plaza vieja e Historia de la piratería. (4)

Con su aguda perspicacia investigativa y un poder de síntesis  de relieve cinematográfico, García Yero, revela en ese primer capítulo, el ambiente cultural y político de los años sesenta, apoyado todo su análisis culturológico en los fundamentos teóricos de las figuras más prestigiosas de Cuba y el mundo;  a la vez que devela algunas pistas de los orígenes de la joven cineasta y su incursión en el mundo del cine cubano, quizás sea Tomas Gutiérrez Alea—uno de sus principales mentores—quien mejor definiera su personalidad primigenia:

[…] Sara era una socióloga nata. Le encantaba meter las narices en los mundos más enrevesados. La investigación en lo humano era su fuerte; pero sin premisas. Trataba de ser objetiva a la hora de sus análisis. No se parcializaba. Dejaba que los fenómenos a los cuales se enfrentaba expusieran sus leyes. Sin embargo, no era empírica, en toda aquella apariencia de locura había método, rigor, la ideología con que formulaba sus planes era orgánica, nunca venida de afuera. Había sido alumna  del Seminario del Instituto de Etnología y Folklore. Se formó con y al mismo tiempo que lo hicieron Furé, Alberto Pedro y Miguel Barnet. Ella, a la salida de estos seminarios, se refugió en el cine. Y el cine fue el mejor instrumento que ella encontrara para su eterna indagación humana. Buscaba la verdad a través del lente, verdad casi siempre polémica, como para buscarse problemas. No iba de lo conocido a lo desconocido, ella se imponía como premisa el más inocente «no sé» y, a partir de ese momento se daba a la tarea de inquirir desde dentro. (5)

Por esta caracterización de Titón, por otros testimonios que oportunamente Olga recoge en su libro, o por la propia obra fílmica—para nada complaciente—, que solía molestar a muchos antes y ahora;  que nadie imagine que Sara Gómez era una negrita, joven, bonita y contestaría, dedicada solo a puntear las manchas del joven proceso revolucionario, por el contrario siempre estuvo al lado de la Revolución, solo que su mirada era la  de ella, tal y como veía las cosas que le tocó vivir, su postura ética y política la dejó plasmada en 1970 cuando expresó: “El cineasta cubano se expresa siempre en términos de revolucionario; el cine, para nosotros, será inevitablemente parcial, estará determinado  por una toma de conciencia, será el resultado de una definida actitud frente a los problemas que se nos plantean, frente a la necesidad de descolonizarnos política e ideológicamente y de romper con los valores tradicionales ya sean económicos, éticos o estéticos.” (6)

En el capítulo II la autora se adentra en la obra documental de Sara Gómez, desde su llegada al ICAIC en 1962, para trabajar en el departamento de Enciclopedia popular, donde se produce su primer acercamiento a Santiago Álvarez, Octavio Cortázar, Enrique Pineda Barnet y Nicolás Guillén Landrián,  con quien Sarita muy pronto entabló una gran amistad, su hija Iddia Veitía Gómez— entrevistada por Olga para este texto— lo recuerda de manera muy singular: “Yo era una niña, pero fíjate que si a alguien recuerdo es a él. Llegaba a mi casa a cualquier hora, 3.am., levantaba a todo el mundo y a cocinar. Y cuando descubrí su cine, me espanté de pensar cómo había sido posible que yo hubiese comido pan con aceite, sal y ajo sentada en el piso del balcón de mi casa con un hombre casi genio. Sin dudas era un hombre muy trastornado, pero yo lo recuerdo con cariño”. (7)

Y es que efectivamente, en Sarita y Guillén Landrián, más allá de la empatía personal que los pudiera acercar; evidentemente, desde sus primeros pasos, los angustiaba  y compulsaba la idea de hacer un cine documental diferente en contenido y forma, distanciado de las formulas tradicionales con que se realizó en los primeros años del naciente ICAIC, en efecto como sostiene la autora, si se aprecia con detenimiento la obra que en breve desplegaron, “se percibe como ambos cineastas en cierne aspiraban a renovar el lenguaje cinematográfico cubano en medio del silencio de una crítica que, en aquel momento, no entendía—ni estaba preparada u orientada para comprender—qué estaba ocurriendo en las obras primeras de esos realizadores”. (8)

De esta forma, Sara Gómez, un cine diferente, nos invita a indagar en los inicios, y desarrollo de la obra cinematográfica de Sara Gómez, cada oración se nos antoja como un plano del más atractivo relato fílmico, en el que irrumpen no solo los conflictos que atormentaban a la joven cineasta a la hora de llevar a la pantalla, segmentos de la vida de seres humanos comunes y corrientes y su implicación  en la antropología cultural insular, sino el vivo retrato de una época, que va desde los idílicos años sesenta—no exentos de contradicciones y polémicas de extrema complejidad para el cine y la cultura en general— hasta los sucesos del llamado quinquenio gris, desatados a partir del Primer Congreso Nacional de Educación y Cultura, realizado en abril de 1971, cuyos postulados frenaron o acaso hasta apagaron la eclosión vanguardista del arte cubano en la primera década de la Revolución.

Sara antecede estos acontecimientos con el rodaje de su trilogía insular En la otra isla; Una isla para miguel (1968) e Isla del tesoro. (1969); acaso su más atrevida y aguda interpretación de uno de los muchos planes que se concibieron para lograr el ansiado y pregonado “hombre nuevo”,  para tal propósito se emprendió en la entonces Isla de Pinos, después renombrada Isla de la Juventud, una suerte de “experimento de ingeniería social sin precedentes.

Llevados por el principio de la alteridad y aprovechando incluso ese accidente geográfico del llamado Archipiélago Cubano se intentó crear un universo, una especie de  lugar utópico” (9); donde los niños y jóvenes descarriados redimieran sus faltas, allí fueron enviados desde adolescentes que bordeaban los límites de la delincuencia, hasta un joven universitario ganador de un beca en un país socialista que cometió el pecado de dejarse el pelo largo;  las claves de la postura crítica de realizadora las manifiesta Olga cuando inicia el análisis de Una isla para miguel, expresando: “ Lo primero que aparece en pantalla es una frase de Frantk Fanon, de su libro Los condenados de la tierra: «Esos vagos, esos desclasados van a encontrar por el canal de la acción militante y decisiva el camino de la nación»”. (10)

No quisiera terminar estas palabras que intentan motivar al lector a leer Sara Gómez, un cine diferente, para conocer y visitar la obra injustamente relegada de una de las cineastas latinoamericanas más importantes de todos los tiempos, sin añadir que en pleno quinquenio gris, Sarita emprende el rodaje de su primer y único largometraje de ficción, De cierta manera, que lamentablemente la muerte le arrancó la posibilidad de verla concluida; película que hoy debiera ser revisitada  una y otra vez, pues las problemáticas allí abordadas renacen—si es que alguna vez desaparecieron— a cada instante en la Cuba de hoy.

Tal si fuera la escena climática del filme, Olga cierra su texto con esa genial expresión con que  Tomas Gutiérrez Alea sintetizó su visión de Sarita: “Me interesa sobre todo precisar, enfatizar lo que significa Sara en nuestro cine. Es una de esas personas cuyo vacío nadie puede llenar”. (11)

Cómo ya expresé este libro me sumerge en un verdadero entramado fílmico y cómo conclusión de la estructura dramática de una diégesis complicada, la autora añade un grupo de anexos donde además de la filmografía, incluye una entrevista que concediera Sara a Marguerite Duras, un artículo de Haydee Arteaga que publicó Cine cubano en el dossier dedicado a la cineasta  en 1989,  contenidos de la correspondencia entre la autora y la hija de Sara, Iddia Veitía Gómez, así como una entrevista que a propósito del libro concediera Reinaldo González, quien de forma admirable también realizó el prólogo del libro.

Personalmente quiero agradecer a Olguita por este libro que desde ya debe formar parte de la bibliografía de cualquier carrera universitaria que pretenda indagar en la historia de la cultura cubana; ojalá muchas jóvenes de hoy, tomaran como paradigma a esta  muchacha que apostó por el derecho a la moda, al baile, a hacer el amor, pero a la vez, a la avidez insaciable por el conocimiento y el comprometimiento del verdadero artista con su tiempo, por ello a 44 años de su muerte su obra se engrandece  porque como expresara su amiga Inés María Martiatu:

La obra de esa cineasta aunque ha sido escamoteada ha trascendido el tiempo y las fronteras de nuestro país, a pesar de la indiferencia y el silencio. Cada día cobra más interés en el universo de los estudios de los diversos campos que ella toca en su cine. Cada día, jóvenes cineastas e intelectuales en general son conmovidos por la percepción de los graves problemas sociales en el contexto de la sociedad cubana actual, indagan en la obra de esta artista y encuentran en ella la inspiración para la continuidad y el aliento de las suyas propias.

Su cine todavía mantiene su carácter trasgresor, aún es mirado con recelo, porque en él se plantean y problematizan muchos cuestiones que ella mostró y que todavía no están resueltos al interno de nuestra sociedad. (12)

Con Sara Gómez, un cine diferente, Olga García Yero ha demostrado su extraordinaria capacidad como investigadora y ensayista, además de su indiscutible dominio del lenguaje cinematográfico al realizar la mayor y más convincente valoración crítica —efectuada hasta hoy—, de toda la obra de Sara Gómez; de manera que sin aparecer en las registros oficiales de los críticos de cine, ha demostrado con creces que es una mujer de cine; a la par,  su texto constituye a todas luces un acto de justicia y contribuye  a saldar una deuda con la historia  de la nación, al sacar para siempre del ostracismo y el olvido, la obra de la que sin dudas es —y será quizás por mucho tiempo— la cineasta cubana de mayor relieve.

Camagüey, 9 de marzo de 2018.

1. Olga García Yero: “Mujeres creadoras en el audiovisual cubano” en: Tres sendas del cine cubano de todos los tiempos. (inédito) p.65.
2. Citado por Olga García Yero en: Sara Gómez, un cine diferente, p.25.
3. Olga García Yero en: Sara Gómez, un cine diferente, p.p.40-41.
4.  Ibíd.p.41-42.
5. Citado por Olga García Yero en: Sara Gómez, un cine diferente, p.p.71-72.
6.  Sara Gómez Yera en: Pensamiento crítico No.42, julio de 1970.p.94. 
7. Citado por Olga García Yero en: Sara Gómez, un cine diferente, p.77.
8. Olga García Yero en: Sara Gómez, un cine diferente, p.p.77-78.
9. Inés María Martiatu Terry: Una isla para Sara Gómez.p.11  
10. Olga García Yero en: Sara Gómez, un cine diferente, p.186.
11.  Ibíd.p.270
12.  Inés María Martiatu: Palabras de inauguración de la exposición fotográfica que se inauguró el marco del Coloquio Sara Gómez: Imagen múltiple. El audiovisual cubano desde la perspectiva de género. La Habana, 1ro. de noviembre de 2007

Autor: Armando Pérez Padrón

Fuente: Centro Provincial del Cine

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