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Novela y viaje en la escritura de Gertrudis Gómez de Avellaneda

Gertrudis Gómez de Avellaneda

Una mirada a la literatura Iberoamericana del siglo XIX obliga a detenerse, por la magnitud de su obra y su impactante personalidad, en la figura de Gertrudis Gómez de Avellaneda. Ella formó parte de aquellas mujeres latinoamericanas del siglo XIX que tenían ante sí el desafío de fundar una escritura propia en un continente que, a la vez, pugnaba por alcanzar una estatura cultural de verdadera independencia. El romanticismo fue el escenario propicio para que se condensara en él esa multiplicidad de discursos que caracterizaron tal época. Fue en ese período, aunque algunos no lo reconozcan, que las mujeres llegaron a tener un auténtico despegue en la vida cultural y política de sus diferentes países.

Muchas de esas escritoras son dueñas de una individualidad única y múltiple a la vez. Ellas esconden las diversas imágenes que hay detrás de su más auténtica escritura. No quiere decir esto que se produzca en ellas un proceso de simulación, todo lo contrario, lo que aflora es una fractura del ser, ya sea social, ya individual. El caso de Gertrudis Gómez de Avellaneda, en particular, permite pensar, en un sentido diferente, en un tenso desgarramiento. Detrás de la mujer que se impone por su carácter y por la fuerza de su personalidad, hay otros rostros: la mujer agónica, la amante no correspondida, la que no logra alcanzar la condición de madre, entre otras tensiones. Son fragmentaciones que jalonan su discurso literario y marcan los espacios transitados en esa búsqueda de una expresión propia. A todos estos avatares personales —capaces de marcar la creación de la Avellaneda como de cualquier otro escritor—, hay que añadir el peso del contexto social, pues, como es obvio y subraya Iris Zavala: “Cada escritura hace una cartografía que se conecta a los movimientos sociales reales”.(1) Fue Dulce María Loynaz quien con más hondura calificó a la Avellaneda desde nuestros días  al decir de ella:

Porque la Avellaneda es una cubana universal. Lleva la gracia de las Antillas—transparencia de aire, mimo de sol— a su modo de ser y escribir.

Tal vez no lo consiga siempre porque esa gracia no se da como el marabú en el monte. Precisamente por ser ella una de las más finas y delicadas que pueden caracterizar a tierra alguna, se hace difícil trasegarla mucho. Tula lo hace con tiento y con limpieza y sobre todo sin falsificarla ni pintarrajearla de colorines abigarrados como para desgracia nuestra se ha venido haciendo después.

La Avellaneda aporta a las letras castellanas su señorío criollo, su opulencia tropical, su naturaleza a un mismo tiempo ardiente y contenida y se contiene la llama en su fanal.
Una cubana universal he dicho. Universal no solo por la repercusión de su obra, sino por lo que aspira a abarcar. (2)
 
La posición de justa defensa a los valores indiscutibles de una escritura como la de Gertrudis Gómez de Avellaneda por  Dulce María Loynaz no estaba dirigida solo contra la crítica mal intencionada que se generó en el siglo XIX y de inicios de XX en isla. Al repasar un texto como Esquema histórico de las letras cubanas, de una figura tan interesante como imprescindible para nuestra cultura insular como José Antonio Fernández de Castro (3), publicado en 1949 con notas y prólogo de Raimundo Lazo, se encuentra el lector con la siguiente aclaración:

No está escrito el Esquema, con vano propósito de erudición, repito. Mi deseo ha sido, no omitir ninguno de los escritores cubanos que lograron distinguirse en el terreno literario, refiriéndome a las características más salientes de sus obras notables y determinando la influencia que ejercieron en el medio. Por lo mismo, no se recogen en el trabajo nombres tan conocidos universalmente como los d la Avellaneda, José María de Heredia, el autor de Los Trofeos, ni el pensador revolucionario Pablo Lafargue, etc., porque aunque estos autores nacieron en la Isla, sus obras se producen en otros países, y no tienen relación alguna con el ambiente cubano, ni a él se refieren, sino de manera circunstancial y restringida. Sí se estudian, por el contrario, las huellas que dejaron en la literatura cubana escritores que, aunque nacidos en otras regiones, en Cuba radicaron, y con su causa se identificaron. (4)

No obstante, más adelante en su libro, y, al referirse a las revistas literarias y al teatro desplegado en la isla en los años que son su objeto de su análisis, José A. Fernández de Castro expone:

Al estudio y desarrollo  de todos los géneros literarios en la Isla contribuyó de manera señalada la fundación, en 1845, del Liceo Literario y Artístico de la Habana, que estableció cátedras y en cuya tribuna se dieron conferencias sobre las materias que permitía la censura. Uno de sus últimos directores fue el célebre patriota Ramón Pintó, que pereció en el cadalso en el año de 1855. Por los años finales de esta década, llegó a la Habana la poetisa Gertrudis Gómez de Avellaneda, la que por circunstancia de haber nacido en Camagüey es considerada por muchos tratadistas como perteneciente a la literatura cubana. En las advertencias preliminares, expuse el motivo por el que considero que su obra no pertenece a la literatura cubana, pero no debe omitirse en esta reseña señalar el hecho de que su regreso a Cuba y permanencia en ella un corto espacio de tiempo determicnó cierto movimiento intelectual a su alrededor, pues aquí publicó su Album Cubano de lo Bueno y lo Bello (1860) y fue coronada por los socios del Liceo, con la abstención hostil del elemento joven y rebelde como hace constar Enrique Piñeyro. (5)

Las obras de esta mujer se publicaron de forma casi completa en Madrid en el año 1871, tres años antes de su muerte. Llamó la atención a la crítica que no incluyera  tres de sus novelas, a saber, Sab, Dos mujeres y Guatimozín. En realidad, de Guatimozín solo insertó una parte  bajo el título de “Una anécdota de la vida de Cortés”. Lo cierto es que ella no sólo dejó fuera estas tres novelas, sino que—según refiere Domingo Figarola-Caneda en su texto Gertrudis Gómez de Avellaneda, publicado en Madrid en 1929— al detenerse en la ficha relativa a Sab :

Esta novela, rara en España, lo ha sido mucho más en Cuba, y el hecho se explica primeramente en estos párrafos de introducción, puestos por El Museo al reproducir aquella en sus columnas:

«Se publicó en Madrid, en 1841; pero la corta edición completa que se hizo fue, en su mayor parte, secuestrada y retirada de circulación por los mismos parientes de la autora, a causa de las ideas abolicionistas que encierra.
Por la misma causa fue excluida de las obras de la Avellaneda, ya que de seguro se le habría negado la entrada en esta Isla si hubiera figurado Sab en ella.»

Después, en las líneas que copiamos de la Biografía de Gertrudis Gómez de Avellaneda y juicio crítico de sus obras, por la reputada literata señora Aurelia Castillo de González (Habana, 1887), cuando dice (p. 68):

«…y tanto influjo adquirieron en su espíritu los sacerdotes nombrados (jesuitas), que, atendiendo a los consejos que entonces la dieron, excluyó más tarde las novelas Sab y Dos mujeres de la colección de sus obras.» (6)
  
En 1935,  Juan J. Remos y Rubio publica un interesantísimo libro al que tituló Tendencias de la narración imaginativa en Cuba. Es allí donde Remos y Rubio hace un balance de la narrativa en la isla desde sus orígenes hasta entrado el siglo XX.  Juan J. Remos propone una clasificación de los modos de narrar en la nuestra literatura a partir de las temáticas abordadas por sus autores. Así, presentaba a la novela histórica como el punto de partida de la narrativa insular. Mientras, otras tendencias como el costumbrismo, la novela sentimental, la novela moralista, la novela pastoril, la novela política, la científica y de aventuras o la novela verista aparecen como los principales ejes temáticos de nuestra narrativa. Lo curioso de este texto de Remos es que, tal clasificación, no tiene un carácter cronológico. Por lo tanto, Amistad funesta de José Martí se coloca al lado de Las honradas y Las Impuras de Miguel de Carrión. Todo parece indicar que es la primera vez que no se trata de historiar la literatura en un sentido lineal como ocurría con otros autores.

Justo en ese texto Remos considera que la Avellaneda es quien inicia la narrativa imaginativa, léase de ficción, cuando escribe con apenas nueve años, su cuento “El gigante de cien cabezas” en el año 1822 (7) a pesar de tener solo las referencias de la autora y no haberse encontrado nunca el manuscrito. Dos mujeres y Dolores son las dos novelas de esta autora que Remos considera como sentimentales junto a El artista barquero. Es de interés apuntar que, tanto El artista barquero como Dolores, fueron dos textos escritos por la autora durante su estancia en la isla y que la primera de ellas fue publicada en el Diario de la Marina. (8) Lo cierto es que, Remos incluye el texto de Guatimozin y Espatolino dentro de lo que él llamó el primer periodo de la novela histórica en Cuba:

Sin revelar en la novela las cualidades excepcionales que probó en el teatro y en la lírica, la Avellaneda puso de manifiesto en este género condiciones apreciables. A pesar de haber alcanzado la época del florecimiento del realismo se mantuvo en sus novelas dentro del credo romántico; aunque sin caer en las extravagancias y mal gusto a que llegó esta escuela, en las postrimerías del primer tercio del siglo XIX […].
De las dos novelas históricas escritas por esta gloriosa poetisa camagüeyana, la primera que publicó fue Espatolino, en 1844. Como relato novelesco, es superior a Guatimozín, y hay en ella, además, mayor emoción y originalidad. Esta novela es un magnífico alegato contra las mentiras sociales, contra la hipocresía humana, contra la ambición convencional y contra la falsa virtud que en las colectividades se levanta, debido a las más condenables y funestas simulaciones. (9)

A pesar de las omisiones, obviamente voluntarias de la propia Gertrudis Gómez de Avellaneda, tanto en el siglo XIX como en el XX, no se pudo evitar que, en las páginas insertas en las obras de la escritora cubana, como ocurrió en el siglo XIX, se emitieran opiniones acerca de las tres novelas no publicadas allí. Ese fue el caso, en el siglo XIX,  del escritor y militar español Luis Vidart (10) Este hombre, al referirse a la evolución de la Avellaneda como novelista no puede menos que señalar sus criterios en relación con su primera novela, Sab:

Y comenzando a cumplir el penoso deber que la crítica impone a los que, siquiera como aficionados, en criticar nos ocupamos, preguntaremos aquí: ¿por qué la Sra. Avellaneda no ha dado un lugar en la colección de sus obras literarias a las novelas Sab, Dos mujeres y Guatimozin? Presumimos que la modestia de la inspirada poetisa habrá considerado como indignos de la reproducción aquellos ensayos de amena literatura, escrito alguno de ellos, según tenemos entendido, en edad más propia para jugar a las muñecas que para patentizar por medio de la prensa las privilegiadas dotes de su creador ingenio. Pero esta misma circunstancia era motivo suficiente para que Sab, que es la novela a que aludimos, figurase entre las obras coleccionadas, y así, después de haberla leído, no faltara quien repitiese el dicho de un literato ilustre, en otra ocasión semejante públicamente pronunciado: Es el ensayo de Hercúles.

Y para que no se tachen de parciales nuestras apreciaciones, veáse cómo juzgaba a Sab el insigne escritor D. Nicómedes Pastor Díaz. —« No es Sab, decía el melancólico poeta, una novela española, ni menos inglesa o francesa. Sab es una novela americana, como su autora. No es una novela histórica ni de costumbres. Sab es una pasión, un carácter, nada más ». (11)

En efecto, la novela Sab,  es uno de los textos más incuestionablemente cubanos de la Avellaneda, se observa en ella, de inmediato, que el espacio literario está sumamente difuminado, en particular en lo que se refiere a la construcción de una imagen específica del paisaje del Puerto Príncipe natal de la autora, precisamente debido al carácter  del movimiento romántico en el cual este texto se inscribe, y cuyo amor por la Naturaleza no implicaba, sino todo lo contrario, un interés en la descripción minuciosa de ella: “Con mayor frecuencia el amor de la soledad impulsa a los románticos hacia los campos, los bosques, las montañas o el mar, menos para describir sus bellezas, como solían hacerlo sus predecesores del siglo XVIII, que por alimentar sus ensueños y acunar allí sus melancolías; éste es el primer aspecto del sentimiento romántico de la Naturaleza”. (12) 

Por otra parte, un aspecto de la construcción del espacio en Sab ha suscitado una serie de hipótesis y, de hecho, ha constituido un enigma para la exégesis del texto. Este hecho habla por sí mismo de la importancia de la espacialidad en los estudios de género en Cuba, incluso en una obra tan temprana como Sab.

La novela Sab fue publicada en su primera edición, en efecto, en Madrid en el año 1841. La autora la dio a conocer en dos tomos en correspondencia con las dos partes que conforman la narración. En esa primera edición, la autora se la dedicó a Alberto Lista, quien fuera un importante intelectual español de la época. A él ella le solicitó que escribiese algo para la prensa acerca de la novela, pero apenas pudo arrancarle estas líneas en una carta privada: “Sab me ha parecido un ensayo feliz, que promete a España un buen novelista; Ud. sabe interesar a favor del amante no correspondido, lo cual Voltaire, si no he perdido los memoriales, ha declarado imposible en el teatro. Su noveleta de Ud. hace que yo desconfíe de esta máxima”. (13)

Por otra parte, en el periódico habanero Foro Industrial se reprodujo la nota que se publicó en Madrid el 29 de diciembre de 1841, en El Mundo Literario de España, donde se decía:
 
Doña Gertrudis Gómez de Avellaneda, conocida bajo el pseudónimo de La Peregrina, acaba de dar a luz una novela original, con el título de Sab. Revela imaginación, buen gusto, si por buen gusto se entiende el alambicado explanamiento y las indispensables repeticiones de la literatura moderna; la prenda que más brilla en las composiciones de esta joven autora es la lógica severa; en vano buscará en ellas, el ojo de lince del crítico una contradicción, una inconsecuencia. La Peregrina ha soñado un mundo más delicioso que el miserable que pisamos, y a él se dirigen sus incesantes suspiros: quéjase de la sociedad, pero con dulce resignación, sin dirigir los punzantes sarcasmos de Jorge Sand; es, en una palabra, el alma que gime, y no la que acusa; el cisne que canta y no el tigre que amenaza”. (14)

En Cuba, esta novela pasó casi inadvertida en el momento de su publicación —Cirilo Villaverde sí se fijó en la obra y publicó en El Faro Industrial de La Habana, en 1842, una nota en la que alababa el carácter abolicionista de la misma—; todo lo más, se reproduce algo de lo poco escrito en Madrid sobre ella. Era lógico que el texto tuviera poca repercusión por tratar el asunto de la esclavitud en la Isla. Considero que no es casual tampoco que Cirilo Villaverde se refiriese a la novela en cuestión, no más tener en cuenta su postura ante el problema racial en Cuba desplegada en esa gran novela río que es Cecilia Valdés. No obstante, otra figura imprescindible para la historia de la literatura y la cultura insular: Aurelio Mitjans en su estudio sobre la poetisa premiado en unos Juegos Florales en 1886 decía sobre Sab:

Sab ha sido calificada como ensayo de Hércules. Cualesquiera que sean las deficiencias que la propia autora notó en él al descartarlo con su habitual energía de la colección completa de sus obras literarias, es digna lectura  para el crítico que desee observar las primeras chispas de un ingenio notable. Alberto Lista lo acogió con indulgencia y Pastor Díaz halló elogios para mostrar su admiración ante páginas llenas de tan magnífica pasión, inspiradas en la simpatía por los dolores de una raza esclava. Podría tildarse cierta inverosimilitud en aquel amor del paria que se sacrifica facilitando la unión de la mujer a quien ama con un hombre indigno de ella, y acaso también alguna viveza en la expresión, que puede parecer audaz en pluma que manejan manos femeninas, más nadie desconocerá con cuan vigorosos trazos comenzaba a distinguirse el pincel que después dio vida a colosales figuras. (15)

En 1897, Mariano Aramburo y Machado, estudioso de la obra de Gertrudis Gómez de Avellaneda, en una serie de conferencias pronunciadas en el Ateneo de Madrid destacaba de esta mujer la posibilidad de pasar, con igual soltura, de un género literario a otro: “La Avellaneda cultivó la novela con el mismo desinteresado objetivo con que descubrió en sus versos los secretos de su alma y y trasladó al drama las grandezas de la historia; con el mismo fin puramente estético tocó la épica trompa que tañó el melodioso rabel”. (16) En ese mismo texto Aramburo, al referirse a la novela Sab, advierte y devela lo que pudieron ser las razones de la autora para no publicarla dentro del resto de sus obras:

Así Sab, es en el fondo una novela abolicionista, entusiastamente abolicionista; los horrores de la esclavitud, los indecibles sufrimientos del siervo infeliz que en los cañaverales de Cuba amasaba con las trizas de su pellejo, desprendido por los abrazos de fuego del látigo del mayoral, la espléndida riqueza de su amo; la humillante condición del hombre-máquina, para quien el descanso no es un derecho sino una graciosa concesión del poderoso señor, le inspiraron esta obra, cuyo héroe, dotado de noble y ardiente pasión, es un carácter de inapreciable valor típico, tanto más cuanto que fue producido cuando apenas comenzaba a recibir las primeras claridades del matinal crepúsculo de la adolescencia. (17)

Resulta de interés el hecho de que, a pesar de haber excluido por las razones que fuesen estas tres novelas de sus obras completas, llamó poderosamente la atención en una y otra orilla por una razón muy simple en el que todos coincidieron, pues, Sab había sido su punto de partida como narradora y se precisaba tenerla en cuenta para poder calibrar su posterior devenir. Por otra parte, hecho de que, a la aparición de Sab, la mayor parte de la crítica haya sido española y no criolla, ha sido uno de los factores que se han tenido en cuenta para considerar que la novela fue escrita en la península ibérica. Sin embargo, hay algunas voces críticas que han puesto en duda esto, sobre todo por los capítulos IX y X de la primera parte de la novela, atendiendo a la minuciosa información que allí se evidencia en la construcción del espacio paisajístico de la zona de Cubitas en el antiguo territorio de Puerto Príncipe. Este factor estilístico ha hecho incluso pensar que la novela pudiera haber sido escrita en Cuba, y solo publicada posteriormente en España. Es posible que a este factor se le haya sumado el hecho de que Sab es la primera novela publicada por la autora. 

Hasta el presente no había aparecido ningún testimonio ni prueba de cualquiera de estas dos hipótesis, y eso ha mantenido una incertidumbre que puede sintetizarse así: a) Sab se escribió originalmente en Cuba, y por eso la construcción del espacio narrativo de Cubitas, además de su fuerte acento estilístico heredado de Sir Walter Scott —la anciana Martina estaría inspirada, por ejemplo, en la Norna de El pirata —, es el momento de mayor detallismo espacial en la novela; y b) Sab se escribió en España, y la intensidad pictórica del espacio campestre de Cubitas proviene de la memoria afectiva de la Avellaneda y de alguna experiencia personal suya en su primera juventud en Puerto Príncipe. Esta indeterminación —significativamente ligada, por lo demás, a un problema de construcción estilística del espacio en la escritura de la Avellaneda— que ha padecido la historia literaria cubana, puede considerarse resuelta al fin en el presente estudio.

En efecto, en el capítulo IX de la primera parte de Sab, cuando Carlos de B. le habla a Enrique Otway, se refiere a una lucecita que se ve en esos campos de Cubitas, provocada por cocuyos en la noche, la novelista pone una referencia a pie de página donde dice:
Los cubiteros han forjado en otros tiempos extraños cuentos relativos a una luz que decían aparecer todas las noches en aquel paraje, y que era visible para todos los que transitaban por el campo de la ciudad de Puerto Príncipe y Cubitas. Desde que dicha aldea fue más visitada y adquirió cierta importancia en el país, no ha vuelto a hablarse de este fenómeno, cuyas causas jamás han sido satisfactoriamente explicadas. Un sujeto de talento, en un artículo que ha publicado recientemente en un periódico, con el título de «Adición a los apuntes para la historia de Puerto Príncipe», hablando sobre este objeto dice que eran fuegos fatuos, que la ignorancia calificó de aparición sobrenatural. Añade el mismo que las quemazones que se hacen todos los años en los campos pueden haber consumido las materias que producían el fenómeno.

Sin pararnos a examinar si es fundada o no esta conjetura, y dejando a nuestros lectores la libertad de formar juicios más exactos, adoptamos por ahora la opinión de los cubiteros, y explicaremos el fenómeno en la continuación de la historia, tal cual nos ha sido referido y explicado más de una vez. (18)

En efecto, el artículo al que alude la Avellaneda existe, y la autora del presente ensayo lo halló, hace dos años, bajo el título de “Cubita”,  artículo adicional a los Apuntes para la historia de Puerto Príncipe, pequeño libro firmado con el pseudónimo El Antillano, usado por el intelectual principeño, tal vez —por su primer apellido— familiar de la Avellaneda, Manuel Arteaga y Betancourt. De ese opúsculo existieron dos ediciones. (19) La primera edición correspondió, al parecer, a 1838 ó 1839, según señala el propio Manuel Arteaga y Betancourt en el prólogo a la segunda edición, que le fue amablemente facilitada a la autora del presente estudio por Eugenia Agüero Rodríguez, en cuya familia se ha conservado esta rara obra. Este dato debe ser tenido en cuenta, porque la Avellaneda salió de Puerto Príncipe en 1836, antes de la primera edición. Si este Arteaga era su pariente por línea materna, podía haber estado, perfectamente, en correspondencia con él  y haber conocido, si no la primera edición del opúsculo, al menos de su existencia. En la nota al pie de página (número 6) de la segunda edición del librito de Manuel Arteaga y Betancourt, este afirma (nótese cómo abrevia el apellido paterno de la autora, pero consigna el materno, que coincide con el suyo propio):

La señora Da. Gertrudis de Avellaneda y Arteaga me mandó pedir, desde la ciudad de Sevilla, donde reside, una noticia minuciosa y circunstanciada de Cubita y sus cercanías, y solo por complacerla me he tomado el trabajo (pequeño, a la verdad, pero superior a mis fuerzas) de formar esta sencilla narración, la cual, suponiendo su consentimiento, me he determinado a publicarla, a los fines que espresa [sic] este epígrafe.

(La novela del Sab, que creo fue [sic] la primera que salió a luz, de la pluma de la que entonces residía en Sevilla y hoy en Madrid, y era la señorita en el día la señora Avellaneda, confirma lo que arriba queda espuesto [sic], revelando al mismo tiempo el objeto con que esta pidió noticia de Cubita y sus cercanías. En efecto, dicha novela debe su ecsistencia [sic] a la historia de Cubita, de la que le remití un ejemplar a aquella como lo comprueba su argumento, y que el lugar en que se suponen los acontecimientos es un ingenio de Yucatan: pero, más que todo, el hacerse mención en ella de la luz de los Montecitos, acerca de la cual se cita mi opinión, con espresiones [sic] que me lisonjean, aunque sin denominarme, emitiendo la autora la suya, y haciendo algunas reflecsiones  [sic] sobre el particular. (20)

Al buscar en el libro de Carlos Trelles, Bibliografía cubana del siglo XIX, tomo 2 (1826-1840), el pseudónimo El Antillano, este libro señala: “El Antillano: (V. Arteaga, Manuel). (21) En ese mismo texto de Trelles se añade:

Manuel Arteaga y Batancourt: Cubita por El Antillano, 1era edición. Puerto Príncipe, 1836 ó 39. Cubita Artículo adicional a los Apuntes para la historia de Puerto Príncipe. Escrito por El Antillano. Segunda edición. Puerto Príncipe. Imprenta El Fanal. En  8vo M, 24 ps. Se publicó en Mem. De la Soc. Econ. (1838 y 1848). El autor nació en Camagüey en 1784 y usaba el seudónimo de El Antillano”. (22)

Si se hace un cotejo del texto de la novela con el de Apuntes para la historia de Puerto Príncipe, se observa algo muy interesante. En la página 207 del capítulo X de la primera parte de su novela, la Avellaneda dice: “Tres son las principales, conocidas con los nombres de Cueva Grande o de los Negros Cimarrones, María Teresa y Cayetano. La primera está bajo la gran loma de Toabaquey y consta de varias salas, cada una de las cuales se distingue con su denominación particular”. (23) En el texto de El Antillano, se señala textualmente: “Entre las muchas rarezas dignas de admiración, con que la naturaleza señaló á Cubita, se encuentran la Cueva Grande ó de los negros cimarrones; la de Seña María Teresa; la de Cayetano; los Paredones y el río Canjilones”. (24) Asimismo, en Sab se lee: 

Son notables entre estas salas la de la Bóveda por su capacidad y la del Horno cuya entrada es una tronera a flor de tierra por la que no se puede pasar sino muy trabajosamente y casi arrastrándose contra el suelo. Sin embargo, es de las más notables salas de aquel vasto subterráneo y las incomodidades que se experimentan, al penetrar en ella, son ventajosamente compensadas con el placer de admirar las bellezas que contiene. Deslúmbrase el viajero que al levantar los ojos en aquel reducido y tenebroso recinto ve brillar sobre su cabeza un rico dosel de plata sembrado de zafiros y brillantes,  que tal parece en la oscuridad de la gruta el techo singular que la cubre. Empero, pocos minutos puede gozarse impunemente de aquel bello capricho de la naturaleza, pues la falta de aire obliga a los visitadores de la gruta a arrojarse fuera, temiendo ser sofocados por el calor excesivo que hay en ella. (25)

Todo este pasaje de la novela de Tula, de manera bastante obvia, está inspirado en el siguiente texto del pequeño libro de Manuel Arteaga y Betancourt:

Otra de dichas salas queda sobre la izquierda, y no todos logran verla: se llama el Horno, y es tan estrecha que apenas caben en ella, á la vez, cinco ó seis personas, y eso agachadas ó en cuclillas. Para introducirse en este Horno no hay sino una tronera á flor de tierra, por la que se entra uno á uno arrastrándose. Más esta incomodidad queda compensada en estando adentro, al alzar la vista para el techo, el cual parece todo sembrado de piedras preciosas, por el brillo que despide y por la diversidad de colores simetricamente [sic] matizados que produce la luz de las cuabas que en él reflectan. No ostante [sic] allí no se puede permanecer, sino muy pocos momentos, porque la mucha humedad del suelo, las llamas y el humo de las cuabas y la estrechez del lugar sofocan de manera que es preciso salir cuanto antes a respirar con más libertad. (26)

Como señalé anteriormente, es en la nota al pie de página (número 6) de la segunda edición del librito de Manuel Arteaga y Betancourt, donde este explica la solicitud que le había hecho la Avellaneda de una descripción de Cubitas. Esa nota 6 del opúsculo de El Antillano está situada en un texto en que el autor relata lo siguiente: 

Yo he visitado esta gran caverna diez ó doce ocasiones, como lo acreditarán los muchos letreros de carbón que en los muros de algunas de sus salas deben ecsistir [sic], puestos de mi mano, en que se espresa [sic] mi nombre y apellido, y hasta la fecha en que los ponía; pero era entonces tan joven y hace ya tantos años, que no puedo recordar todo lo que observé, mayormente cuando jamás me ocurrió hasta ahora hacer uso de semejantes observaciones. (27)

La Avellaneda escribe, por su parte, en Sab un eco de lo apuntado por El Antillano: “Las paredes estaban llenas con los nombres de los visitadores de las grutas, pero la compañía no pudo dejar de manifestar la mayor sorpresa al ver el nombre de Carlota entre ellos, no habiendo ésta visitado hasta entonces aquellos sitios”. (28)

Así, pues, Sab se termina hacia 1839, en Sevilla —si se ha de creer a la opinión de El Antillano—, y se publica en 1841; por tanto, es escrita cuando ya la Avellaneda tenía cierto tiempo de establecida en España, y sus recuerdos del espacio principeño, en particular de la zona rural en que se ubica lo esencial de la trama narrativa, se habían desdibujado, pero no tanto que no tenga noción de lo pintoresco del paisaje de Cubitas, y que, deseando ser fiel a este, solicite la ayuda de Manuel Arteaga, gracias al cual se logra el pasaje más detallado y minucioso en toda la construcción espacial de Sab, donde, en lo más general de su texto, la autora brinda imágenes muy poco elaboradas del paisaje rural:

Era una de aquellas hermosas noches de los trópicos: el firmamento relucía recamado de estrellas, la brisa susurraba entre los inmensos cañaverales, y un sin número de cocuyos resaltaban entre el verde oscuro de los árboles y volaban sobre la tierra, abiertos sus senos brillantes como un foco de luz. Sólo interrumpía el silencio solmene de la media noche el murmullo melancólico que formaban las corrientes del Tínima, que se deslizaba a espaldas de los cañaverales entre azules y blancas piedras, para regar las flores silvestres que adornaban sus márgenes solitarias. (29)

Incluso cuando hay una referencia a Cuba como territorio ideal para la realización humana, el trazado es deliberadamente impreciso y vago. Teresa le dice a su prima: “Porque hemos sido felices, Carlota, en nacer en un suelo virgen, bajo un cielo magnífico, en no vivir en el seno de una naturaleza raquítica, sino rodeadas de todas las grandes obras de Dios, que nos han enseñado a conocerle y amarle”. (30) Esta misma Teresa, cuya capacidad racional y emotiva es de mayor calibre que la de los restantes personajes de la novela, expresa, en un diálogo con Sab, que la única salida para éste —mestizo recién libertado— es escapar del espacio sociopolítico cubano, atenazado por la esclavitud y la discriminación: “[…] busca otro cielo, otro clima, otra existencia…” (31) Esta frase obliga inevitablemente a pensar en los célebres versos de Casal del poema “Nostalgias”:

Ver otro cielo, otro monte,
Otra playa, otro horizonte,
Otro mar,
Otros pueblos, otras gentes
De manera diferentes
De pensar. (32)

Esta coincidencia sutil en la construcción del espacio de alteridad, diferente de la realidad cultural cubana de su tiempo, aproximan a la Avellaneda —precursora— y a Casal, en una dirección específica: en este texto de la autora principeña hay rasgos de anuncio de la renovación modernista, que ya, en el terreno de lo estrictamente métrico, había avizorado Luis Álvarez cuando señalaba en su estudio sobre la autora:

[…] el virtuosismo métrico de la Avellaneda, lejos de ser merecedor de una consideración peyorativa, revela una seriedad artística y un talento creador que, por cierto, tienen mucho que ver con la actitud de depurador examen del verso que se produce, en las primicias del modernismo, precisamente en la palabra de otros dos cubanos: Martí y Casal, quienes, igualmente, se interesaron por el énfasis simultáneo de la dignidad estructural y semántica del verso, y por su dignidad expresiva. (33)

En concordancia con ese paisaje natural apenas abocetado, la ciudad apenas resulta visualizada en Sab. Su imagen como espacio urbano aparece más bien como ausencia, e incluso en términos de señalar lo que no tiene:

No había en Puerto Príncipe en la época de nuestra historia, grande afición a los jardines: apenas se conocían: acaso por ser todo el país un vasto y magnífico vergel formado por la naturaleza y al que no osaba el arte competir. Sin embargo, Sab que sabía cuánto amaba las flores su joven señora, había cultivado, vecino a la casa de Bellavista, un pequeño y gracioso jardín hacia el cual se dirigió la doncella, luego que dio de comer a sus aves favoritas. (34)

La casa de Bellavista, por su parte, apenas resulta abocetada. Ni siquiera el interés costumbrista del Romanticismo consigue que la Avellaneda se detenga particularmente en describir, para sus potenciales lectores madrileños, las peculiaridades de una casa opulenta en el campo cubano, la cual, por demás, resulta en su texto difícilmente reconocible para un receptor cubano contemporáneo:

Era una pequeña sala baja y cuadrada, que se comunicaba por una puerta de madera pintada de verde oscuro, con la sala principal de la casa. Tenía, además, una ventana rasgada casi desde el nivel del suelo, que se elevaba hasta la altura de un hombre, con antepecho de madera formando una media luna hacia fuera, y compuertas también de madera, pero que a la sazón estaban abiertas para que refrescase la estancia la brisa apacible de la noche. (35)

En cambio, la perspectiva de la autora se detiene con mayor cuidado en el mobiliario, componente vital de la espacialidad literaria en la construcción del espacio habitacional. Como apuntara con sagacidad Michel Butor en su ensayo “Filosofía del mobiliario”, el trazado del mobiliario tiene una importancia fundamental en el estilo narrativo:

Pero el novelista tiene mucho ganado si sabe cómo en su tiempo se abordan y se resuelven determinados problemas «prácticos», ya que ello le permite mejorar su invención, y también su conocimiento de los personajes y de sí mismo, ya que el mobiliario en la novela no desempeña tan sólo un papel «poético» de proposición, sino también de revelador, dado que esos objetos están mucho más vinculados a nuestra existencia de lo que en general solemos admitir. (36)

Es interesante constatar que el mobiliario, en tanto elemento espacial construido, se identifica ya en una de las primeras novelas de mano femenina. El propio Butor apunta: “En La princesse de Clèves se describen pocos objetos, pero todos ellos adquieren una extraordinaria importancia, se cargan de los sentimientos de uno u otro personaje como de una electricidad, van a provocar verdaderas chispas”. (37) Por otra parte, el mueble suele ser un claro indicador del lugar, el ámbito que, en el texto literario, sirve para indicar una determinada estabilidad, un sitio donde los objetos permanecen —a diferencia del espacio literario, que el territorio de la movilidad, de lo operacional y la fluencia narrativa—. (38)

Notas:

1.Iris M. Zavala: “El amor es una aventura en el mal. Los sonetos de Sor Juana”, en: Casa de las Américas. Año XXXVI. No. 200. Julio–septiembre de 1995, p. 37.
2.Dulce María Loynaz: “La Avellaneda, una cubana universal”, s/e, La Habana, 1953, p.p. 7-8.
3.José Antonio Fernández de Castro es de esas figuras casi desconocidas en el panorama cultural cubano de hoy. A él se le deben imprescindibles textos sobre la siempre polémica obra de José Antonio Saco y de Domingo del Monte. Tiene a su haber, junto a Félix Lizaso, una de las más importantes antologías poéticas de principios del siglo XX realizadas en Cuba. En esa Antología crítica, publicada en Madrid en 1926, dio a conocer a los hermanos Loynaz entre las jóvenes voces de la poesía cubana del momento. Su libro Tema negro en las letras en Cuba (1608- 1935), publicado en 1943 cuyos antecedentes están ese otro texto de Francisco Calcagno, Poetas de color aparecido en 1887, resulta de una importancia cabal y está, desgraciadamente, a la espera de una necesaria reimpresión hoy. Por todo esto es caso absurdo su criterio sobre Gertrudis Gómez de Avellaneda a quien, para colmo, entra en el Índice Alfabético de su libro por Avellaneda, Gertrudis Gómez.
4.José Fernández de Castro: Esquema histórico de las letras cubanas, Nota preliminar de Raimundo Lazo, Publicaciones del Departamento de Intercambio Cultural de la Universidad de La Habana, La Habana, 1949, p. 12.
5.Ibíd., p. 101,
6.Domingo Figarola- Caneda: Gertrudis Gómez de Avellaneda.Biografía e iconografía, incluyendo muchas cartas, inéditas o publicadas, escritaspor la gran poetisao dirigidas a ella, y sus memorias.Notas ordenadas por Doña Emilia Boxhorn. Industrial Gráfica, Madrid, 1929, p.77.
7.Cfr: Juan J. Remos y Rubio: Tendencias de la narrativa imaginativa en Cuba, La Casa Montalvo-Cárdenas, La Habana, 1935, p. 14
8.Cfr. p. 118.
9.Juan J. Remos y Rubio: Ob. cit., pp: 35-36.
10.Luis Vidart fue militar y escritor de la España de la época. Escribió, entre otras cosas, una Historia de la Literatura Española.
11.Luis Vidart: “La novela en la Edad Moderna”, en: Gertrudis Gómez de Avellaneda: Obras literarias. Imprenta y Estereotopía de M. de Rivadeneira. Madrid, 1871, t. 5, p. 378.
12.Paul van Thiegem: El Romanticismo en la literatura europea. Unión Tipográfica Editorial Hispano Americana. México, 1958, p. 210.
13.Alberto Lista: “Carta a Gertrudis Gómez de Avellaneda, fechada en Cádiz el 20 de marzo de 1842”,  en: Domingo Figarola Caneda: Gertrudis Gómez de Avellaneda.  Notas ordenadas y publicadas por doña Emilia Boxhorn —viuda de Figarola Caneda—.  Sociedad General Española de Librería, S.A. Madrid, 1929, p. 152.
14.Ápud Domingo Figarola Caneda: Gertrudis Gómez de Avellaneda, ed. cit., pp. 78-79.
15.Aurelio Mitjans: “De la Avellaneda y sus obras”, en: Estudios Literarios. Colección de Memorias. Imprenta “La Prueba”, La Habana, 1887, p. 128.
16.Mariano Aramburo y Machado: Personalidad literaria de Doña Gertrudis Gómez de Avellaneda. Imprenta Teresiana, Madrid, 1898, p.188.
17.Ibid. pp. 188-189.
18.Gertrudis Gómez de Avellaneda: Sab, ed. cit., nota a pie de página de las pp. 220-201.
19.Manuel Arteaga y Betancourt: Apuntes para la historia de Puerto Príncipe. Imprenta de El Fanal. Puerto Príncipe, 1856 (2da. Edición). 
20.Manuel Arteaga y Betancourt: ob. cit., 2da. ed., p. 19.
21.Carlos Trelles: Bibliografía cubana del siglo XIX. T. 2 (1826-1840). Seguida de una relación de periódicos publicados en Cuba en el siglo XX, por el Dr. Francisco Llaca.  Imprenta Quirós y Estrada. Matanzas, 1912, p. 167.
22.Ibíd., p. 166- 167.
23.Gertrudis Gómez de Avellaneda: Sab, ed. cit., p. 207.
24.Manuel Arteaga y Betancourt: “Artículo adicional”, ob. cit., 2da. ed., p. 7.
25.Gertrudis Gómez de Avellaneda: Sab, ed. cit., pp. 207-208.
26.Manuel Arteaga y Betancourt: ob. cit., p. 9.
27.Ibíd., p. 10.
28.Gertrudis Gómez de Avellaneda: ob. cit., pp. 209-210.
29.Ibíd., p. 239.
30.Ibíd., p. 306.
31.Ibíd., p. 258.
32.Julián del Casal: Obra poética.  Ed. Letras Cubanas. La Habana, 1982, pp. 177-178.
33.Luis Álvarez Álvarez: “La Avellaneda: ni maga ni sirena”, en: Letras de Puerto Príncipe. Ed. Ácana. Camagüey, 2000, p. 52.
34.Gertrudis Gómez de Avellaneda: ob. cit., p. 174.
35.Ibíd., p. 143.
36.Michel Butor: “Filosofía del mobiliario”, en: Michel Butor: Sobre literatura II. Ed. Seix Barral, S.A. Barcelona, 1967, p. 66. Ibíd., p. 67.
37. Ibíd., p. 67.
38.Se trata de la oposición de Michel de Certeau entre “lugar” y “espacio”, que se aborda en “Preliminares sobre el espacio literario”.

Autor: Dra. Olga García Yero

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