Sello de Calidad
Portada » articulos » Jorge Santos » La paz, la cultura y los pueblos

La paz, la cultura y los pueblos

Muro de los lamentos

Siempre he considerado que la paz entre los pueblo proviene, como dijera el prócer y benemérito mexicano Benito Juárez, …el respeto al derecho ajeno es la paz. Quizás esa sea la divisa fundamental para que haya paz en todo su esplendor, pero está muy distante que se cumpla siquiera en un porciento elevado de los casos. Y ya no a nivel de países, ni entre familias o simples vecinos; sencillamente porque no se respeta al otro.

Lo señalado anteriormente no es una verdad de Perogrullo, ni es un consigna lisonjera para atraer adeptos. La paz es la urgente necesidad para un futuro convenientemente equitativo desde cualquier ángulo de donde se mire, y es, además, acicate de vida, de reconocimiento, de justicia y de concordancia de voluntades.

Para nadie puede ser la paz es símbolo de empobrecimiento social lo cual sería un error; antes bien, la paz proporciona una dinámica de comportamiento que implica una exigencia de desarrollo. Pero la paz es cultura en toda la extensión de la palabra, y más allá de cualquier otra dimensión, si entendemos por cultura algo más que un inventario de folklore, costumbres y hábitos.

Por ello, un boleto seguro al porvenir es que lleve el signo distintivo de la paz. Y en ello entra la apreciación que asumimos de cada situación presentada, y es la cultura la que define en última instancia la decisión  a la hora de compaginar la paz. Ese elemento no puede ser obviado, y es la clave para la condición de paz en cualquier lugar, sin embargo, se quebranta en casi todos los casos, o no siquiera se deja establecer en su más mínima expresión.

Cuando la Revolución francesa, en 1879, se dio a conocer la Declaración de los Derechos del Hombre y del Ciudadano, con su lema famoso de Libertad, Igualdad y Fraternidad, y una mirada retrospectiva al respecto determina que la gravedad del problema desde esos instantes radicó en que la paz, como dignidad suprema de vida, estaba comprometida con la crisis de valores de la sociedad a nivel mundial, entonces los postulados anteriormente citados en este párrafo quedan  exhibidos como meros apotegmas, pues fueron violados de manera inmisericorde.

De esta forma, se percibe que la paz es una conquista histórica de la humanidad. Y, por consiguiente, esa conquista implica la obligatoriedad de una garantía social, política, jurídica, económica y personal. Es una suerte de derecho a tener muchos derechos, porque a Ud. le respetan su integridad a partir de sus ideales, costumbres, identidad, situación étnica y social.

Antes que concluyera el año 2017, el presidente de los Estados Unidos de América, Donald Trump, emitió una disposición que contraviene la paz de dos comunidades que conviven en una misma área geográfica y su confrontación es diaria.  Nos referimos  a la insólita decisión de reconocer a Jerusalén como capital del estado de Israel, y de la voluntad de trasladar hacia ese lugar antes de que concluya el 2019, la embajada estadounidense en ese país. 

Puede que alguien vea esto como una medida típica de un país como Estados Unidos; pero la orden echa por tierra una especie de empate jurídico en torno al viejo y largo conflicto judeo-palestino. Pero hay más, debido a que Jerusalén no es una simple ciudad;  sino es uno de los sitios emblemáticos de la cultura universal, donde se asientan o descansan y convergen las claves de tres religiones monoteísta esenciales: la judía, la cristiano y la musulmana. A ello se agrega que la cultura allí es multiétnica en todos los aspectos y, por ende, considerar privilegios a una de ellas en detrimento de las otras dos, es un error garrafal y una afrenta a la dignidad de cada una de las omitidas.

Si como hemos de tratado de señalar desde el inicio de este texto, que la paz está indisolublemente unida a la cultura, la determinación de Trump trae un nuevo dilema, pues le echa más leña al fuego en un área donde la disyuntiva bélica bulle en cualquier momento, y los ejemplos sobran. 

El derecho a la paz no es una voluntad formal de unos pocos, aunque podrá objetarse a tenor de los ideales tomados en cuenta por cada cuál que ella pude adaptarse según una suerte de facultad discrecional para utilizarla, y las dificultades, por tanto, pueden ser muchas si no se detienen las arbitrariedades. De momento, la resolución del presidente Trump troncha las aspiraciones y las exigencias morales de los palestinos. 

En definitiva, lo que ha predominado es una superposición de ideas y tendencias segregacionistas, que violan además de los sueños del pueblo palestino, los derechos humanos de ese grupo étnico, quienes tienen tanto derecho como los judíos a vivir en esa región.

En ese sentido, frente a esta realidad, cabe preguntarse cómo ha evolucionado la humanidad y la perentoria necesidad  de más allá de declaraciones de condena ante este fallo presidencial, de reuniones protocolares, de consensos, de relatorías y de lamentos o solidaridades, hace falta que las Naciones Unidas ejerzan su derecho para modificar profundamente los patrones de conducta perniciosos, de conductas socio-culturales  y religiosas de un país poderoso como Estados Unidos.

La Era que vivimos se estrenó el 11 de septiembre del 2001, con el triste episodio del derrumbe de las torres gemelas en New York. Tal vez ese haya sido el caso más obvio del odio religioso que impera en el siglo XXI, y también racial y social -sin obviar a los yihadistas actuales, con sus crímenes atroces en Siria, para poner un ejemplo- pero la abrumadora mayoría de los pueblos del mundo quiere que la cultura promueva una paz que sea imperativa.

Tal vez tengamos que cuestionar cómo hemos combatido el terrorismo a nivel mundial, pero de lo que no cabe dudas es que hay un solo modo efectivo: utilizar y hacer valer  la cultura. Su uso, el constante accionar de sus dimensiones y posibilidades, servirán para combatir las miserias humanas, y ese es el mejor antídoto. 

No se puede  construir el futuro pensando en lugares para ubicar sometidos. El resultado de tal política nos lleva mucho más allá de la globalización impuestas por países opresores, se queda pequeña entonces. No puede pretenderse  mostrar al otro ideales que no profesa. O enseñarle e imponerle al otro lo que no queremos para nosotros. Si hay respeto, habrá paz, y ella estará matizada siempre por la cultura.

*El autor es un ensayista cubano, autor de varios libros. Es miembro de la UNEAC, de la UNHIC y de la Asociación Cubana de Comunicadores Sociales.

Autor: Jorge Santos Caballero*

Fuente: Sede de la UNEAC

Contenidos Relacionados

COMENTARIOS (0 EN TOTAL)

Enviar un comentario nuevo

El contenido de este campo se mantiene privado y no se mostrará públicamente.
  • Las direcciones de las páginas web y las de correo se convierten en enlaces automáticamente.
  • Etiquetas HTML permitidas: <a> <em> <strong> <cite> <code> <ul> <ol> <li> <dl> <dt> <dd>
  • Saltos automáticos de líneas y de párrafos.

Más información sobre opciones de formato

CAPTCHA
Esta pregunta se hace para comprobar que es usted una persona real e impedir el envío automatizado de mensajes basura.
CAPTCHA de imagen
Entre los caracteres que ve en la imagen.