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La mancha de Randoll

Libro de Randoll Machado

He llegado a pensar muchas veces si no será Guáimaro una tierra de privilegios y sorpresas. Ante su vista, el concepto de “municipio” se estrecha, se hace vulgar. No exagero. Estamos habituados a ver, desde nuestra atalaya de ciudad principal, cómo de esas porciones geográficas llamadas “municipios” el talento huye despavorido. Emigran todos: los pintores, los músicos, los poetas. Zarpan de la patria chica y su estrechez a buscar en la ciudad cabecera –o más lejos– la riqueza de vida y crecimiento que el terruño les escatima.

Guáimaro es rara avis. Pintores renombrados han nacido allí y muchos siguen habitando el pueblo. Historiadores ilustres se niegan a salir de sus fronteras. En Guáimaro crecen poetas como el musgo después de un aguacero: poetas buenos, de esos que no abundan, porque son de verso cabal y alma limpia, mezcla que casi nunca se encuentra en nuestros días, cuando cada vez más nos van faltando quienes escriban poemas impecables y sean personas íntegras.

Guáimaro los tiene, y más de uno: me consta. Randoll Machado es uno de ellos.

Este muchacho nacido en 1986 es prácticamente un desconocido, tal vez porque a poquitos metros del parque de Guáimaro tiene su casa, su perro, su abuelo, su esposa y su hijo por nacer. No se le ve con frecuencia en la ciudad grande. No milita en corrillos literarios. Escribe versos y trabaja el barro. Pero desde el aparente sopor municipal ha ganado premios importantes; uno de ellos, el codiciado Calendario 2014 de poesía infantil, el premio gordo de la AHS.

“En un lugar de la mancha” –mancha con minúscula– es el título del libro ganador, que, como siempre, ha sido publicado por la Casa Editora Abril con una atractiva cubierta diseñada por Ángel Velazco, el papá de Cucuy el güije. Al abrirlo,cualquier lector poco avisado podría pensar que se trata de más de lo mismo, porque lo único que ve, página tras página, son versos cortos rimados.

Pero se equivoca el tonto lector de superficie: si algo no hay en el libro de Randoll es la consabida bobería de la poesía para niños más al uso. Por el contrario, es este un libro donde las contradicciones saltan a la vista; donde lo sorprendente es presencia. El título mismo deviene un juego de acertijos porque el poeta jamás aclara a qué se debe esa mancha, dónde está, cuál es su naturaleza; y le toca a quien lee inventarle una historia, rastrearla a lo largo de cada poema.

¿Poesía para niños? No estoy muy segura. Me da por creer que Randoll se ha propuesto burlarse y jugar con ese afán de las personas mayores de clasificarlo todo según moldes preestablecidos, al presentar en su libro un mundo submarino donde hallamos titulares de prensa, tiburones ladrones, focas que se quejan de la falta de valores, racismo y desgaste del ecosistema, y hasta encuestas para medir la profundidad de la fantasía.

“En un lugar de la mancha” me regaló diálogos llenos de chispas, con un candor que en realidad es solo un formalismo malicioso empleado por el poeta para poner el dedo señalizador sobre asuntos más espinosos de lo que parece, en boca y actos de animales marinos, quizá con el afán de que estos se muestren un poco menos punzantes de lo que son.

¿Fábulas de nuevo cuño, donde la moraleja la pone el lector? Me ha gustado pensar, mientras leía el libro de Randoll Machado, en aquel medieval “Livro de Calila e Dimna”, donde los animales, por primera vez en la literatura española, tejen un mundo similar al de los hombres y se burlan de él.

Volver a la fabulación es necesario. Para los niños, porque no continúen los tarecos tecnológicos escatimándoles la infancia y robándoles la capacidad de fantasear. Para los adultos, porque de vez en cuando resulta útil, para no perder la esencia de los sueños, darse una vuelta por el mundo cada día más lejano de la infancia.

Merecido el premio Calendario de poesía infantil. Randoll Machado y su libro “En un lugar de la mancha” lo han ganado en buena liza. En las librerías está el poemario, a disposición de todos. Ahora falta que el autor y sus versos no se nos “manchen” de olvido municipal.

Autor: Mariela Pérez-Castro

Fuente: Asociación Hermanos Saíz

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