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La literatura, y los ciclones y temporales en Cuba

Ernest Hemingway, foto: Monografias.com

Hace años, un amigo que sabe de Hemingway mejor que nadie en Cuba -me refiero a Norberto Fuentes-, me advertía de cómo el “Old Papa” hacía anotaciones en cualquier lugar de la casa o en libros, revistas, o en papeles sueltos, sobre los ciclones tropicales que pasaban por la Isla -no me acostumbro llamar a este paisito y todos sus cayos adyacentes, y hasta con otra islita más pequeña a retortero, con la denominación actual y científica de archipiélago-. Me di cuenta que no era, precisamente, un hobby elemental o náutico por parte del escritor estadounidense. Era una necesidad de estar informado, de saber qué iba a pasar, pues su matriz de periodista así se lo imponía, aunque también hiciera sus pronósticos. Pero él iba a más, no solo rastreaba ciclones, anotaba los cambios de temperaturas de cada día, como da crédito la portad del ejemplar de la novela “Cumbres Borrascosas”, de Emile Brontë, que se encuentra en la biblioteca de Finca Vigía, la residencia cubana de Hemingway.

En mi caso, también el tiempo climático diario y lo ciclones han sido una curiosidad de primer orden, aunque no me he tenido que valer de ellos para conducirme en la vida. Por lo general, no oigo un solo parte meteorológico sino varios y de diferentes partes de nuestro hemisferio. Los leo en los periódicos, o los escucho cada vez que las emisoras radiales –nacionales o extranjeras-  o en  la televisión dan cuenta de ellos, o por internet. A menudo, resulta que he oído casi el mismo parte en distintos momentos del día sin que eso me cause alguna molestia, antes bien, me ufano de ello, pues  considero que son versiones actualizadas del mismo fenómeno meteorológico. 

Por eso, cuando comienza la temporada ciclónica, allá por el mes de abril, en mi mesa de trabajo  aparecen de inmediato un Atlas Geográfico, una lupa, una libreta de notas en la que apunto los nombres otorgados ese año a cada ciclón y los posibles cursos que tomarán de acuerdo con las predicciones meteorológicas que emiten los centros dedicados a su estudio y seguimiento. Claro, también se activa la computadora en donde aparece el mapa de Cuba en el mar Caribe y, por si fuera poco, la linterna queda reaprovisionada con carga, y mi mujer sale disparada a la calle con vistas a comprar las imprescindibles velas, que jamás dejarán de existir y de ser tan importantes, a pesar de las lámparas recargables y otros engendros modernos. Pero lo principal de todo ese entramado ciclónico, es que en el techo de la casa situó un pequeño puesto de observación, un atalaya carente de medios técnicos, pero que para mí es el lugar ideal  para saber qué rumbo tomará cada ciclón. 

Es algo verdaderamente apasionante eso de la caza de ciclones, y quizás eso me conceda un sentido de competencia con el viejo maestro Benito Viñes, sacerdote Jesuita, quien fuera  promotor  del  estudio  de  los ciclones tropicales  en Cuba, en el  Colegio Belén, en La Habana, y  del  cual  en  el 2013 se cumplieron 120 años de su fallecimiento. O tenga cierta complicidad con los también Jesuitas, Gutiérrez Lanza y Goberna, o con el célebre Capitán de Corbeta Millás, hasta llegar a nuestros días con el Dr. Rubiera y Armando Lima   -este último fallecido a mediados del 2005-, o con los otros especialistas que han seguido sus pasos y nos trasmiten la información por la televisión o la radio en Cuba. Cada uno de ellos  ha impuesto su estilo, su voluntad por hacernos comprender en nuestro país cuán importante  es conocer por dónde atravesará la perturbación ciclónica, o si habrá Mar 2 o Mar 3, o si lloverá o no en el territorio nacional. 

En ocasiones, uno les exige a los meteorólogos tal veracidad, que si no ocurre algo parecido a lo que han pronosticado, la emprendemos contra ellos con todo tipo de epítetos y chistes  de mal gusto. Y es que nos olvidamos que  sus partes  han sido  y serán solo pronósticos y nada más. Si predominan los nublados, no equivale a que lloverá en la zona donde residimos. Las temperaturas oscilan  entre determinados grados Celsius, no son estables, varían según la hora del día  u otras situaciones atmosféricas, por tanto, suponer que se mantengan tal y como se ha pronosticado por  los meteorólogos cada vez que es su segmento en los noticieros de la televisión o cuando es por la radio, constituye un grave error. 

El tiempo es el tiempo, y solo él sabe cómo se manifestará. Y en el caso de los ciclones, para nosotros los cubanos, ya es algo propio, común con lo que vivimos cada año. Por eso, tenemos que aprender a convivir con ellos. Hay quien ha dicho, que por razones de no sé qué tipo, ya no hay temporales en Cuba. Quizás su juicio sea cierto y los temporales hayan desaparecido, pero ellos lo único que ocasionaban eran molestias, goteras por doquier en las viviendas, algún río desbordado, y no pocos  derrumbes de casas y edificios viejos, que no habían podido ser reparados a su debido tiempo. 

Ahora bien,  lo que sí no han desaparecido son los ciclones, que muchas veces se convierten en huracanes, y que cada año amenazan más. Cierto que no siempre entran en el territorio nacional, pero causan tanto estupor que nadie queda eximido de ello. Para enfrentarlos sin riesgos hay que prepararse, esa es la única certeza de que el fenómeno pasará, y nosotros nos quedaremos.  Entonces, no queda más remedio que esperar por los ciclones cada año, en especial de baja intensidad  -no hay que exagerar-  y soñar con los desaparecidos temporales  relatados en no pocas ocasiones en la narrativa cubana. Eso sí, no hay que ser temerarios, ni esperarlos con la clásica botella de ron y, mucho menos, dejarse guiar por cazadores de ciclones empíricos como quizás fuera el viejo Hemingway.

*El autor es un ensayista cubano, con varios libros publicados. Es miembro de la UNEAC.

Autor: Jorge Santos Caballero

Fuente: UNEAC Camagüey

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