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La literatura y los amigos sí confían

Napoleón Bonaparte

La confianza no viene en una caja negra, como la que usan los aviones para saber lo que ocurre ciertamente tras un accidente, ni se puede garantizar eternamente como muchos creen. Usted es de confianza hasta que la otra parte que lo cree así decida retirarle esa condición. Por eso muchas veces me río, cuando se afirma que fulano sí es de confianza, y los años de vida me han corroborado que esa confianza se desploma de solo removerle el piso.

En el caso de los escritores, muchos de ellos en conversaciones privadas manifiestan: “No confían en mí”. Quizás esa afirmación expresada por ellos sea una respuesta inmediata a determinada contingencia literaria, propia del oficio, y diremos que hasta a algunos, en no pocas ocasiones,  les favorece esa decisión tomada por alguien. Pero la situación es cierta y se convierte en un dilema de vida para muchos autores en todas partes del mundo. No más vean que algo de lo que han escrito es editado, y no se corresponde con su propósito inicial, para de inmediato aludir que no se confía en ellos. No obstante, ha quedado demostrado que, en la mayoría de los casos, es por meras simplezas las decisiones tomadas.

En mi caso, creo que desde que nací, desde el primer momento en que abrí los ojos, nadie confió más en mí que yo mismo. Por lo menos, esa es la opinión que me he formado en el resto de mi vida. Salí a flote contra todo pronóstico médico, y resolví el  problema de subsistir sin ayuda ajena; por lo que esa acción mía  de subsistir tiene un mérito extraordinario, si lo sabré yo. 

En otro orden, recuerdo que cuando era niño e iba a jugar béisbol formando parte del team de la calle Santa Rosa, muchas veces mis socios del barrio no confiaban en mí al designárseme como segunda base y sexto bate,  pese  a que  imitaba  a  Willy  Miranda en todos los aspectos  -en cambio, mis coequiperos me preferían como lanzador y, por supuesto, si ocupaba otro turno al bate-. 

A esa lista de los que no confiaban en mí, debo sumar las maestras que me impartieron clases en la escuela secundaria o en el Instituto  -salvo la Dra. Paquita Fonseca, que siempre creyó en mis puntos de vista-. Las otras se empecinaban en que me aprendiera lo que ellas impartían solamente en las sesiones ordinarias de clases, y yo, por esa virtud que invade a los curiosos, buscaba otras fuentes informativas diferentes o de más amplio espectro con referencia a los vertidos por esas profesoras como informaciones únicas, ya fuera por un cierto facilismo pragmático que las embargaba al impartir la docencia, o por no tener a mano otros indicios. 

Toda esa falta de credibilidad en mi desempeño investigativo, se debía a que traté de mostrar interés por no aferrarme a la norma incolora y pedestre que me querían imponer, y eso casi siempre me trajo problemas de todo tipo. De acuerdo con esto, era lógico que no confiaran en mí; y es porque a veces cada persona quiere que crean en su persona sin más remilgos, y entonces los otros no lo hacen por tener criterios prefijados y diferentes, difíciles de cambiar.

No obstante, el hombre  -en el sentido de género neutro-  como animal bípedo y psicosocial que es, se convierte además, en el único ser capaz de tropezar dos veces con la misma piedra, de ahí que se empecine en conquistar lo que pretende a toda costa, aunque casi siempre no confíen en él. Basta recordar al pobre Calixto, que tuvo que valerse de la célebre Celestina, para enredarse con Melibea, los personajes de la obra de Fernando de Rojas; o cuando la bella Giulietta, en un acto vil, desdeñó a Bethoven y se casó con el Conde Gallenberg, pese al sincero amor del músico, lo que trajo por consecuencia que este nunca se casara.

Por tanto, creo que Napoleón tuvo razón cuando le expresó a su ex esposa Josefina, en una carta fechada el 21 de abril de 1810, lo siguiente: “Personas como yo no cambian nunca”. Justo así soy yo, como Napoleón, es decir, el mismo de siempre, querido por muchos y odiado por otros, pero que no tomo en cuenta eso de que no confíen en mí en cuanto a lo que escribo y digo. Yo sé que lo expresado por mí va siempre con la mejor intención. Y por eso me aferro a aquello que quizás no sea la costumbre, y que reza así: “No me hacen caso, pero me tienen que escuchar”. 

*El autor es un ensayista cubano, con varios libros publicados. Miembro de la UNEAC.

Autor: Jorge Santos Caballero

Fuente: UNEAC Camagüey

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