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Ileana y Jover, exponen: Yo, ¡Aquí me pongo!

Obra de Ileana Sánchez y Joel Jover (detalle), foto: Adelante Digital

Tomo prestado el título ¡Aquí me pongo!, de un texto del escritor cubano Edmundo Desnoes, aparecido originalmente en la revista Casa de las Américas, enero-febrero 1967 y, luego, incluido en su libro Punto de vista, de mayo de ese mismo año, para en mi caso reseñar la exposición Bipersonal de Ileana Sánchez y Joel Jover, que ellos han nombrado Magical Mystery Tour, inaugurada en la Galería Fidelio Ponce, de la Oficina del Historiador de la Ciudad de Camagüey.

A lo mejor, cualquier lector me preguntaría, ¿por qué me pongo? Y la respuesta sería: lo hago porque la muestra me satisface de punta a cabo. Con ese solo criterio bastaría para justificar este comentario, pero resulta que la exposición me obliga a reflexionar sobre muchas de las cosas sugeridas por estos artistas en cada una de las obras exhibidas y, también, en la puesta en escena de la propia muestra, digna de tomar en consideración desde cualquier ángulo del que se mire.

Resalta, además, la madurez creativa e intelectual de estos artistas, así como la manera en que concibieron el engarzar las ideas a la hora de plasmarlas en esos cuadros, que se dejan ver como postales del tiempo.

Quizás este preámbulo parezca innecesario, pero resulta que la exposición está concebida desde una concepción abarcadora que obliga a reflexionar en torno al tiempo transcurrido que, por cierto, no nos ha dejado aún. Vale decir, Ileana y Jover quieren que tengamos presente los años sesenta, conocidos como Década prodigiosa, y cómo ese periodo ha marcado una profunda huella en el acontecer del mundo y de los cubanos en particular; pero, también, los años de estos tiempos en que vivimos ellos los simbolizan.

Para recordar esa Década aludida, diremos que el primer acontecimiento trascendente resultó ser el triunfo de la Revolución cubana el 1ro de enero de 1959, pero de ahí en adelante se suscitaron hechos, que mencionaremos a vuelo pluma y sin orden cronológico, pero de imprescindible recuento, como fue la rebelión de las minorías negras en Estados Unidos; la descolonización e independencia de la mayoría de los países africanos; los esplendores del arte Pop con artistas como Warhol, Roy Lichtenstein, Jasper Johns, Claes Oldenburg, Robert Rauscheberg y Tom Wesselman, entre otros; la guerra en Biafra, Nigeria; el boom de la narrativa latinoamericana; el mayo francés de 1968; el despunte de la guerrillas en países de Sudamérica; el viaje del hombre a la luna; la primavera de Praga; la fantasía de los hippies frente al templo de Sans Souci en Los Ángeles, California, con aquella consigna elaborada y esgrimida por ellos para enfrentar a la policía, de “Golpéalos con amor” (y tirarle flores cuando iba a ser detenidos), amén del consumo de LSD y la práctica del sexo libre, que promovían.

A ello súmele la decisión del Papa Juan XXIII de convocar el Concilio Vaticano II; los asesinatos de J. F. Kennedy y Martin Luther King; la guerra en Viet Nam; el presunto suicidio de Marilyn Monroe; la guerra de los Seis Días desatada por Israel; la aparición de la píldora anticonceptiva; la construcción de Muro de Berlín; el asesinato del Che en Bolivia; el surgimiento de las “Olas” del cine; el primer trasplante de corazón; el rubor creado por el uso desmedido de la minifalda, el arranque de la música popular en el subcontinente americano; el auge de la TV; las acciones de los Tupamaros en Uruguay, y, particularmente, el desafío que crearon los Beatles, con sus interpretaciones que devinieron una suerte de aurora pero con sueño agitado.

Justo basado en una de esas canciones, que generó un disco, y toda la historia casi mística que entraña la ida y venida a un lugar sin destino que, al final es al mismo punto de partida retornando al punto de partida, es que estos artistas nos hacen meditar a través de sus cuadros. Cada una de estas obras es una historia, cada una es una consecución de planos imposibles de soslayar después de mirarlos una y otra vez, cada una es un acontecer de sueños, de gravitaciones sensoriales e históricas. Eso es lo que nos dejan esas obras.

No importa si el Simulador nos obligue a una doble mirada circunstancial, o si el arte pop nos lleve a establecer otros nexos gracias a potencialidad de la imagen; lo insólito es que cada obra tiene un título muy explícito, pese a lo connotativo de su entramado léxico y artístico. Así se nos muestran seis obras de Jover en solitario y diecisiete entre Ileana y él, para que colijamos que la fascinación está en cómo percibimos la exposición en su conjunto, y nos demos cuenta de cuánta eficacia hay en los Beatle hasta hoy.

He ahí el quid de la muestra, que denota de cualquier manera, las relaciones de estos creadores con la época de los años sesenta del pasado siglo y el periodo actual. Sin dudas, es un regocijo dialogar con cada cuadro, realizados en gran formato, y así hacernos acreedores de compartir una experiencia inusitada, cuando se piense que lo ocurrido es parte de nuestra memoria, del compromiso del arte y de la sociedad.

Autor: Jorge Santos Caballero

Fuente: Adelante Digital

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