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Guillén: el recuerdo sano de enferma ciudad

Nicolás Guillén

Camagüey vive con el orgullo de ser la cuna de Nicolás Guillén, el Poeta Nacional de Cuba, aunque en otra época fuera árida con el mulato, y le hiciera buscar promisorios horizontes en tierras vecinas o ajenas. Pero él burló las distancias con versos de arraigo y prosa nostálgica para un constante regreso a la huella imborrable de la familia y los primeros amigos, a la fuente deleitable de la infancia y la temprana juventud, a la semilla de su obra.

La popularidad y trascendencia de su poesía suele minimizar su periodismo, que sentó pautas de buen decir, amenidad y tratamiento honesto de los asuntos de actualidad. A los 16 años mostraba dotes de tipógrafo en la imprenta del periódico que dirigía su padre y también trabajó en el importante diario El Camagüeyano.

A través del espacio de la prensa representó esta ciudad que modeló en varias crónicas, aunque no fue el único género de su continuo retorno al lugar donde nació el 10 de julio de 1902. Entre esos escritos destaca “Camagüey, la ciudad enferma” (1932).

Guillén se refirió al Ayuntamiento, la Casa del Pueblo, el café El Chorrito, la Plaza de las Mercedes y la acera de Correos, que a su juicio definen los estratos sociales. Mas su verdadera caracterización está en otros elementos:

“El polvo es, realmente, una característica provinciana. Pero en Camagüey representa una verdadera institución. Cuando se alía con la lluvia, tiende sobre las calles un manto negro y resbaladizo, removido constantemente por las ruedas de los vehículos y por las patas de los caballos. Es el fango. El famoso fango camagüeyano, que ocupa entonces las extensas caries urbanas bajo una costra verde, espesa y arrugada, muy parecida a la piel horrible del leproso”.

El paisaje pintaba peor por la mugre en las calles, las fachadas sucias y descoloridas y la basura de varios días a las puertas de las casas. A eso le sumó las dos grandes zonas que dividían la ciudad en holgura de ricos y estrecheces de pobres, así como el contraste entre la pobreza generalizada del momento y la opulencia del pasado. Por eso encontró hombres “blancos que están amarillos por las necesidades. Hombres negros, que casi están blancos por la privazón”.

Otra crónica valiosa es “Camagüey” (1941). El año anterior a su publicación había sido declarado Hijo Predilecto por acuerdo del Ayuntamiento. En el texto se preocupa por la preservación del patrimonio:

“El prestigio de Camagüey no está, pues en la ciudad nueva (¡tan poco moderna!) sino en la vieja ciudad, tan antigua, tan íntima y serena. Calles torcidas, plazas abandonadas, quicios eminentes, aleros y guardapolvos seculares, gentes del pueblo, en fin, lentas y grises, que parecen brotar de la misma tierra de las calles”.

En la crónica personifica la ciudad como la mujer con la cara real y la maquillada. El hecho de que unos ciudadanos la quieren como es y otros la prefieran retocada, le hace señalar los riesgos de un desarrollo urbanístico no armónico ni coherente con la zona tradicional.

Otro cuadro fascinante pintó con su descripción del atardecer en la plaza San Juan de Dios, cuando esta “[…] se llena de crepúsculo, y de entre las sombras en la lucha victoriosa con los últimos lampos del día moribundo, emergen las grandes ventanonas de madera labrada, las puertas de enormes clavos, la arquitectura caprichosa de alguna exhausta y melancólica azotea. Presidiéndolo todo, como un búho, la silueta del convento, negro de tiempo, de lluvia y de polvo”.

También dedicó hermosas o estremecedoras expresiones a las calles, elogios que nunca fueron tan altos como a la de los Pobres, que se le antoja calle para romance de pueblo viejo.

Además criticó zonas como La Vigía, donde se construía la nueva urbe, porque no le reconocía un nombre, una historia y una tradición que le ponderaran. El cronista no ocultó su pasión por la antigua y venerable Santa María de Puerto Príncipe. Por eso lleva al visitante “a conocer lo único que puede y debe verse allí; lo que le da perfil y sello propio a la ciudad; lo que no hay en otro sitio”.

Muchos de los valores periodísticos de “Camagüey, la ciudad enferma” y “Camagüey” se anunciaban en los primeros escritos del poeta. Resulta necesaria la vuelta a la simpática y punzante “Junto al río” (1923), publicada cuando tenía veinte años. En esta presenta el drama de la urbe maldecida o amenazada por nacer entre dos ríos, aunque “[…] para el camagüeyano el único río es el Hatibonico, que es el que inunda, que es el que destroza, que es el que mata…”.

Ya radicado en La Habana, mantuvo esa preocupación por los habitantes y por la noble ciudad, como evidencia “Pregones” (1931). El camino del pregón era una luctuosa vía de trabajo en un país de desempleados. La ciudad se percibe en la musicalidad o las asperezas de estas voces populares, cotidianas. Camagüey habita en los pregones ingeniosos como el del vendedor de helado que proponía manteca’o de aguacate, algo disparatado y genial.

Otra perspectiva interesante es la del hombre que regresa después de varios años de exilio. Mientras esperaba en Cuba el primer aniversario de la Revolución escribe “Noche Buena, otra vez…” (1959), acerca de la tradicional celebración del 24 de diciembre, un día íntimo y familiar.

Agrupó otras impresiones acumuladas en “Mis queridas calles camagüeyanas” (1974), un homenaje a los parajes de su infancia y primera juventud. Cada lugar le provoca un recuerdo: el ambiente hogareño, la imprenta del padre y su trabajo periodístico, los juegos infantiles, el amor de adolescente acorde con las limitaciones de su raza.

La crónica trasluce su propósito de conducir al lector a las raíces. Por eso relaciona con ironía a los señores que habitaron las casas y a los esclavos que las construyeron. Ambos modelaron material y espiritualmente una urbe que se multiplica con los años.

A su ciudad natal le escribió como a ninguna, por una razón especial: “Yo no puedo ir a Camagüey sin repasarlo, como una remota lección que no quiero olvidar”.

Luego del triunfo de la Revolución recibió varios homenajes protocolares y cotidianos. En 1981, la Asamblea Municipal del Poder Popular le confirió el título de Hijo Distinguido de su ciudad natal. La Universidad de Camagüey aprovechó para otorgarle el título de Profesor de Mérito. Dos años después se instituyó el Premio Nacional de Literatura, que recibió. Murió en 1989, después de una larga enfermedad, también un día de julio, el 16.

Es preciso rescatar en sus perfiles más notables las imágenes que amó y odió este cronista servidor que enseñó no solo a mirar, sino a interpretar la ciudad. Es otra manera de perpetuarlo “con sus pies de ida y vuelta”, como escribió en la “Elegía camagüeyana”, para que no se le recuerde solamente esta segunda semana de julio, entre las fechas de su nacimiento y su muerte, para que no sea tristemente: ¡hasta el próximo año, Guillén!; porque sus crónicas lo han dicho, estará siempre alertándonos en los recovecos y andurriales de nuestro añejo Camagüey.

Autor: Yanetsy León González

Fuente: Adelante Digital

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