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Flores frente al espejo

Foto: Ricardo de la Paz Cervantes

Una mujer se sienta frente al espejo. Es una mujer como cualquiera, y a la vez, como ninguna. Puede que sea esposa, madre, amante, lo que históricamente se le ha exigido que sea. Quizás esté cansada, tal vez alegre, incluso, provocativa. Es nada menos que toda una mujer que se mira en el espejo.

Lentamente, la dama percibe cómo su reflejo va cambiando. Sus líneas se distorsionan: el peso del trabajo, la escuela de los niños, la comida de la casa. Su cuerpo, antes bello, se convierte en siluetas indefinibles, en contornos de colores; se transforma, se simplifica.

Delante de ella, otra mujer también empieza a cambiar. Como viento que besa su figura, sus manos se van convirtiendo en hojas, su talle en tallo, su rostro en corola, sus labios en néctar. La fémina, ahora flor, danza con sus pétalos como creación perfecta de la naturaleza, enamora con su aroma, atrae con su belleza, hiere con sus espinas.

A su lado, otras cuatro mujeres nos cuentan de su ropaje. Hacen poses o se tumban en el piso. Son cuatro jóvenes diferentes, con vestidos diferentes, de colores diferentes, pero iguales. Su ropaje se hace visible, se muestra: el alma de las mujeres es un vestido, normalmente camuflado por las telas sobre la piel.

Le sigue otra joven virtuosa. Es mística, profunda, enigmática. Abandonó la sencillez de la vida, rasgó el lienzo de su existencia, volvió a la semilla del mar. Se le puede ver como sirena o delfín, es agua libre y pura que nace de lo recóndito para navegar.

Muy cerca de esta, la noche se vuelca sobre una mujer. Le cuenta de sus amoríos, de sus infortunios. Le enseña las penumbras de su ser, la hermosura de su luna, sus cansados párpados de cada madrugada. Y así va, poco a poco, la mujer vistiendo a la noche y bautizándose en ella.

Alrededor todavía hay más matronas. Está la que es como una doncella silvestre correteando por el bosque; la que, antes presa, dejó una silla vacía tras su partida; la que fue un ángel para todos y luego un monstruo. Se encuentra la mujer- bruja, la mujer-sexo, la frágil libélula, la tejedora araña, la dama que es barco y lumbrera para sus allegados y la que, simplemente, anda por el mundo sin nombre.

Las mujeres hablan de su secreto mundo visible. Cual velas que se consumen narran sus historias, descubren su reflejo a través de pinturas difusas, retratos de realidad y ficción.

Y justo del otro lado del cristal se miran sus creadoras: nueve mujeres que, como sus obras, son madres, amantes, esposas. Nueve artistas que ven transformar su silueta en figuras otras. Nueve seres que van por la vida conquistando, con su mirada, la visión de mujer.

Ahora hay más de ocho Flores en el muro. Hay tantos reflejos en el alma como visitantes en la galería. Cada cual se lleva su propia imagen e historia; mientras en el salón de los pintores, la mujer continúa cambiando frente al espejo. (Fotos del autor)

Autor: Ricardo de la Paz Cervantes

Fuente: Radio Cadena Agramonte

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