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Finlay: Un nombre, un científico, orgullo del Camagüey

Carlos J Finlay

Quienes visiten la casa natal de Carlos J. Finlay disfrutarán de un espacio de historia y ciencia. Allí, en la añeja calle Cristo de la ciudad de Camagüey, nació el eminente científico cubano, a quien hoy mucho debe el mundo, por sus aportes no sólo a la Medicina, sino también a la Física, la Meteorología y otras ramas del saber, investigaciones muy bien recogidas en sus obras completas, el principal tesoro de la institución agramontina.

Si bien mucho se habla de Finlay, es bueno conocer que su verdadero nombre, refrendado por una fotocopia de su fe de bautismo que se exhibe en la referida casa y atesora el Obispado de Camagüey, precisa que se llamó Juan Carlos Finlay y que, debido a que su hijo -también médico- se firmaba Carlos Finlay, el decidió poner a continuación de su nombre la jota, para diferenciarse.

La máster en Ciencias María del Carmen Pontón, al frente de la institución y una estudiosa enamorada del hacer del  ilustre cubano, precisa otros detalles de  su vida, como el que prácticamente nació por accidente en nuestro Camagüey, ya que su padre, el doctor Edward Finlay, fiel seguidor de las ideas de Simón Bolívar, trató de unirse al Libertador, pero una tormenta lo hizo desembarcar, junto a su familia, en La Habana.

En esa ciudad no encontró trabajo para sustentarse y le recomendaron la entonces próspera villa de Santa María del Puerto del Príncipe, donde a los pocos días de su llegada, nació su hijo Juan Carlos, el 3 de diciembre de l833.

Muy poco permaneció la familia en el Camagüey, pues cuentan los historiadores que en febrero del próximo año, ante posibilidades de establecerse en la capital, el padre del científico retornó a La Habana, ciudad donde estudió y se hizo también médico su hijo, quien, además, ocupó su vida entre esa localidad y el extranjero. Según las investigaciones, nunca más retornó al Camagüey.

Su principal trabajo fue descubrir que el agente transmisor de la fiebre amarilla era el mosquito Aedes aegypti, para lo cual aportó numerosas pruebas experimentales, más su teoría no fue aceptada por la comunidad científica hasta  el año 1900.

Más allá del orgullo que podamos sentir los camagüeyanos por  ser coterráneos de tan ilustre hombre y científico, el mayor reconocimiento está en que es cubano, que al país y a su pueblo dedicó su fecunda labor  por la cual fue propuesto en varias ocasiones para el Premio Nobel de Medicina, aunque nunca se lo concedieron.

Hoy la Casa Natal de Finlay, como todos la conocen, recrea el desempeño de tan ilustre hombre en sus áreas museables, en su amplio arsenal bibliográfico y en el deseo manifiesto de su colectivo y de los camagüeyanos de que se le declare como “Casa de la Ciencia cubana”.

Allí, muchos agramontinos acuden a defender sus tesis de grado, sus trabajos de diploma, el cambio de categoría docente. Allí el investigador encuentra razones para sus estudios, los amantes del Tai Chi  lo practican, los camagüeyanos de la tercera edad tienen un lugar para sus encuentros y, en honor a quien naciera en la sencilla vivienda, se practica, difunde y enseña la Medicina natural y tradicional. 

Autor: Raysa Mestril Gutiérrez

Fuente: Radio Cadena Agramonte

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