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Finlay: más que Nobel, un sabio

Carlos J. Finlay

Junto a Pasteur, Koch, Flemming, Leeuwenhoek y Mechnikov se halla Carlos J. Finlay como uno de los seis microbiólogos más prominentes de la historia. En la edición de julio de 1975, la revista Correo de la UNESCO lo reconoció como tal. Y en 1981, la organización adscripta a Naciones Unidas entregó por primera vez un Premio Internacional para reconocer avances en la Microbiología, que lleva el nombre del científico cubano.

EL NOBEL PERDIDO

Sin importar geografías, sobresale por su prestigio. La Escuela de Medicina Tropical de Liverpool, Gran Bretaña (indiscutiblemente la principal institución de la infectología en todo el planeta, en aquella época), le confirió la medalla Mary Kingsley, la más alta condecoración que otorga. Francia le declaró Oficial de la Legión de Honor. Incluso, el 25 de mayo de 1981 la UNESCO comenzó a entregar el Premio Internacional Carlos J. Finlay, para reconocer avances en la Microbiología.

Muchos de sus artículos aparecieron en reconocidas revistas de Europa y Norteamérica. Lo más esencial de sus descubrimientos fue presentado en importantes eventos internacionales.

Por si no bastara, cada 3 de diciembre, día de su nacimiento en Camagüey (en 1833), se celebra el Día de la Medicina Americana. La fecha conmemorativa fue establecida en el IV Congreso de la Asociación Médica Panamericana, ocurrido en Dallas, Texas, en 1932; luego, en 1942, durante la I Asamblea Nacional de la Federación Médica de Cuba, se acordó fundir en esa fecha los festejos del Día del Médico en Cuba y de la Medicina Latinoamericana, como símbolo del aporte de esta área del continente.

De modo que no era de extrañar la adición de un premio Nobel a los reconocimientos a causa de su apasionada labor investigativa, de su descubrimiento del agente transmisor de la fiebre amarilla. En 1904, Ronald Ross, cirujano del Ejército británico y profesor de Medicina Tropical de la Universidad de Liverpool, nominó a Finlay para el Nobel de 1905, a cuatro años de haberse entregado por primera vez ese galardón internacional. Ross lo había recibido en 1902 por la identificación del mosquito trasmisor del paludismo.

El premio le fue concedido al doctor Robert Koch, bacteriólogo alemán (junto a Louis Pasteur, las dos más grandes figuras de la bacteriología mundial de todos los tiempos). Koch descubrió los bacilos de la tuberculosis y del cólera, y enunció los postulados sobre si un agente biológico es capaz o no de producir una enfermedad infecciosa.

También el coronel doctor John W. Ross, jefe de sanidad de la Armada de los Estados Unidos, propuso a Finlay para el premio, esta vez con vistas a la entrega de 1906. Un poco después incluyó al doctor Henry R. Carter. Y tampoco: recibieron el premio de forma compartida los doctores Camillo Golgi, histólogo italiano y Santiago Ramón y Cajal, histólogo español, por sus aportes al conocimiento de la estructura del sistema nervioso.

La propuesta a favor de Finlay y Carter fue repetida por el doctor Carl Sundberg, miembro del Comité del Premio, para 1907. Pero ese año se le concedió a Charles Louis Alphonse Laveran, inmortal médico francés, por su descubrimiento de uno de los hematozoarios o plasmodium del paludismo en 1880.

Para 1912, el profesor Braut Paes Lewe, de la Facultad de Medicina de Río de Janeiro, Brasil, señaló nuevamente al sabio cubano; y Laveran coincidió en el intento. No obstante, ese año lo obtuvo Alexis Carrell, fisiólogo y cirujano francés.

Laveran persistió durante las ediciones de 1913, 1914 y 1915; ese último año murió el científico cubano, y al francés no le quedó más remedio que desistir. En diversas ocasiones, la postura de norteamericanos a favor de Walter Reed (como autor del trascendental hallazgo científico realizado por Finlay), frustró las ansias de reconocidas personalidades de la ciencia cubana y mundial, conscientes de la justicia que se haría a nuestro sabio con el Premio Nobel en aquellas circunstancias.

Ya desde 1904, al conocer el infructuoso resultado de las gestiones de Ross, con suma modestia Finlay respondió: "Lo siento por Cuba; hubiera sido la primera vez que hubiera venido a nuestro país este lauro internacional, dándome la oportunidad de probar mi cariño de hijo que ama a su patria. En cuanto a mí he sido más que bien recompensado con unos padres que lograron darme una profesión con qué demostrar mi amor por los demás, con una ejemplar esposa y buenos hijos, y con una relativa buena salud, con la que he alcanzado una edad que me permite reconocer mis grandes errores".

GENIO Y EMPEÑO


Ambas cualidades propiciaron que identificara al mosquito trasmisor de la fiebre amarilla, demostrara la verdad científica mediante el experimento en humanos, y elaborara un plan antivector como única vía de solución para erradicar la enfermedad.

Muy temprano por la mañana, Finlay iniciaba su faena, antes de que despertara la familia y comenzara el bullicio de las labores domésticas. Desde el buró, el microscopio binocular traído de Filadelfia, el ábaco y otros instrumentos de trabajo, no cesaba en la búsqueda del causante de la fiebre amarilla.

Introducía los mosquitos en tubos de ensayos para estudiar su modo de vida en cautiverio. Y lo hacía también en el cuarto; dejaba que se movieran libremente para realizar estudios comparativos de su conducta.

Cuentan que realizaba caminatas para ejercitar la mente. En ocasiones detenía su marcha cuando pensaba algo importante para sus trabajos, e iba a anotarlo. Era como un mecanismo de retroalimentación desde su interior.

El 28 de Junio de 1881 hizo picar a un paciente que estaba en el quinto día de fiebre amarilla. Fue el primer caso en que se provocó esta enfermedad por medio de experimento.

Al exponer su teoría sobre la presencia de un agente externo que trasmitía la enfermedad, en la Conferencia Internacional celebrada en Washington en febrero de 1881, muchos lo tildaron de loco, y otros le apodaron despectivamente "El Médico de los Mosquitos".

Pero en lugar de renunciar se consagró a su investigación: dedicó muchas horas al estudio de más de 600 especies de mosquitos para llegar a la conclusión de que era el Aedes aegypti (la hembra), el trasmisor. Sus experimentos consistieron en la picadura a un hombre enfermo y luego a uno sano en un período de tiempo determinado.

Expuso su hallazgo en la Real Academia de Ciencias Médicas, Físicas y Naturales de La Habana, mediante el trabajo "El mosquito hipotéticamente considerado como agente de transmisión de la Fiebre Amarilla". Tampoco le prestaron atención. Sus colegas no entendían una verdad que echaba por tierra teorías hasta ese momento "insuperables". El Dr. Claudio Delgado estuvo a su lado no solo para la labor investigativa, sino en el diálogo más personal que impulsaba al maestro a no desfallecer en aquel proyecto.

En 1900, la Cuarta Comisión Médica del Ejército Norteamericano vino a Cuba a comprobar su teoría. Si bien es cierto que el trabajo de experimentación de ese equipo constituyó una verificación oficial, resulta vergonzoso que su presidente, el Dr. Walter Reed, quiso adjudicarse el descubrimiento.

Para los cubanos, la gloria del médico camagüeyano —por haber descubierto en el mosquito Aedes aegypti al agente transmisor de la fiebre amarilla— estuvo siempre fuera de dudas, a pesar de que internacionalmente era este un mérito que se le escamoteaba en favor del médico norteamericano y de la Comisión Militar Americana a su cargo.

Por tanto, cobró singular importancia la aprobación unánime de la moción presentada por la delegación cubana al X Congreso Internacional de Historia de la Medicina, celebrado en septiembre de 1935 en Madrid, bajo la presidencia del célebre doctor Gregorio Marañón. Allí se reconoció: "que Finlay fue el primero en establecer científicamente el principio de la transmisibilidad de las enfermedades infecciosas, del hombre atacado, al hombre sano no inmune, por insectos chupadores intermediarios, el 14 de agosto de 1881".

Se estableció, además, que Finlay fue el primero en formular los principios higiénicos para la prevención de la enfermedad, y se aclaró el extraordinario papel desempeñado por su doctrina en el saneamiento del área del Canal de Panamá durante la construcción.

OTRA VEZ EL AEDES


Explicar cada uno de los trabajos de Finlay tomaría más de cuanto la vista de un internauta repasa usualmente en cualquier página web. Baste añadir estudios sobre enfermedades observadas por primera vez en Cuba, afecciones tropicales, epidemias, Bacteriología, Higiene, Ética, Oftalmología, Cirugía….

Destacan sus criterios sobre los beneficios del agua o sus investigaciones sobre el Cólera, pues también integró la vanguardia que percibió el origen hídrico de esta enfermedad.

Como Jefe de Sanidad en todo el archipiélago, dictó Resoluciones, Decretos y Circulares que conllevaron a un buen desarrollo de las campañas contra el mosquito Aedes aegypti, como la circular No. 19, de noviembre de 1906, dirigida a los Jefes Locales de Sanidad. En esta se disponían las instrucciones para la Brigada de Fumigación y Petrolización. La No. 21, del 29 de noviembre de 1907, se tituló ‘Lo que debe hacer un Inspector de Sanidad’.

El alcance de esa práctica sanitaria para erradicar la fiebre amarilla llegó a Panamá, lugar donde murieron centenares de hombres que laboraban en la construcción de un canal interoceánico. El Dr. William Gorgas aplicó la campaña antivector concebida por Finlay y logró la reanimación de la obra, interrumpida tras el fuerte azote de la epidemia. Aun el gobierno interventor de Estados Unidos reconoció su dedicación y éxitos, y lo nombró Presidente de Honor de la Junta Nacional de Sanidad y Beneficencia, al jubilarse en 1908.

Por supuesto, si algo ha viajado intacto por los vericuetos del tiempo es la profilaxis para la eliminación del Aedes. En 1898 expone su plan para erradicar la fiebre amarilla: "las larvas de los mosquitos pueden ser destruidas en los pantanos, pequeñas acumulaciones de aguas, en los excusados y donde quiera que se encuentren aguas estancadas…"

Finlay contribuyó de manera decisiva en la creación de un sistema para la salud pública cubana. Atendió directamente las campañas antivector y otras relacionadas con enfermedades epidémicas. "Los jefes locales de Sanidad deben usar de toda influencia para educar al pueblo en estos motivos y para obtener de sus consistorios los recursos necesarios para la asistencia de los pobres", advirtió entonces.

Sus orientaciones constituyen una insoslayable enseñanza sobre la importancia del trabajo preventivo de manera directa en las diferentes localidades, principio básico de nuestro sistema de salud y prioridad en la política del Estado.

La cultura popular sobre el Aedes aegypti que existe hoy en Cuba hubiera dejado atónito al sabio del siglo XIX. Hasta los niños saben lo que es preciso hacer; lideran o participan masivamente en visitas de control en el barrio, como parte de la campaña sistemática de revisión del hogar y centros de trabajo (autofocal familiar y laboral).

En la actualidad existen operarios de Control de Vectores que inspeccionan las viviendas según lo establecido en cada territorio para evitar, detectar y eliminar los focos. En dependencia del riesgo de cada área, las visitas tendrán frecuencia de 11 días, 22 o 44, algo inédito en la época de Finlay y aun en otras naciones a pesar de que ya avanza el siglo XXI.

Cuba ha llevado las ideas de este prominente científico más allá de sus fronteras; ha ayudado a otros pueblos a erradicar el Aedes aegypti, e insiste en eliminarlo del territorio nacional. Muestra la vigencia del hallazgo de Finlay, que nunca fue premiado con un Nobel pero sí con la reverencia que le hace su Patria, la historia, la Medicina, la Ciencia… y la humanidad.

Autor: Joel Mayor Lorán

Fuente: Cubahora.cu

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