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Escenario: La llama de París

Obra: La llama de París, Ballet de Camagüey

Las lluvias del fin de semana en la ciudad no detuvieron a las decenas de aficionados de la danza que asistieron a la presentación del Ballet de Camagüey, la segunda compañía clásica del país, en el teatro Mella. La propuesta era interesante: una versión completa de un clásico soviético, que ha trascendido casi exclusivamente por su pirotécnico pas de deux: Las llamas de París (la compañía cubana singulariza el título: La llama de París), con música de Boris Asafiev. La versión coreográfica —suponemos que libérrima— es de Lila Martínez.

Habría que ver cuáles serían las motivaciones de los creadores camagüeyanos para escoger esta obra, que salvo en la propia Rusia, ha sido muy poco versionada. De hecho, recientemente el Bolshoi realizó un nuevo montaje de la puesta, muy diferente a la original de los años treinta (una curiosidad: era el ballet preferido de Stalin), muy en la cuerda de la propaganda soviética. En aquellos años, se pretendía dejar bien establecido que la Revolución de Octubre era heredera de los movimientos revolucionarios europeos. La coreografía —usando los recursos del estilo clásico del ballet— etra al mismo tiempo homenaje y grito revolucionario.

De todo el ballet, las compañías de Europa y América apenas aprovecharon el pas de deux, en varias versiones (el Ballet Nacional de Cuba tiene en su repertorio tiene una versión de Alicia Alonso a partir del original de Vasily Vainonen).

Según el programa de mano, la coreógrafa Lila Martínez ha querido resaltar en su propuesta el amor a la pareja, a la familia y a la patria, “suavizando” de alguna forma la violencia y los ímpetus de la historia original. Pero como a grandes rasgos sigue el argumento inicial, no puede dejar de un lado las escenas de combate y hasta los muertos en la guillotina.

La manera en que se narra es convencional y sencilla, aunque francamente resulta un poco lenta en el primer acto. Pudo haberse prescindido, por ejemplo, de un prólogo donde se presentan a los personajes de la historia. Mucho más brillante y enérgico es el segundo acto, donde abundan escenas del cuerpo de baile y se incluye el famosos pas de deux.

El vocabulario —estilo clásico con alguna que otra influencia más contemporánea y acercamientos a danzas de carácter— no parece del todo consolidado. Hay momentos logrados, pero en ocasiones resulta cacofónico, un poco limitado y algo plano. A la coreógrafa le ha faltado también cierta habilidad para el diseño espacial, particularmente en algunas de las creaciones para el cuerpo de baile.

Desde el punto de vista del vestuario no se puede apreciar aquí una vocación de unidad. La ropa parece más bien proveniente de otras puestas. Tampoco es demasiado feliz la proyección de imágenes computarizadas en lugar de los habituales telones. No es que la idea sea desechable, pero la concreción en este caso deja bastante que desear.

Lo mejor de La llama de París camagüeyana ha sido la posibilidad de apreciar a un elenco en constante renovación, especialmente a algunas nuevas y prometedoras figuras. El cuerpo de baile asume su parte con fuerza y deseos, pero son evidentes ciertos desniveles técnicos que afectan la homogeneidad de la danza. Los solistas están mucho mejor. Yanni García e Iradiel Rodríguez son hasta cierto punto veteranos. El primero sigue haciendo alarde de sus condiciones técnicas (arabesques pronunciados, excelente eje…), aunque su interpretación es un poco enfática. El segundo, mucho más discreto técnicamente hablando, tiene una proyección escénica serena y ajustada.

La pareja que asumió los roles protagonistas el sábado destacó por su arrojo y energía. Rosalía de la Torre lució ágil y audaz, hace gala de una buena concatenación. Le falta, quizás, un poco de refinamiento que con toda seguridad alcanzará con los años. Pero los mayores aplausos fueron para Oscar Valdés, un bailarín con evidentes cualidades: buen salto, prodigiosa capacidad para el giro, fuerza interpretativa y algo un poco inefable: esa “diablura” de las primeras figuras. Como a su compañera, le vendría mejor un poco más de regodeo y calma a la hora de bailar, pero el talento le sobra: lo demás son años de estudio y trabajo.


Autor: Yuris Nórido

Fuente: Cubasí

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