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El patio de Rodrick Dixon

Obra de Rodrick Dixon, Foto: Leandro Pérez Pérez

Todavía falta para la primavera, pero el taller de Rodrick Dixon Gently es un espacio de florecimientos y verdores en cualquier estación del año.

Recientemente llegamos a la casa donde nació en el reparto Roldán, antes conocido como Brown Town, barrio de los jamaicanos asentados en Vertientes para trabajar en la zafra azucarera.

Llevábamos una sola interrogante: ¿Por qué alguien de su magnitud sigue allí? En época de aguaceros, a la Calle 11 le llueven las maldiciones, pero nada logra cambiar la razón del carismático artista de la vivienda N0. 36, entre E y F.

“Cuando joven anhelaba irme para La Habana, pero al graduarme de Cubanacán --Centro Nacional de Superación Profesional de Enseñanza Artística de La Habana--, me ubicaron en Camagüey para el servicio social. Me casé y como la muchacha no tenía casa, la traje para acá, es la madre de mi hija. Nos divorciamos. Estudiando para la Licenciatura de Artes Plásticas, conocí a alguien que resultó ser de Vertientes. Ya llevamos 25 años. El destino me dice: lo tuyo es aquí”.

Propuestas de mudanza no le han faltado. La hija vive en Italia y de sus cuatro hermanos, uno falleció, dos están en La Habana y una en Canadá.

“Me gusta mucho la tranquilidad. Aquí me propuse hacer un microclima. Camagüey no es tan lejos para mí. Cuando necesito algo voy a ver la ciudad y regreso. Soy descendiente de jamaicanos y me he nutrido de las leyendas contadas por mis padres. Los famosos Dopys se han acomodado a mi forma. Un señor de Jamaica dice que han desaparecido, le llama la atención cómo las preservo, quizá sea porque no conozco Jamaica. He ido más a Europa que a mi Caribe, que es mi sueño”.

En el caballete hay un cuadro inconcluso, pero por los colores, especialmente su preferido, el azul, trabaja el tercer mundo de la leyenda de los Anancy. El primero no lo disfrutó tanto, por demandar los grises.

“Mi padres me hablaban un inglés que era como especie de creole. Hablarle a mi mamá en español me parecía una falta de respeto. Las leyendas las sé en inglés. Cosas cómicas al español resultan pujonas. Trato de no perder el idioma. Descendientes solo quedamos tres vecinos”.

Su rostro regala tanta bondad, que un rato con su compañía es una terapia. ¿Será por su sentido de la descarga, tanto, que sorprende su predilección por crear cuando truena?.

“Me siento contento de este pueblo. Mis padres trabajaron en el Central Vertientes, mi mamá fue cocinera del dueño. Mi obra es la que sale. Aquí no estoy contaminado. Quiero ser así como soy, que me vengan a ver, y al que no pueda, yo trataré de verlo. Este febrero vino una delegación francesa. Han llegado americanos, españoles... que por internet ven mis cosas y me buscan. Solo anhelo conocer el lugar donde nacieron mis padres: Saint Canrty”.

En verdad, tiene alma y coraza de viajero. Con frecuencia desanda los 27 kilómetros hasta la ciudad de Camagüey. De anécdotas de “botellas” tiene para un libro.

“Como me paro siempre en un mismo lugar, me he creado un sello. Me recogen muchas amistades y compañeros que trabajan en organismos. A las siete de la mañana estoy ahí. A veces me coge tarde, otras no hay carro, cojo camión, hasta he montado con la policía. Una vez me fui en el carro fúnebre: “Yo voy vivo”, le dije al que en jarana hizo la seña.

“Del regreso a Vertientes recuerdo una noche, luego de una exposición, que me para la ambulancia, pero debía buscar un paciente a Cuatro Caminos. No sabía dónde quedaba. “Pa' quedarme aquí, me voy con ustedes”. Llegamos a las dos de la mañana, porque eso es lejos...”

El taller de Dixon se ofrece a todo: horno para la cerámica, caballete para los lienzos, prensa para el grabado... esto último surgió ante un contratiempo: “Un grupo de artistas estábamos muy embullados con el taller de la calle República, en la ciudad de Camagüey, pero nos lo cerraron, no sabemos por qué. Hasta acá vienen amigos de la plástica como Isnel Planas, Luis Manuel Viamontes y dos trabajadores del central que se pasan los sábados haciendo grabado”.

Dixon imparte Grabado en la Academia de las Artes Vicentina de la Torre, pero me anuncia que en la escuela le queda poco. El 11 de marzo cumplirá 65 años.

“Tengo el proyecto “Nuestros pequeños gigantes”, con niños del barrio, que por razones de mi trabajo en Camagüey he pospuesto para cuando me jubile, en el 2018. No es para enseñar plástica, sino para que los sábados vengan a descargar con materiales reciclados, hacer papalotes...”

Entonces cuenta de la naciente peña “El patio de Dixon”, con el promotor cultural Manolo Morffi, por la Casa de la Cultura, y Amparo Risel, de música, por la parte de Educación.

“Surgió hace una semana, aunque estaba pensada hace años, con personas de la tercera edad. Entre una y dos horas hacemos descargas con música cubana, se leen poemas, se hacen adivinanzas, regalos. Las artesanas traen cosas curiosas, para sorprender a la compañera; se bebe té y café, compartimos anécdotas y los platos confeccionados por las señoras. Ellas estabas indecisas y con la primera vez ya programaron el cuarto domingo”.

Hablando de cocina, Dixon nos muestra semilla y fruto del árbol de jaquí (Jakee), el nacional de Jamaica. “De mis padres heredé la cocina. Cocinar para mí es como también pintar. Mi esposa está contenta por eso...”, y entre risas aceptamos su invitación de primavera, para degustar un plato de sus ancestros, a base de pescado y seso vegetal, como se le conoce al fruto de jaquí, y ante la cara de susto nos calma, porque lo de venenoso es mito falso.

Autor: Yanetsy León González

Fuente: Adelante Digital

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