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El Che, un comunicador de siempre*

Che Guevara, foto de Internet

Dos verdades son hoy irrebatibles en nuestro contexto político y social, y es que los mejores comunicadores que hemos tenido para exponer lo que significa la Revolución en el poder, han sido Fidel Castro y Ernesto Che Guevara.

Del primero, diremos que tuvo la influencia de José Martí, el gran líder y vocero de la gesta del 1895; y, posteriormente, el acercamiento a Eduardo Chibás, que obtuvo la notoriedad por su controversia contra la corrupción imperante en Cuba en los años cuarenta y cincuenta del pasado siglo. Ambos, desde sus prioridades de lucha y con sus modos de actuar muy diferentes, le insuflaron a Fidel una manera de hacer política, que lo ubicó entre los grandes del mundo. Y es que el máximo líder de la Revolución, sintetizó lo mejor de esos antecesores suyos, y con la grandeza de ser un diestro en el uso de la palabra, demostró cuán necesario era enseñar mediante ella. 

Cierto es que también escribió páginas inolvidables [para mí, insustituibles a la hora de estudiar nuestra historia más reciente], pero el fuerte suyo fue la palabra, la potenciación de las ideas a través del discurso, porque como era abogado, se apercibió de los requisitos de la oratoria, que no todo el mundo puede usar, vale decir, la retórica y la elocuencia, para no solo informar, sino para educar de manera ejemplar a su pueblo y a todos los pueblos del mundo.  

Los  ejemplos  sobran,  pero  me  atrevería  a  recordar  solo  su memorable  intervención  en  la  Cumbre  de  la  Tierra,  en Brasil, en junio de 1992, cuando sentenció que “Una especie estaba en peligro de extinción”, y muchos de los asistentes se rieron de su aseveración casi holocáustica para esos tiempos, pero premonitoria y que la vida se ha encargado de corroborar.   

Hoy, no obstante, nos detendremos en otro comunicador nato, según nuestro punto de vista, nos referimos al Che. Pero lo haremos en otro campo del intelecto y, por supuesto, nada apologético por cierto. Y es que el revolucionario irrestricto (que equivale a decir, absoluto), pese a ofrecer sus criterios en discursos trascendentes, no era un orador en el sentido estricto de la palabra, pues a veces, como ha señalado Paco Ignacio Taibo II:  

Abusa de los lugares comunes. Es sorprendentemente pausado, no gesticula, no resulta  un orador concentrado en la frase, parecería estar pensando por delante de ella…. *(1)

Y en otro orden, un compatriota del Che, el escritor Ernesto Sábato, rotuló algo que es una verdad como un castillo: “El Che no era un político, era un ideólogo”. Lleva razón ese eminente escritor al apuntar ese punto de vista, porque en toda su extensión y alcance, El Che manejó la ideología a partir de una nueva concepción, como cuando la explicitó en un texto que deberíamos leer todos los días en nuestro país, me refiero a El socialismo y el hombre en Cuba, donde delinea cómo deben examinarse los problemas teóricos y prácticos de la construcción del socialismo en nuestro país partiendo de un enjuiciamiento de “los hechos tal cual se viven”  en Cuba en los momentos en que fue escrito ese documento-carta dirigido a Carlos Quijano, (2) director de semanario Marcha, de Uruguay. Ese examen de conciencia hecho por El Che, de advertencia ante los errores, de conjeturas de vida y sus conclusiones,  lo sitúan en una condición de filósofo, de las que pocas veces se habla. 

Pero a esa paradoja existencial a la que él se acercó, nos lleva a un primer desenlace especulativo en esta intervención nuestra, y es la urgencia de acercarnos al Che en su doble condición de escritor y periodista, que lo enlaza con la determinante conjetura de verlo como un comunicador sine qua non. Por ello, amerita recordar aquel artículo suyo de 1960, publicado en la revista Verde Olivo, titulado “El divulgador de las teorías revolucionarias debe antes que nada mostrar su ejemplo", (3) en el que ejemplifica las tareas inmediatas de un divulgador de nuestras ideas sin caer en la pedantería, el aburrimiento, la retórica, la supuesta enseñanza, la demagogia, y el falso concepto de que se está en lo correcto siempre, y que hay que corregir a otros desviados. Debería imprimirse ese material, y que sea el documento vital de esta organización, porque es de un rigor y vigencia extraordinaria.

En el camino que hemos enrumbado con vistas a realizar un  análisis acerca del Che como escritor y como  periodista; en fin, como comunicador, nos encontramos con algo asombrosamente significativo de resaltar, y fue su carta a Armando Hart, desde Dar-Es-Salaam, Tanzania, del 4 de septiembre de 1965, donde señala entre otras cosas: 

 […] en Cuba no hay nada publicado, si excluimos los  ladrillos soviéticos que tienen el inconveniente de no dejarte pensar, ya que el partido lo hizo por ti y tú debes digerir. Como método, es lo más antimarxista, pero, además, suelen ser muy malos… (4)

Y es que el Che rehuía de algo que nosotros hemos entronizado con el tiempo y dura hasta hoy, y fue la reiteración de los malos métodos para transitar por nuestro socialismo, hasta que Fidel, años después, en febrero de 1986, comenzó a alertarnos con el proceso de rectificación de errores y tendencias negativas en la conducción del Partido, el economicismo, el burocratismo, los egoísmos y la corrupción, cuya culminación analítica está en su Concepto de Revolución, emitido el 1ero de mayo del año 2000. 

Ciertamente, el Che fue un visionario de muchos de nuestros problemas perdurables en el tiempo, y de cómo la chabacanería, el constante bonche, el tirarlo todo a broma, lastraba entonces y lastra ahora la conducta y el hacer de los revolucionarios cubanos. Y ni hablar de lo mal hecho, de la mala promoción o divulgación que todavía impera en el accionar de muchas actividades, y los ejemplos sobran. Quizás el Che, como hombre sudamericano, no estaba apto para adaptarse a la constante jocosidad criolla que nos caracteriza cuando la mediocridad impera, cosa que logró frenar en su columna guerrillera con los Descamisados. 

Cabría preguntarse, ¿cómo el Che nos habría ayudado a ser mejores  si no hubiera sido asesinado en 1967, en que si bien estábamos dispuestos a dar la vida por nuestro país, o en otras tierras del mundo como hicimos finalmente; por otro lado, actuábamos irresponsablemente en la producción, en los servicios; en la manera en que divulgábamos demagógicamente todo nuestro acontecer todos los días?. Muchas veces y en distintos escenarios, he sido testigo o me han preguntado, de cómo nosotros nos miramos. Y el cuestionamiento me ha llevado a pensar en El Che, porque cuanto he leído de él me lleva a una certidumbre existencial como cubano, que no puedo eludir: nosotros tenemos un espíritu de sacrificio extraordinario, una voluntad de triunfar inaudita, un deseo de vencer las contingencias que nos impone la naturaleza digno de tomar en cuenta; pero, por otro lado, nos corrompen algunos vicios y fealdades que lastran el hacer cotidiano sin piedad alguna. 

Sería bueno que hoy se leyera aquel memorable trabajo de José Antonio Saco, escrito y publicado en 1831, cuyo título es Memoria sobre la vagancia en Cuba, para ver cuánto de aquello hay hoy todavía en nuestra sociedad; o el fenomenal texto de ese otro grande escritor e investigador cubano, José Antonio Ramos, escrito en 1906 cuando tenía solo 21 años, titulado El Manual del perfecto fulanista, que es un conjunto de reflexiones que estudia la dinámica político-social de aquellos años y describe los rasgos conformadores de la idiosincrasia criolla, en sus aristas positivas e indignas, con un propósito de mejoramiento humano y crecimiento personal en función del país, digno de tomarse en cuenta en estos tiempos, cuando la desidia invade a muchos sectores de la sociedad.

Estoy casi seguro que el Che no pudo acercarse ambos materiales y leerlos si quiera, no le alcanzó el tiempo para hacerlo por su intensa actividad en la construcción del socialismo en nuestro país en los años en que nos acompañó, o cuando marchó a otras partes del mundo, pues no hizo alusión a esos textos en ningún momento, pero  de lo que no cabe la menor duda es que esos materiales se engarzan perfectamente con su visión del cubano y de la necesidad de que mejoráramos la conducta ética y social. En lo días en que vivimos, la fetidez de las malas acciones han tomado fuerza, y nada de ello congeniaba con El Che, y por eso consideramos que de haber estado vivo, esas costumbres arraigadas fueran blanco de sus ataques despiadados. 

A decir verdad, el pensamiento renovador del Che, en especial en la urgencia para discernir en cuanto a cómo debe ser un comunicador en el socialismo, lo sitúa en un lugar primigenio de lo que es un constructor del socialismo cubano y, consiguientemente, un comunicador de las ideas de siempre, de las válidas. En ese devenir suyo, es preciso recordar su interés por Radio Rebelde, la emisora que él fundó, y que tuvo su primera trasmisión desde El Hombrito, junto al pico Turquino, el 24 de febrero de 1958; o sus diarios personales, ya fuera en la etapa de la lucha contra la tiranía desde diciembre de 1956 hasta febrero de 1957, que estaba inédito y se publicara en 1996 por la Casa Editora Abril, o el del Congo, o el de Bolivia.

Sin embargo, no puedo hoy restringirme de hablar de su labor como escritor y, por tanto, como comunicador en esas memorables páginas que él denominara como al desgaire, Pasajes de la Guerra Revolucionaria, para mí el libro más corajudo que he leído en mi vida  -y yo puedo ufanarme de haber leído, cosa que otros no pueden hacer ni decir tan fácilmente-, y es  que ese libro se enlaza con lo mejor de la literatura y el periodismo en el mundo, tal y como expliqué acerca de lo que es llamada “La escuela de los duros” en mi libro En la otra esquina del ring. 1 Allí, en uno de los ensayos de ese texto mío, esbocé lo que es un periodista o un escritor de los duros, al señalar: 

Un periodista de los duros es osado para escribir. No narra para un selecto grupo o se deja llevar por los aplausos de una claque afeminada, sino que se comporta como un observador imparcial del presente. A veces va contra  toda lógica porque estima que no es el mejor camino a recorrer […], pero urge el darse y brindar lo mejor de sí, y no pensar en lo que se recibe […].    

Ese comportamiento lo tuvieron también escritores y periodistas de la talla del puertorriqueño-cubano Pablo de la Torriente Brau, del francés André Malraux; de los estadounidense Ernest Hemingway, Norman Mailer, Tom Wolfe, y de los soviéticos Ilya Ehrenburg y Roman Karmen, entre tantos otros que la lista sería extensa, y es la consecuencia de un actuar de cómo debe ser un verdadero periodista o, mejor, un comunicador. 

Por tanto, lo que hizo el Che se corresponde con lo que hemos manifestado de esos hombres de letras, porque su manera de narrar no solo reúne la certidumbre de estar bien plasmada como tal en el texto, sino que evidencia una lógica de pensamiento que se aviene con su filosofía de vida, con su medular conducta, y con un propósito definido de no aburrir a quien lo lee. Ese ha sido el motivo por el cual he seleccionado para leer estas páginas extraídas de un extenso material que forma integra la segunda parte de mi libro próximo a salir y cuyo título genérico es La Importancia de llamarse República, en el que el Che está refrendado como un personaje cenital, de primer orden, una figura que debe estudiarse como guía inexorable, y no como una figura que fue trascendente por el accionar revolucionario únicamente.

Ojalá los futuros comunicadores sean mejores que nosotros, ojalá la impronta del Che los invada; ojalá dentro de cincuenta años se hable aquí de los errores de hoy en la comunicación y en la forma en que era trasmitida,  como algo que ocurrió una vez, y se haya superado. De lo contrario, habrá que echar mano al Che nuevamente para estar alerta y corregirnos una vez más.

En Camagüey,  8 de octubre 2017.

*Conferencia impartida en la filial camagüeyana de la Asociación Cubana de Comunicadores Sociales, el jueves 19 de octubre del 2017, en su sede de la calle Maceo No.73, en la ciudad de Camagüey.
**El autor es un ensayista cubano, autor de varios libros. Es miembro de la UNEAC, de la UNHIC y de la Asociación Cubana de Comunicadores Sociales.

Notas:
1. Cf. Ernesto Guevara: “El socialismo y el hombre en Cuba”, Marcha, Montevideo, 12 de marzo de 1965. Tomado de Ernesto Che Guevara: Obras 1957-1967, tomo II. Casa de las Américas, La Habana, 1970.
2. Ernesto Che Guevara: El divulgador de las teorías revolucionarias debe antes que nada mostrar su ejemplo, Verde Olivo, no. 31, 1960.
3. Véase “Carta del Che a Armando Hart Dávalos, desde Dar-Es-Salaam, Tanzania, 4/9/65”, en  Néstor Kohan: De Ingenieros al Che. Ensayos sobre el marxismo argentino y latinoamericano, Instituto Cubano de Investigación Cultural Juan Marinello, La Habana, 2000, pp, 396-398.
4.  Cf. Jorge Santos Caballero: En la otra esquina del ring, Editorial Ácana, Edición corregida y aumentada, Camagüey, 2013.

Autor: Jorge Santos Caballero**

Fuente: Sede de la UNEAC

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