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Discurso femenino y escritura viajera en Gertrudis Gómez de Avellaneda

Gertrudis Gómez de Avellaneda, foto: Internet

La construcción de un espacio literario de manera esencial concentrado en los dos ámbitos principales —la casa y la ciudad—, caracteriza lo que, en el epígrafe anterior, se llamó dirección cultural centrípeta: la escritura diseña una imagen de la espacialidad —tradicionalmente asignada a la mujer por el discurso literario masculino— en torno a dos ejes de formación y consolidación de la cultura de la modernidad. El hogar y la urbe, por tanto, son polos obligatorios en el discurso femenino latinoamericano, cuyo despegue empieza a producirse justo en ese siglo XIX en que, de manera tardía, comienza a introducirse el espíritu moderno en nuestra América.

Pero ese tipo de construcción no es la única que empieza a gestarse en la difícil e incompleta modernidad latinoamericana; también se puede advertir el desarrollo de una escritura de dirección complementaria: la de orientación cultural centrífuga. Fernando Aínsa ha afirmado con perspicacia: “La búsqueda de la identidad se expresa en la literatura latinoamericana de muy diversas formas, pero ninguna ofrece tantas variantes como la del viaje […]”. (1) 

La construcción del espacio reviste funciones de particular importancia en textos cuyo tema es el viaje, por cuanto este, en calidad de experiencia cultural, no solo significa trasladarse en el espacio y en el tiempo, sino que es también una manera de reconocerse a sí mismo en ese otro espacio que se descubre. 

La literatura de viajes tuvo un origen muy antiguo y variado, y una esencia compartida de escritura que busca revelar cómo se borran fronteras y se intersecan espacios de cultura aparentemente muy alejados. De este modo, es posible descubrir el tema del viaje en libros muy diferentes y de épocas muy alejadas entre sí, los cuales describen paisajes, estructuras y costumbres de determinadas comunidades humanas. 
          
Un recorrido por la historia de la escritura nos pone ante una serie de ejemplos de relieve, entre los que pueden hallarse casos de escritura femenina, como el de María Catalina Jumel de Bernéville, escritora y poetisa francesa de los siglos XVI y XVII, con sus Mémoires d`Espagne. Hasta las cartas de Madame de Sevigné a su hija como interesantes testimonios también de su viaje desde París a la región donde vivía la idolatrada destinataria de sus epístolas. Como es fácil constatar, pues, el tema del viaje como camino recorrido se constituyó en eje de escritura desde los albores de la creación literaria euroccidental. En Iberoamérica no podía ser de otro modo.  

La crónica de viajes, pues, suele ser resultante de una interpretación, en ocasiones ingenua, en otras interesada o violenta, sobre un espacio ajeno: es, con frecuencia comprensible, una escritura de alteridad. No puede negarse que ese escribir sobre el otro es un artefacto cultural que refleja, pero también modela y delinea diferencias e identidades culturales.  De aquí que también se presente este factor en el discurso femenino latinoamericano. Nara Araújo, al valorar la escritura femenina de viajes, señala: “Los relatos de viaje cumplieron un papel determinante en la articulación del discurso moderno de los europeos sobre el otro y sobre sí mismos, apuntando hacia la diversidad. Pero esta alteridad no fue realmente asumida pues el europeo al fijarla y codificarla, la utilizó para definir a un hombre universal — él mismo —, en un discurso de la unicidad y la mismidad”. (2)

Por otra parte, había otro tipo de viajes: el de los jóvenes que, desde ciudades como Puerto Príncipe, por ejemplo, partían por el puerto de Nuevitas rumbo a Burdeos. En Francia se educaban y se impregnaban de una cultura que no podían recibir ni en su ciudad, ni en la Isla. Es curioso, porque resultaba  más seguro irse en viaje a Burdeos que atravesar el camino real  siempre infestado de bandidos. El hecho de que los jóvenes se eduquen fuera de la Isla es un dato interesante para cualquier investigador del siglo XIX. El hecho de salir de la Isla y regresar a ella crea en esa población joven un cambio de perspectiva, que  genera una creciente necesidad de cambios sociales, para luchar por los cuales terminaron por lanzarse a la manigua algún tiempo después. Esos viajes  para educarse en otros lugares sirvieron para engendrar nuestra propia literatura de viajes. Ahora es la mirada nuestra puesta en otro, el europeo. Pero está también el viaje por la isla, poco mirado todavía hoy por nuestra crítica, que hicieron los propios cubanos del siglo XIX. 

Al repasar las páginas de la obra de Francisco Calcagno, Recuerdos de Antes de Ayer, publicada en 1893 en La Habana, se puede encontrar un interesante capítulo dedicado a sus experiencias viajeras no solo por Estados Unidos, sino también su estancia en la entonces Isla de Pinos, a la que le dedicara una crónica publicada en El País en 1889 y de la que tomo este momento por el interés en mostrar ese sentido de alteridad que muestra el autor al comparar nuestros espacios con otros ya conocidos:

Santa Fe, cuya población estante es apenas de 200, y la flotante triple, está dividida en dos partes, Pueblo Viejo y Pueblo Nuevo; entre ambas serpea el río, escondiéndose entre la fogosa vegetación de sus márgenes, y entre ambas también se dilata un bosquecillo al natural, en cuyo centro están los baños.

Dos hoteles bien surtidos responden a las necesidades de los viajeros. El de Garmendia, donde me hospedé, está en Pueblo Nuevo, punto alto y seco, de bellísima perspectiva a todos los vientos, abastecido de cuanto puede antojarse a la imaginación más caprichosa: periódicos, piano, ajedrez y tresillo, botica y médico de permanencia obligada, carruajes y caballos a disposición de los huéspedes. Me recordaba esos centros de veranear que en los Estados Unidos se construyen a veces en medio de un solitario bosque, donde los que quieren un paréntesis en el ruido del mundo, nada echan de menos de cuanto constituye la vida civilizada. (3)

La literatura de viajes, además, no volvió a ser tema de la  crítica insular hasta los años ochenta y noventa del siglo pasado. Es imprescindible recordar aquí a Nara Araújo, por una parte y, a Luisa Campuzano, por otra. Ambas, cada una desde perspectivas muy personales ha abordado las peculiaridades de estos tipos de libros, especialmente, los que han sido escritos por mujeres. 

Es imprescindible decir que, el interés  por esta literatura ya estaba en nuestra cultura desde la primera mitad del siglo XIX. Fue Domingo del Monte, si seguimos el criterio de Luisa Campuzano, el primero en ocuparse de los libros de viajes. En efecto, al consultar  los Escritos delmontinos, específicamente “Caracteres de la literatura española”, el autor hace un interesante análisis sobre la importancia del español, en tanto lengua, como elemento que ha dado a conocer los más importantes sucesos y cambios que se han producido en el mundo desde el descubrimiento de América. Es en este ensayo, donde casi de soslayo, hará su primera referencia a esta literatura de viajes:

[…] en español fue saludado por primera vez, por el intrépido Vasco Núñez de Balboa, el vasto mar del Sur; españoles fueron los ecos que produjeron en la laguna de Anahúac, en las sierras inaccesibles de los Andes, en las florestas vírgenes de las Floridas y de Georgia, las voces de Cortés, de Pizarro y de Hernando de Soto; […] En español, por último, se escribieron las primeras relaciones de los descubridores y conquistadores de estas partes, todas inapreciables para el conocimiento del espíritu de aquellos tiempos y de aquellos hombres, casi fabulosos. (4).  [El subrayado es de Olga García Yero]

Aquellas primeras relaciones, de las que habla Domingo del Monte, constituyen la génesis  de este tipo de literatura, imposible de encasillar en lo que respecta a su modo de hacer y allí está su enorme riqueza, acerca de esta parte de mundo. Es cierto, pues, que aquellos textos tienen una mirada oblicua (5) de la realidad continental, pero no podía ser de otra forma. Por lo demás, en ese texto delmontino se valora cómo desde la lengua inglesa se han generado importantes libros entre los cuales están aquellos que cuentan experiencias viajeras por las tierras hispanas. 

Parece ser Domingo del Monte el primero en referirse a los textos de la Condesa de Merlín desde esa perspectiva del diálogo con los diferentes escenarios culturales que provoca el viaje.  El autor recorrió las obras completas de la condesa de Merlín y apuntó, de forma muy marcada, las impresiones de esta mujer cuando se enfrenta, por vez primera, al paisaje geográfico de la España de su tiempo. Llama la atención la crítica delmontina sobre ese encuentro que hoy se denominaría el primer contacto con  la otredad. 
Pero los viajes de los criollos tenían también otras motivaciones como las que refiere Manuel Moreno Fraginals en su obra El ingenio: “Esta búsqueda continua de nuevas técnicas proyectó al sacárocrata cubano sobre el mundo. Ya no es solo su mercancía lo que va al extranjero: ahora es él mismo quien recorre Estados Unidos, Europa y las Antillas, persiguiendo una máquina mejor, una variedad cañera más productiva, un producto químico nuevo, un instrumento especial de medición. Y así, junto con su producto, los dueños de ingenio rompieron el aislamiento local y dieron paso a las relaciones universales y a la típica interdependencia burguesa”. (6)

Pero es en el texto delmontino, “Un libro sobre Cuba”, donde el ensayista deja abiertamente expuesto el por qué de su interés por este tipo de literatura. Para Domingo del Monte, fuertemente vinculado a la sacarocracia criolla, era vital que Cuba se conociese en otras latitudes. El interés era esencialmente económico, por una parte, y, por otra, se hacía evidente ya, con esta actitud, el deseo de que se nos diferenciase de la metrópoli y fuésemos reconocidos como espacio  de hondura cultural. Y es que, el cubano sí viajaba, pero buena parte de estos viajes tenían un fuerte interés económico. El cubano lo hacía en estos tiempos—como ya ha observado Manuel Moreno Fraginals— con intereses económicos, tecnológicos e instructivos en general. Por eso expresa:

La importancia progresiva que ha ido adquiriendo la isla de Cuba por las exquisitas y abundantes producciones tropicales que constituyen su mayor riqueza, unidas a la ventaja envidiable de su asiento geográfico, que da el derecho a influir en la mayor o menor prosperidad de los pueblos litorales del golfo, a cuyas puertas se encuentra, ha llamado de veinte años acá la atención de las naciones civilizadas que más se dan a discurrir en el arte de adelantar y bien extender sus granjerías. No es extraño, pues, que en tales circunstancias se publiquen sobre Cuba obras más correctas, con datos más positivos y con criterio más desapasionado, que cuando por el aislamiento en que nos puso la mezquindad del monopolio solo nos visitaban o aventureros franceses o mercaderes contrabandistas del archipiélago del mar Caribe. En los números venideros de esta revista iremos examinando una por una cuantas relaciones de viajes a esta isla se hayan publicado […] (7)

La mujer participa de este interés, como ha demostrado Luisa Campuzano en “Mirando al Norte: viajeras cubanas a los Estados Unidos (1840-1900)”, (8) donde la ensayista se refiere a cómo los cubanos comienzan a viajar a los Estados Unidos, por ejemplo, en viajes de recreo a los Estados Unidos, aunque, de igual manera, se dirigen a Europa. Esos viajes se intensificaron a fines del siglo XIX, como señala dicha autora. Comienza a crearse una infraestructura fuera de Cuba para tales fines. Por supuesto, que iba a ser utilizado por las clases económicamente mejor favorecidas de la Isla. Luisa Campuzano hace un muestreo de mujeres cubanas que viajan a los Estados Unidos y dejan sus testimonios como diarios, crónicas, cartas, etc... La ensayista señala el caso de Aurelia Castillo, Gertrudis Gómez de Avellaneda, María Luisa Dolz, Juana Borrero, Dolores María de Ximeno y Cruz, Magadalena Peñarredonda y Doley y la Marquesa de San Carlos de Pedroso. Están también las mujeres que visitaron el Caribe, (9) y escribieron sus testimonios personales. 

Desde muy temprano en Cuba, se constata el tema del viaje en el discurso literario femenino de la Isla. Tal vez no se ha concedido atención suficiente a las cartas de viaje de Gertrudis Gómez de Avellaneda, que quedaron recogidas gracias a la labor de Domingo Figarola-Caneda en 1914, bajo el título de Memorias inéditas de la Avellaneda. Ese cuadernillo que ella denominó Memorias, no eran otras cosa que las impresiones de la primera  mirada de la joven principeña a España. Justamente, en la primera página aparece esta nota: “Desde mi salida de Cuba, hasta mi llegada a Sevilla, o sea apuntaciones de mis viajes. Dedicadas a mi amiga y prima la Srta. 

Doña Heloysa de Arteaga y Loynaz. Escritas en Sevilla a 7 de noviembre de 1938” (10) Resulta interesante el final de la nota porque en ella se hace evidente que la Avellaneda no escribió estos textos en la inmediatez del viaje, sino tiempo después. El interés está, pues, en que lo que hace la autora es recordar esa sucesión de imágenes e impresiones que tuvieron en ella en otro momento los lugares que ahora aparecen en estos cuadernos. Por tanto, no solo son como ella misma refiere memorias, sino también recuerdos condicionados por una alteridad extraordinaria. Se trata, pues, de una visión de continuos contrastes marcados por también por un profundo subjetivismo y una fuerza romántica extraordinaria:

En la noche del nueve de Abril de 1836, nos embarcamos para Bourdeaux en la fragata francesa Le Bellochan. La brisa que soplaba era tan débil, que no obstante haber levado el áncora desde las nueve, subiendo a la toldilla al amanecer del otro día, aun distinguí perfectamente la bahía de Cuba.

Poco a poco la vi alejarse por grados hasta convertirse en un punto negro perdido en el horizonte, y desaparecer en fin. El viento soplaba entonces más fuerte y el mar no era ya aquel que bañara blandamente la costa de Cuba. El ruido de sus olas agitadas, nuevo a mis oídos, tenía algo de terrible y amenazador, que excitaba en el alma emociones tristes y profundas, a la par que sublimes; emociones inexplicables que solo puede comprender el que las haya experimentado y recuerde aquellos momentos en que se viera por primera vez en medio del cielo y del mar, entre dos infinitos en que la nave parece un átomo imperceptible perdido en la inmensidad. (11)
 
La Avellaneda, en la medida que se aleja de las costas de Cuba, comienza a descubrir al otro a partir de las diferencias de sonidos, movimientos y paisajes que poco a poco van a delinear otro paisaje. El viaje es también para esta mujer un punto de cambio, no solo espacial, sino también humano. Transformación  interna que puede percibir en la medida en que se adentra en esas otras realidades. La memoria es ahora recuerdo y valoración que se como un tiempo ya pasado:

Pensaba en los días tranquilos de mi infancia, en aquellos días pasados en el seno del mejor y más querido de los padres; en los conocimientos y relaciones de mis primeros años, y en aquella época en que mi corazón me advirtió que había cesado de ser niña. Ah! Con cuántas ilusiones adornaba entonces el porvenir mi risueña imaginación! Lanceme a la vida con un corazón ávido de emociones, y el dolor mismo, adivinado más bien que sentido, tenía entonces para mí algo de bello y sublime.  ¡Aurora de la juventud! Eres una sonrisa del cielo; pero ay! Una sonrisa engañadora! Prometes ventura, y el hombre no goza otra que aquella que sueña en sus delirios de inocencia. Delirios hechiceros que valen cien veces más que una fría razón, harto presto adquirida! (12)

Así, al llegar a Bourdeaux, las diferencias alcanzan otros tonos. Ella va a recordar aquellos espacios que la marcaron por vez primera: 

Atravesamos las calles de Bourdeaux y miraba con sorpresa y placer a todas partes; ¡qué vida! ¡qué gentío! ¡qué movimiento! La elevación y hermosura de las casas, todas en piedra, me admiraba tanto más, cuando que era la primera ciudad de Europa que veía y las casas de Cuba, generalmente bajas, nada presentan que pueda dar una idea de la magnificencia de las de una de las primeras ciudades de Europa. (13)

La joven cubana se sorprende: la pobreza de Galicia la estremece, como si adivinara que detrás de esa pobreza se esconde un atraso secular: 

A todo americano debe chocarle de una manera muy desagradable la pobreza de Galicia. En los días primeros de mi llegada a la Coruña me melancolizaba ver por las calles una tropa de mendigos cubiertos de trapos asquerosos sitiar al forastero, importunar, y hacer mil bajezas para obtener una moneda de cobre. La misma mendicidad en nuestra hermosa Cuba no es tan repugnante con mucho como la de Galicia, y yo no había visto este exceso de miseria y de degradación humana. (14)

Las impresiones de algunas de las ciudades por ella recorridas en ese periplo fueron recogidas en estos cuadernillos. Es lógico que los nuevos espacios la sorprendan y que establezca estas comparaciones. El sujeto viajero siempre trata de superponer mundos, es decir, de comparar realidades. Por otra parte, las ciudades con sus instituciones, sus tiendas, sus calles, paseos y plazas siempre han sido espacios recorridos y valorados por el viajero desde su cosmovisión. 

Gertrudis Gómez de Avellaneda nos muestra una escena nocturna de Burdeos que, por la sucesión rápida de las imágenes que describe, parece dotada de un dinamismo cinematográfico, y parecen dibujar un cierto espíritu de feria tan propia de aquellos puertos donde confluían gentes de las más disímiles raleas. La mirada aguda y observadora de la Avellaneda no deja pasar por alto las características de un espacio que, por demás, es totalmente nuevo para ella. Ella refleja la ciudad como un discurso perfectamente articulado. Las escenas por ella mostradas combinan el costumbrismo típico de la literatura romántica, con una esfumación de líneas y un cromatismo en las escenas, que parece preanunciar la óptica de la pintura impresionista que vino a nacer cuando la Avellaneda estaba periclitando:

El alumbrado público de gas ilumina aquel recinto donde cada noche tres o cuatro mil personas van a respirar la frescura de la brisa en la estación ardiente del verano. Cada charlatán o buscavidas acude allí a situarse atrayendo gente. A un lado se ve un titiritero, al otro se levanta un teatrillo ambulante. No lejos se encuentra una con un cosmorama gritando a toda fuerza de sus pulmones: «Aquí se ve por tres sueldos las principales ciudades de Europa». Otra voz se oye anunciar dos pulgas que tiran de un coche y bailan un vals, y por cualquier parte se levantan bonitas tiendecillas de lienzo, en que las vendedoras ofrecen frutas, dulces y perfumes. (15)

Pero la ciudad no es el único espacio recorrido que impresiona a esta mujer. También el campo hace que aparezcan en ellas nuevas valoraciones que no puede despojarse aun de ese contrapunteo propio del primer viajero:

Nada tan romántico y encantador como las vistas y perspectivas que ofrecen a los ojos del  viajero que hace en el vapor la travesía de Polláx a Bourdeaux en los meses de verano. Yo había visto en Cuiba sus soberbios montes, sus campos vírgenes coronados de palmas y caobas; había extendido la vista por sus inmensas sabanas y detenídola en sus ricos plantíos…Sin embargo, me encantaron las campiñas deliciosas que adornan las márgenes soberbias del Garona. (16)

Pero el viaje es también, para esta mujer, reconocimiento de un espacio que ya conoce a partir de sus referentes culturales. Esta viajera, a diferencia de algunas que visitaron estas islas del Caribe, sí sabe lo que quiere ver en esos otros lugares. Ella posee una cultura que le permite superponer, además de descubrir, el nuevo mundo al que se enfrenta. Esto es un rasgo que se va a encontrar en el discurso narrativo de otras viajeras que salen de este lado del mundo. Algo así se verá, mucho después, en Aurelia Castillo de González hasta, dando un salto en el tiempo, Dulce María Loynaz. No más revisar toda una escritura de viajes que marca uno de los perfiles poco estudiados en la literatura cubana. Por eso, ella busca, más que contempla en el Castillo de los Bredas aquella habitación antes visitada por otro viajero cubano, José de la Luz y Caballero:

Era una hermosa mañana de Junio cuando salimos en coche a visitar este célebre castillo que dista dos leguas de Bourdeaux. Llevaba conmigo el grueso volumen de las obras de Montesquieu, y a pesar que la conversación de los compañeros me impedía entregarme al encanto que gozaba en leerlas, contemplaba aquel libro con emociones que eran más vivas en la medida que me acercaba al sitio que habitara su inmortal autor. Llegué por fin y pisé con respeto la tierra que tantas veces recibió también la huella de Montesquieu. Entré en aquel castillo habitado por él, vi la mesa misma en la que tal vez se escribieron algunas de las brillantes páginas del Sprit des Lois, y la mesetilla en que descansaba los pies mientras escribía, y que se conserva todavía la señal de la presión. ¿Qué más puedo decirte? Si has leído a Montesquieu, si eres como yo, entusiasta por su genio, tu alma adivinará las emociones que experimentó la mía cuando estuve en las Bredas. (17)

La mirada femenina se detiene en los escaparates de las diferentes tiendas de lencerías y de otras mercancías. Por lo demás, advierte, como lo hizo en su momento la Condesa de Merlin, que la costumbre de las mujeres de la Isla de hacer sus paseos en coche es tremendamente aburrido porque les impide mirar y detenerse en todo aquello que le rodea. Las calles de las diferentes ciudades le impactan de manera particular. Ellas se abren a la escritora como arterias que le llevan, en su recorrido, a descubrir no solo espacios, sino también toda una geografía humana a través de la cual va a adentrarse en sus costumbres y cultura. 

Así, al conocer a las mujeres de La Coruña dice: “Las Gallegas Coruñesas no son generalmente muy hermosas, sin embargo, no son tampoco feas, y visten con lujo y elegancia. En ellas lo que me desagrada es el acento, que aun al cabo de cerca de dos años que las oía hablar, no podía sufrir mi oído esa detonación áspera y dura: Este acento Gallego hablando Castellano me desagradará siempre, a pesar de que gusto del dialecto del país que en la gente de pueblo bajo es dulce y gracioso”. (18)

El espacio edilicio llama su atención de forma muy particular. Puede ser en La Coruña, en Santiago de Compostela, en Sevilla o en Cádiz su mirada se va a detener siempre en instituciones, iglesias, catedrales, palacios y casas. Y en la medida en que se produce el viaje también cambia su sentido de la alteridad. Ya no se compara con la Isla que ha quedado atrás, sino que se produce una comparación entre un espacio que se acaba de conocer y otro. Lo mismo ocurre con las ciudades que se le suceden:

Las casas en Cádiz son como las de Burdeos y La Coruña, todas de piedras; y muy altas; pero qué hermosas! Iguales y con lindas azoteas cubiertas estas de jarrones de porcelana con diversidad de flores, y los balcones y ventanas pintados de vivos colores, adornados también con macetas de flores, presentan una vista tan hermosa y alegre que parece que ríe la ciudad. Grande magnífica es Lisboa, hermoso y animadísimo Burdeos, soberbia y bella Sevilla, pero ¿qué ciudad del mundo será tan seductora y risueña como Cádiz? (19)

Además de un sello romántico más acabado en su manera de visualizar lugares, la Avellaneda tiene un sentido más burgués de la percepción viajera. Por eso en el texto “Mi última excursión por los Pirineos”, su segundo libro de viajes, que ella se ocupó de que fuera publicado en el Diario de la Marina, en 1860, escribe: “Nosotros touristas, vagabundos que solo buscábamos impresiones variadas, nos vimos asaltados por grandes vacilaciones a los dos días de hallarnos reposando, como aves fatigadas de volar, en aquel bello nido de la montaña”. (20) En esa carta que la escritora envía al Diario de la Marina y que apareció en este el 20 de junio de 1860 (21), la escritora exponía las razones que le movían para publicar aquellas notas tomadas como resultado de su último viaje a los Pirineos:

Revueltos entre fárragos de manuscritos venían conmigo los ligeros apuntes tomados en mi intrincada excursión, tan borrosos, por cierto, y tan poco inteligibles, que aun yo misma he necesitado esfuerzos de memoria para descifrarlos, cuando se me ocurrió la idea de acaso no le vendrían mal a usted como folletines de su apreciable Diario.

Mi primera intención de fundar sobre aquellas notas un extenso y apreciable relato de mi última correría, realzando cuanto pudiera el interés de las tradiciones (recogidas en un país en que son abundantes), me pareció imposible después de borrarse de mi mente multitud de datos con que contaba para auxiliar los consignados en el papel, que eran, por desgracia, los menos. Pero a falta de bonitas narraciones podía dar a usted, amigo mío, los mismos apuntes destinados a servirles de base, pues lo que desmereciesen por incompletos y desaliñados, lo ganarían acaso por la sencillez y  verdad que caracteriza todo lo que se escribe para mí misma, sin pretensiones de embellecer y abrillantar las cosas con ropajes de la fantasía. (22)

Nara Araújo ha buscado perfilar algunas características de este tipo de narración literaria. Al hacerlo, sin embargo, parece no tener en cuenta que los rasgos que enumera, pueden ser parte de la narrativa de ficción, incluso desde tiempo muy antiguo en la historia misma de la literatura, en la cual los hábitos sociales, la cultura gastronómica, el modo de vestir, el trazado, estructura y funciones de las instalaciones públicas y privadas, la familia como núcleo organizacional, etc., son componente básico de la literatura de ficción, tanto como de muchos otros géneros de literatura pragmática. No puedo, sin menoscabo del respeto y aprecio que me merecen los importantes estudios realizados por Nara Araújo, suscribir la siguiente afirmación:

Algunos de los rasgos de este tipo de escritura son: por una parte, tratamiento de asuntos tradicionalmente no incluidos en otro tipo de relatos como la descripción de costumbres, hábitos alimenticios, vestimenta, instalaciones públicas y privadas, relaciones familiares, estado de comunicaciones locales, fiestas, cantos, bailes y otro tipo de celebraciones. Por la otra, tendenciosidad del relato de un sujeto enunciativo inscrito en una red institucional de información que responde a ella en su visión individual de lo nuevo. El relato de viaje entonces no es simplemente el testimonio ingenuo o inocente, sino la (re)construcción de una experiencia de vida y del encuentro con un mundo otro. De ahí la distinción de Barthes entre un viaje real y el viaje imaginario y como hacía notar Claude Lévi- Strauss, un viaje se inscribe en el espacio, en el tiempo y en una jerarquía social. (23)

Considero que la literatura de viajes, en sus más diversos modos de realización textual —crónicas periodísticas, memorias, cartas, mezcladas o no con elementos de autobiografía o biografía—, no debe definirse en función de los asuntos o elementos temáticos abordados —que son, en esencia, compartidos con la literatura de ficción—, sino  a partir de una característica estructural: se trata de textos en los cuales el lugar —en el sentido que se manejó en “Preliminares sobre el espacio literario”— tiene una condición dinámica permanente y destacada, sin que ello excluya la presencia dinámica y funcional del espacio. Si bien, como apunta Michel de Certeau:“Todo relato es un relato de viaje, una práctica del espacio”, (24) en la literatura de viajes se puede identificar con una concentración y una densidad mayores lo que pudiera llamarse equilibrio del espacio geométrico y del espacio antropológico.  Michel de Certeau comenta:

Merleau-Ponty ya distinguía del espacio «geométrico» («espacialidad homogénea e isótropa» similar a nuestro «lugar») otra «espacialidad» que él llamaba un «espacio antropológico». Esta distinción era signo de una problemática diferente, que buscaba separar de la univocidad «geométrica» la experiencia de un «afuera» dado bajo la forma del espacio y para el cual «el espacio es existencial» y «la existencia es espacial». Esta experiencia es relación con el mundo; en el sueño y en la percepción, y por así decirlo anterior a su diferenciación, expresa «la misma estructura esencial de nuestro ser como ser situado en relación con un medio ambiente»; un ser situado por un deseo, indisociable de una «dirección de la existencia» y plantado en el espacio de un paisaje. Desde este punto de vista, «hay tantos espacios como experiencias espaciales distintas». La perspectiva está determinada por una «fenomenología» del existir en el mundo. (25)

En el relato de viajes, por tanto, se integran los lugares y los espacios, la experiencia de ver e ir, con la experiencia de hacer valoraciones sobre las realidades percibidas en la alteridad, las cuales se formulan a partir de comparaciones —explícitas o implícitas— con los valores culturales y experienciales propios del autor. El narrador de viajes —y en mayor medida cuando construye su texto con aspiraciones de dotarlo de literaturidad—, establece una fuerte y móvil interrelación entre esos dos modos de construcción del texto. Por eso Michel de Certeau, al analizar la diferencia de perspectiva de configuración, incluso a nivel del lenguaje coloquial oral, señala:

¿Cuál es la coordinación entre un hacer y un ver, en este lenguaje ordinario en el que el primero domina tan claramente? La cuestión concierne finalmente, con base en estas narraciones cotidianas, a la relación entre el itinerario (una serie discursiva de operaciones) y el mapa (un asentamiento totalizador de observaciones), es decir, entre dos lenguajes simbólicos y antropológicos del espacio. Dos polos de la experiencia. (26)

A ello hay que agregar, desde luego, el componente de percepción de una alteridad, una realidad cultural que se considera ajena y se describe con una valoración expresa o tácita por parte del escritor, y que se enuncia desde el presupuesto de que es perfilada “a pie de obra”, es decir, en el momento mismo en que se produce, y bajo el dinamismo que impone el itinerario que se sigue: quien ejerce la escritura de viajes, procura siempre dar la impresión de que “se está moviendo”, de que escribe durante el proceso mismo de seguir su itinerario. En esa percepción de lo ajeno, como factor temático, puede encontrarse la esencia misma que peculiariza al relato de viajes. 

Notas:

1.Fernando Aínsa: “La significación de viaje. Las dos orillas de la identidad en la obra de Julio Cortázar”, en: Espacios del imaginario latinoamericano. Propuestas de geopoética. Ed. Arte y Literatura. La Habana, 2002, p. 84.
2.Nara Araújo: “Verdad, poder y saber. Escritura de viajes femenina”, en: La huella y el tiempo. La Habana. Editorial Letras Cubanas, 2003, p.9.
3.Francisco Calcagno:  “La Isla de Pinos”, en: Recuerdos de Antes de Ayer, Imprenta «El Pilar», La Habana, 1893, 154-155.
4.Domingo del Monte: Escritos, Cultural, S.A., La Habana, 1929, t. II, p. 160.
5.Raúl Bueno en su libro Promesa y descontento de la modernidad, con el que alcanzara el Premio de ensayo Ezequiel Martínez Estrada, Casa de las Américas, 2012, toma la expresión de Rodolfo Franconi parra referirse a cierto tipo de literatura de viajes que se fascina ante el paisaje y posee un reduccionismo de los rasgos descriptivos del espacio que muestra. Creo que ese concepto puede ser válido también para estos primeros cronistas si tenemos en cuenta que, según Franconi: «la mirada oblicua- dice ahí – se hace cargo de la construcción de imágenes del otro cultural bajo notas de desconocimiento (desconfianza o admiración insustanciadas) y representación inadecuada». Raúl Bueno: “La vecina otredad: viajeros hispanoamericanos por el Brasil (1855-1970”, en: Promesa y descontento de la modernidad, Fondo Editorial Casa de las Américas, La Habana, 2012, p. 157.
6.Manuel Moreno Fraginals: El ingenio. Complejo económico social cubano del azúcar, Editorial Ciencias Sociales, La Habana, 1978, t. I, p. 73.
7.Domingo del Monte: “Un libro sobre Cuba”, en: ob.cit., pp: 311-312.
8.Cfr. Luisa Campuzano: “Mirando al Norte: viajeras cubanas a los Estados Unidos (1840-1900)”, en: Rafael Hernández, comp.: Mirar el Niágara. Huellas culturales entre Cuba y los Estados Unidos. Centro de Investigación y Desarrollo de la Cultura Cubana “Juan Marinello”. La Habana, 2000, pp. 53-86.
9.Cfr. la compilación realizada por Nara Aráujo: Viajeras al Caribe. Casa de las Américas. La Habana, 1983. 
10.Domingo Figarola-Caneda: Memorias inéditas de la Avellaneda. Imprenta de la Biblioteca Nacional. La Habana, 1914, p.2.
11.Ibid., p. 2
12.Ibid., p. 3.
13.Domingo Figarola-Caneda: Memorias inéditas de la Avellaneda. Imprenta de la Biblioteca Nacional. La Habana, 1914, p.5
14.Ibíd., p. 13.
15.Ibíd., p 8.
16.Ibid., p. 5.
17.Ibid., p. 9.
18.Ibid.p. 14
19.Ibid., pp. 21-22.
20.Gertrudis Gómez de Avellaneda: Obras de la Avellaneda, Ed. Nacional del Centenario, La Habana, 1914, t. 6, p. 23.
21.“Apareció esta carta en el Diario de la Marina, 20 de junio de 1860, como introducción a la serie de folletines titulados «Mi última excursión por los Pirineos». De lamentarse es que sin dudas por un error de imprenta, falte el sentido en cierto pasaje de aquella. “Domingo Figarola-Caneda: Gertrudis Gómez de Avellaneda. Industria Gráfica Reyes, Madrid, 1929, p.222.
22.Domingo Figarola-Caneda: Gertrudis Gómez de Avellaneda. Industria Gráfica Reyes, Madrid, 1929, pp.222-223.
23.Nara Araújo: «Verdad, poder y saber. Escritura de viajes femenina», en: Nara Araújo: La huella y el tiempo. Ed. Letras Cubanas, 2003, p.17.
24.Michel de Certeau: La invención de lo cotidiano. I. Artes de hacer. Universidad Iberoamericana. México, 1996, p. 128.
25.Michel de Certeau: ob. cit., pp. 129-130.
26.Michel de Certeau: ob. cit., pp. 131-132.

Autor: Dra. Olga García Yero

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