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Cultura y centrismo: razones para estar alertas

Escudo de Cuba

Uno de los aspectos más controversiales en nuestro medio es la falta de discrepancia seria sobre uno o varios temas. Cuando se polariza mucho el careo, se llega a un sistema de resistencia entre las partes, que entraña serias consecuencias, y todo debido a la no existencia en nuestro medio una cultura del debate y, consecuentemente, una cultura tolerante en cuanto a dar oídos al otro y sopesar sus opiniones, que no es compartirlas.

Ese es, en suma, el mayor problema que padecemos en nuestro país todos los días, pero yo diría que es válido para casi todo el mundo. 

Las diferencias se hacen intransigentes, no hay manera de razonar mediante el diálogo; e incluso disentir con toda sinceridad y de asumir conductas disímiles como una manera de enriquecer la discusión para llegar a un consenso o, a mantener posturas opuestas. 

Quizás el mayor debate del que se haya tenido noticia en Cuba, fue cuando las sesiones de la Constituyente de 1940, que fue un modelo en cuanto al arte de divergir sobre cada uno de los artículos propuestos en la Constitución que se elaboraba, y que llegó a ser la mejor de todas las que hemos tenido desde 1869. Pero no llegó hasta las rivalidad de conceptos solamente, es cierto que fue y es lo más importante  -lo sigue siendo-  una de las mejores del mundo en todos los tiempos por posibilitar la discusión teórica-ideológica y política.

Por ahí anda ahora el debate acerca del Centrismo, como corriente política y, sin lugar a dudas, ideológica, que entraña no pocas falacias en sus proyecciones manifiestas, y me viene a la mente la necesidad de analizar todo lo que se pueda en relación con el tema, pero sin caer en lo dicho por otros en ese sentido, sino con una urgencia puntual desde nuestro punto de vista de lo que significa la Cultura en ese contexto, de lo que ella puede y debe aportar al fenómeno de la confrontación de ideas, de la perfectibilidad de un sistema político que tenemos los cubanos, y a la urgencia de que haya siempre un choque franco y responsable en aras de que Cuba siga construyendo su futuro sin injerencia extranjera. 

Pero una cosa queda clara ante de esa múltiple disparidad de criterios, y es que  no puede haber indecisión  en cuanto a que los cubanos no queremos volver al resquicio de antes de 1959, y de que se nos implante un capitalismo banal, excluyente, y mal intencionado. De ahí que haya una sola verdad antes de cualquier lid: o se está con Cuba, o se está en contra de Cuba, y no hablemos o saquemos a la luz disfraces de sistemas ideológicos como pretexto.

Siempre he pensado, a partir de mi espacio Pluralidades: Debates Teóricos, en la UNEAC de Camagüey, que uno puede, dentro de la unidad, tener una diversidad de opiniones; que se puede desacordar sobre tal o cualquier forma en que se conduce la economía del país, o la política, u otra línea conductual de la sociedad y el gobierno, e inclusive, si estamos o no hoy más apegados a los dictados del marxismo clásico; pero ese nivel de razonamiento no puede entrañar una condición sine qua non de alejarse de la unidad nacional. Eso sí, no puede caerse tampoco en el intersticio de una demagogia oposicionista aparentemente con buenas intenciones como un recurso para sacar a flote determinadas ideas que son contrarias a Cuba. 

Creo que la sinceridad debe imponerse en cualquier controversia ideológica, y en estas líneas breves que escribo solo he querido decir algo acerca de un cotejo que parte de posturas divergentes  -y en el fondo lo son-, pero de lo que hay que tener en mente en cualquier circunstancia: A Cuba se le defiende siempre, y las ideas no son para utilizarlas con un caudal semántico que arrastre confusión en torno a lo que representa nuestro país y a su futuro. 

Se puede no estar de acuerdo con la forma en que el gobierno ejecuta sus propósitos y lleva a cabo sus planes; se puede discrepar del método seguido en tal o cual aspecto; se puede, incluso, no estar de acuerdo con el proceso revolucionario porque no lo entiende o lo considera errado, pero una cosa debe quedar claro para cualquier persona digna que se considere hijo de esta Isla: Si queremos subsistir como pueblo, con una cultura elevada, y con niveles decorosos de subsistencia económica y estabilidad social, urge que todo sea discutido, analizado, que se escuche al que no está de acuerdo, que se respete su punto de vista, pero él y otros tienen que tener presente la primicia de pensar en Cuba y en los cubanos todos, y en el mejoramiento humano, no para sumarse a potencias extranjeras o a posiciones antinacionales.

Escuchar a quien no comparta nuestro criterio, no significa ser débil, eso lo debemos tener en cuenta lo de cada postura. Es una sabiduría poder oír a otros interlocutores, saber qué piensan, cuáles son sus proyectos y, luego, dar nuestra opinión al respecto, rebatir lo que no compartimos, lo que consideramos desacertado en esos criterios, ese es el quid de triunfar ideológicamente: siempre dará frutos la confrontación de ideas y urge estimularla, dialogar y divergir. Lo que hay es que intentarlo sin temor, y sin renunciar a nuestras doctrinas y principios.  

*El autor es un escritor cubano, con varios libros publicado. Miembro de la UNEAC.

Autor: Jorge Santos Caballero*

Fuente: Sede de la UNEAC

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