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Cruzada profunda

Cruzada Literaria, foto: Orlando Durán Hernández

Lombillo parece un pueblo fantasma en medio de cañaverales. Por lo general, las mujeres permanecen en la casa, mientras los hombres trabajan en el campo. Cuando ellos vuelven se reúnen en el portal de la tienda, y ellas toman un descanso a la sombra del ateje, donde se tiene buena vista a la tarima. La placita representa la zona connotada de esa comunidad de Esmeralda, el corazón mismo que este jueves fue tomado a media mañana por la Cruzada Literaria.

En dos guaguas marca Girón llegaron poetas y trovadores. Venían de la capital del cuarto municipio en la ruta de sus conquistas. Este año, el itinerario ha significado una vuelta a la semilla, pues de Nuevitas siguieron a Minas, de allá a Sierra de Cubitas, donde casi salieron “huyendo” a penas actuaron en La Tumba, debido al aguacero. Entonces tocaron la tierra, también colorá, de Esmeralda.

“Ustedes son una luz de esperanza a este pueblo”. Ese afecto sonoro lo dio una señora a una de las escritoras de este grupo que duerme en escuelas que no son hoteles, y que come lo modesto y quién sabe si lo mejor en el menú del territorio, me confirma Yoandra Santana, una de las fundadoras del evento. Por eso, los cruzados de verdad no se quejan.

Guitarra en ristre, mientras alistaban el audio, el tunero Carlos Dragoní me contó que en otro lugar donde jamás se ha escuchado, en seguida le corearon su Canción a un socio. Y la holguinera Zulema Gutiérrez, otra reincidente de la Cruzada, todavía estaba fascinada con los niños cubiteños que recibieron como fiesta sus adivinanzas.

“A veces piensas que las personas de lugares más humildes son menos instruidas, menos preparadas, y uno hace concesiones si quiere, pero con la poesía no siempre es necesario que haya total comunicación o comprensión”. Eso piensa Youre Merino que anda de estreno en el evento. Este poeta y dibujante de Banes no se fue sin autografiar Chileno (LetrAbierta, 2016) a Leticia Enriquez Salas, la operadora de la turbina del pueblo.

Leticia compró otros poemarios: Friso de la vida, de Gustavo Pérez; Cosas dichas sin palabras, de Eliecer Barreto; y Días de silencio, de Eduardo Rodríguez. ¿Cuánto dinero se te fue?, intenté provocarla. “Nada. Me gusta leer. Ellos me van a firmar los libros aunque no sean los autores”.

Casi al principio, con sus botas de goma y su baño de sudor, hubo un atrevido, algo que no siempre se logra, aunque sea esencia de la Cruzada desempolvar los talentos locales. Jesús Zamora, con diez ediciones en su haber, sabe que por miedo escénico y por otras circunstancias la gente no se desinhibe, pero en Lombillo fue genial “una voz exquisita que hace su vida de agricultor y canta para completar sus noches” .

Con esas señas no se trata de otro que Arnaldo Ramírez Reyes, un operador de tractor en la cooperativa Ignacio Agramonte. Dice que sintió la guitarra y salió corriendo hasta la Placita, pidió permiso y cantó. “Voy a coger un aire porque estoy ahoga’o”, controló así a su público natural, y ya abajo, me dijo que ha cantado con la “Maravilla”: “Yo no tengo miedo”.

La Cruzada Literaria destierra los términos que dividen a los seres humanos, porque no se trata de remarcar al aficionado y al profesional. La Cruzada entraña el abrazo, por eso su escenario se brinda a conocidos y desconocidos, a jóvenes con cuadernos con sellos de editorial, y autoras como Marlen Segura Ferro, que a sus más de 50 de edad anhela publicar un libro.

Marlen se desempeña como analista del programa cultural de Esmeralda, se enorgullece de egresar de un taller literario, de sus cinco poemas dedicados a Chaplin en la Antología camagüeyana (Ácana, 2003). Estaba feliz de recitar entre famosos, como calificó a Mariela Pérez Castro y a Jesús Zamora, y no dudó en enfatizar el horizonte de su zona: “En Esmeralda tiene un buen potencial literario, especialmente en Jiquí, y en Brasil, donde vive Mercedes Pérez, nuestra principal decimista, con poesía publicada en Islas Canarias”.

Hay más tela por donde cortar en Lombillo, desde las vivencias de la poeta Anisley Mirás, de Trinidad; las del avileño Julio César Brown con su canción “Lo bueno de lo malo”; las de los trovadores Iraida Williams y Harold Díaz y la escritora Evelin Queipo que alargaron su jornada de la Canción Política de Guantánamo casi directo a Camagüey. Evelin se acompaña de su hija Amaranta, la más bajita de los cruzados.

Pero prefiero cerrar con la satisfacción de Deisy Darcout, la promotora del pueblo, que a la espera de la tropa me hablaba que allí lo que mueve es el termo y la música bailable. Claro, no estuvieron los más de 600 habitantes, porque en Lombillo en jornada laboral la gente no anda de brazos cruzados, para no quedar en los libros de Historia solo por la tarja en la ruinas del primer cuartel de la dictadura batistiana que, en la provincia de Camagüey, tomaron los rebeldes.

Autor: Yanetsy León González

Fuente: Adelante Digital

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