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Con motivo del estreno de “Reír es cosa muy seria” en Festival de Teatro de Camagüey

Espectáculo del Centro Promotor del Humor

EL NEGRITO Y EL GALLEGO SE RENUEVAN

Tal como realizó Enrique Pineda Barnet en la película La bella del Alhambra, con los actores camagüeyanos, Héctor Echemendía y Omar Padilla, al igual que como lo hacían Sergio Acebal (el “negrito”) y Adolfo Otero (el “gallego), en La isla de las cotorras, en el teatro Alhambra, el 28 de febrero de 1923, día del estreno, Gallegibiri y Macuntibiri entraban a la escena de espalda con sigilo, hasta reconocerse y comenzar a entonar el cuplé de letra alusiva a la situación política del país, con la música norteamericana, muy en boga en esos años, Mister Gallagher y mister Shean.

Con la misma fórmula, ya clásica, volvieron el negrito y el gallego, para desbordar el teatro Principal de la ciudad, en el inicio del 14 Festival de Teatro de Camagüey.

Desde luego que el publico actual poco o nada conoce de estos personajes que se fueron esfumando paulatinamente, como sucede con  el humor costumbrista, que es asunto trivial y cambiante, porque las costumbres –y con ella los tipos que remeda el teatro— van desapareciendo: ya el “negrito” que surge en el bufo o se asienta, con otras características en la república neocolonial, nada tiene que ver con el negro de nuestros días, y mucho menos el “gallego” o aquella coqueta y destemplada “mulata”.

Reír es cosa muy seria (premio Villanueva y Aquelarre 2012), es un sabroso sainete – no llega a la profusa diversidad revisteril, aunque pretende “coquetear” con ella--, urdido inteligentemente por Iván Camejo, que también dirige la puesta, el que imagino tuvo en cuenta las ocurrencias y colaboraciones del equipo que toman parte en el divertimento, hermanados por el humor.

La trama es simple: un “gallego” prudente en algunos aspectos, que aportará el dinero para montar un cabaret, se encuentra con el “negrito”, más que el burlón, dicharachero o catedrático de otros tiempos, está conformado con los condimentos del cubano actual –este “negrito” podía muy bien ser un “rutinero” blanquito, de ronera y esquina--, pero además de la caricatura o la fotografía del que nos tropezamos en la calle, posee también el espíritu, de eso, que hoy día algunos llaman “luchar”, y que no es más que entrar en toda maraña, monetaria sobre todo, que le sea beneficiosa y palear así, sin tener en cuenta los medios, su desigualdad.

Claro que el texto está también salpicado de chistes y ocurrencias jocosas, y demuestra, además, la excelencia de Kike Quiñones como humorista e improvisador, más que hacedor de “morcillas” (lo confirma con la ocurrente presentación de los músicos de la orquesta), su simpatía,  puede parangonarse con los que, en el pasado, bordaron este tipo. Estoy seguro que debe haber estudiado, en más de una ocasión, a Arredondo (uno de los últimos “negritos” antes de crear el Bernabé), y es evidente que en la estampa que recitó,  rondaba la sombra de Luis Carbonell, como un ángel protector e inspirador.

Iván Camejo, creó un “gallego” muy personal, con “gag” (como la risa), muy logrado, un desplazamiento escénico moroso, que contribuía con su idiosincrasia: ceremonioso, prudente, pero nada tonto; quebró así el esquema, en el que por años, navegaron los gallegos del teatro sainetero, desde que hicieron las  apariciones en nuestra escena, primero como catalanes, pero en buena medida brutos y timados por el negrito.

Alina Molina, le dio vida a la “mulata”, en una efímera salida en la que sabiamente mezcló Camejo la “María la O”, con la “Cecilia Valdés”, afincada sobre todo en la música. Excelente combinación nada irrespetuosa, porque ambos personajes que pasaron al teatro lírico (Lecuona y Roig), son de una misma esencia. No hay que repetir la historia del calco que Lecuona realizó de la mulata creada por Villaverde y llevada al pentagrama por Gonzalo Roig. Alina, supo también imprimir gracejo y chispa a su “mulata”, en su breve intervención, que se complementó excelentemente con el “negrito” y el “gallego”.

Sobre Pagola la Paga, abría mucho que decir, y lamentablemente este comentario requiere de la brevedad, son, sin duda nuestros Luthier, y es lástima que en sus presentaciones por la televisión últimamente, no hayan desplegado la jocosidad y su buena factura en la música y parodias, limitados, quizás, por los libretos enmarcados en determinada estructura y en las normas de exigencias del medio televisivo. En Reír es cosa muy seria, son también protagónicos y contribuyen notablemente al acabado del espectáculo. Mención especial merece la Orquesta Sinfónica de Pinar del Río, y desde luego, su director, por el acompañamiento de la puesta.

¿Qué todo es elogio, dirá el lector? No es tan así, existen sutilezas, pero el crítico confiesa que sus inquietudes parten, más bien, de su apreciación y Camejo, seguramente dirá, que sus observaciones forman parte del sainete que hubiera escrito el crítico. Los sainetes requieren de embrollos y equívocos, es necesario que la trama conquiste al espectador, y por si solas, sin recurrir reiteradamente al doble sentido motivado por la actualidad, provoque la risa. En el teatro sainetero, como gusto en llamarlo, (bufo o vernáculo) sucedía así, el doble sentido político o el chiste verde no estaban siempre presentes, con excepciones imposibles de analizar en esta reseña.

Pobre Papá Montero (Arquímedes Pous), El Espiritista (Ramón Espígul, padre), El velorio de Pachencho (Hnos. Robreño), El Conde del Boniato Dulce (Enrique Arredondo), entre miles, pertenecientes a décadas que fluctúan entre principios del siglo veinte y los años cuarenta, del pasado siglo, tienen como basamento la pura comicidad  que generan sus argumentos.

El Centro Promotor del Humor, transita por una gran diversidad en la comicidad actual, infinidad de estilos en los que debe seguir incursionando, apegados siempre a la cultura popular, pero debe tratar de soslayar la cultura de consumo, una de las categorías de la cultura popular, en este mundo globalizado.

Es muy loable, que el Centro Promotor del Humor haya irrumpido con Reír es cosa muy seria, con esta añosa manera de hacer teatro, que se mantuvo tantos años en la preferencia del pueblo y sus tipos fueron los primeros en invadir los medios y el cine. Es un teatro para recordar, quizás museable, pero a la vez con componentes aprovechables en nuestros días, sabiéndolos tratar e incorporar.

Alejo Carpentier, admirador de esta escena menor, que no desdeñaba, en la década del treinta, del pasado siglo, escribió:

[…] Hoy lo que se llama en Europa teatro popular, ha dejado de serlo hace mucho tiempo excepto en España […] Nunca ofrecen un personaje por cuya boca hable el pueblo; un símbolo como lo son entre nosotros el negrito, el gallego y la mulata, el chino, el guajiro –que represente un sello viviente de la población o la psicología de los hombres del país. (Prefiero cien veces una mala palabra de Otero, que el “Dadme el brazo, señora condesa”, de los dramas europeos. 1

1 Alejo Carpentier: Teatro político, teatro popular, teatro viviente…Crónicas, tomo II, p. 488. Editorial Arte y Literatura, La Habana, 1976.Transcripto de, Carteles, 23, agosto, 1931.

Autor: Manuel Villabella

Fuente: Televisión Camagüey

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