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Camagüey: los tres primeros historiadores

Vista de la ciudad de Camagüey

El estudio de la localidad, con trayectoria e historia propias, no ha de ser mirado como el acercamiento a lo real maravilloso en su menor escala o cercano a lo mitológico, como diría un occidental ajeno a nuestra cultura. No se trata tampoco de asumirlo con la integración absoluta que predominó a partir del xix, pero tampoco en la peculiar fragmentación que sugiere la más férrea mirada de la posmodernidad. Lo local, lo regional y lo nacional se funden históricamente en una continua relación, donde lo uno complementa pero no excluye lo otro.

El caso de Puerto Príncipe tiene en su génesis historiográfica una reiterada deficiencia en correspondencia con una manera tradicional de actuar y pensar la historia en el Camagüey, que no escapa, incluso, a los finales del xx: fondos documentales considerados como reliquias de familias, que pasan de generación en generación; referencias que se citan sin dar origen de las fuentes. En consecuencia, la historia de Puerto Príncipe, la propia, la singular —que para nada es la excepcional—, vista desde afuera, resulta un conjunto de datos repetidos una y otra vez, carente para muchos de cientificidad por la ausencia del documento que lo avale. Dicho panorama ha despertado el interés de los autores en aproximarse, desde dentro, a la producción de los primeros historiadores de Puerto Príncipe y, en la medida de lo posible, además de ampliar algunos datos de su biografía, valorar algunas de sus obras a partir de los estudios nacionales.

A la luz de algunas reflexiones, se ha titulado el trabajo "Camaguey: los tres primeros historiadores", porque al tiempo que se parodia el título de la conocida compilación de Cowley, editada en 1876-1877, en la cual aparece la obra de Tomás Pío Betancourt —lo que ha hecho que muchos consideren su nombramiento como "primer historiador del Príncipe"—, los autores están abogando por una ventajosa pluralidad de historiadores, al margen del academicismo.1 Cronista e historiador, aunque se utilicen de manera diferenciada en el presente texto, no es el objetivo diferenciarlos en su riguroso concepto. Sirva este modesto trabajo para rendir homenaje a quien dedicó toda su vida, a la historia de Camagüey, sin ser un académico, alcanzando prestigio y espacio en la comunidad, al colega Gustavo Sed Nieves.Silvestre de Balboa: ¿primer cronista oficial?

Desde mediados del siglo xvi, el volumen del tráfico de contrabando de cueros fue considerable. De las villas de la Isla, uno de los centros más activos de este comercio fue Puerto Príncipe. A fines de esta centuria y comienzos de la siguiente, el principal centro de comercio de rescate se encontraba en la bahía de Manzanillo, al cual llegaban los mercaderes procedentes del Príncipe.

La villa disfrutó simultáneamente del comercio legal con La Habana, practicado por la costa norte, y el tráfico con Bayamo, por intermedio de los puertos del sur, facilitado por las vías fluviales. "Los vecinos de la villa pudieron, desde inicios del siglo xvii, enviar reses vivas, cueros y carnes saladas a La Habana para el abastecimiento de las flotas, que dos veces al año arribaban a aquel puerto. No obstante, el mayor volumen se encauzó a través de un comercio ilícito con navegantes holandeses, ingleses y franceses, en el que estuvieron involucradas hasta las familias más relevantes."2

En este marco se desarrolló Silvestre de Balboa Troya y Quesada, conocido ampliamente por su autoría del Espejo de paciencia, el único texto conservado de nuestra literatura de los siglos xvi y xvii.

Balboa, nacido en Las Palmas de Gran Canaria hacia junio de 1563, viajó a Cuba entre 1592 y 1595.3 Su vida se desenvolvió, al parecer, entre Puerto Príncipe y Bayamo. Fue Alcalde Ordinario del Cabildo de esta última villa en 1596. Y se encontraba allí en 1604, cuando sucede la "captura" del obispo Altamirano por el corsario Girón y su "rescate" posterior, hechos de los que Balboa dio la versión "oficial", conveniente al Obispo, en su poema.

En Bayamo debió desempeñarse, fundamentalmente, como Oficial del escribano Cortés de Molina, y ser hombre de confianza del alcalde Gregorio Ramos. Sin dudas tuvo relaciones estrechas con los más importantes personajes de la economía bayamesa y estuvo vinculado con el tráfico ilegal, por lo que quizá participó con el Obispo en la llamada "feria de Manzanilla"4. Estos hechos debieron ser esos "ciertos recaudos" presentados en el Consejo de Indias por los cuales se le denegó la confirmación, en 1608, al cargo de Escribano de la villa de Puerto Príncipe. El cuidado tenido en la Corte quedó ratificado prontamente. En 1609 Domingo Francisco Manso, oidor de la Audiencia de Santo Domingo, abrió procesos judiciales ante el Alguacil Mayor de la villa de Puerto Príncipe por "rescate" (léase contrabando) a Balboa y muchos otros vecinos principales.5

No obstante, desde 1619 sustituyó a Pedro de la Torre Sifuentes (Çifuentes, o Sifontes) como escribano público y de Cabildo de Puerto Príncipe, lo que fue ratificado por Real Cédula al año siguiente. Según se desprende del testamento de su viuda, en 1644 ya había fallecido.

Juárez Cano recopiló datos que la tradición conservó acerca de la vida de Balboa.6 Una de estas biografías fue analizada por Felipe Pichardo Moya.7 Al respecto, Pichardo valoró: "Una versión de ignorados fundamentos, recogida por el historiador camagüeyano Jorge Juárez Cano, y de la que en algunos aspectos hemos comprobado error. [...] Nada hemos encontrado que nos permita aceptar la versión de Juárez".8

Gracias a los archivos de la familia Meso-Varona, Pichardo pudo rectificar fechas de la versión dada por Juárez Cano. Así mismo, discrepaba de que Balboa hubiese traducido del latín y, del portugués, Los Luisiadas de Camoens.

Sin embargo, Pichardo —como más recientemente Saínz— no menciona pero tampoco niega otros aspectos de esta versión. Uno de ellos es el dato de que Balboa tuvo el primer establecimiento de enseñanza que hubo en Puerto Príncipe dirigido por un laico. Otro, que el Escribano recopilaba apuntes para la crónica que escribía sobre el Príncipe: "En 1624 [...] comenzó [Balboa] a laborar en la historia, a cuyo efecto el Ayuntamiento lo nombró Cronista de la Villa".9

Ya en 1608 Puerto Príncipe era la tercera localidad insular. El obispo Cabezas Altamirano la había calificado como un lugar de "gente rica".10  "De hecho, tanto en el caso de los grupos como en el de las personas, la memoria no registra, sino que construye. Las formas primitivas de la historia son el mito, que tiene su lógica interna, y la crónica, que relata los acontecimientos desde el punto de vista de intereses específicos."11 Los principeños acaudalados pudieron haber tenido necesidad, a una centuria de fundada, de que la pujante villa contara con su Crónica, ennoblecedora del asentamiento y de sus pobladores de solvencia económica.

Los incendios de 1528 y 1616 ocasionaron la pérdida de documentos oficiales, lo que pudo ser un acicate. "No todo había de estar en los archivos parroquiales y municipales; no todo, por lo tanto, sería destruido por el fuego y la rapiña."12

Balboa, además, había demostrado ya sus dotes para cumplir encargos de este tipo. Y esto, al parecer, no era desconocido tampoco por las autoridades principeñas. Se cita que el 11 de diciembre de 1608, "con motivo de la carta que en 30 de junio de este año Balboa envió al obispo Altamirano sobre el poema, [...] el Ayuntamiento [de Puerto Príncipe] recibió unas letras, muy honoríficas, de dicho prelado, loando la composición."13

Juárez Cano recurre frecuentemente al denominado manuscrito de Balboa,14 "del cual parece que toma sus datos, pero no ofrece ninguna referencia del mismo, ni título, ni fecha de redacción."15 Esta preocupación de la doctora Pichardo Viñals es tan comprensible como la de Pichardo Moya. El no dejar Juárez constancia de las fuentes, costumbre de los historiadores camagüeyanos que le precedieron, ha dado pábulo, contemporáneamente, a la duda acerca de la veracidad de los datos, y dificulta el necesario rastreo que conduzca a los originales consultados. A partir de las anteriores consideraciones podríamos preguntar ¿Fue realmente Balboa el autor de tal manuscrito o es el manuscrito de Balboa una superchería posterior?

En algún momento, y en algún archivo español, podrá aparecer algún documente que dé luz sobre la actuación de Balboa como cronista oficial de Puerto Príncipe, y quizá también se pueda aclarar el origen del manuscrito que se le atribuye. La biografía de tan polémico personaje se ha ido completando poco a poco. Empero: "No conviene dar una importancia excesiva a los precursores. Siempre se descubren nuevos."16

Los primeros historiadores: Diego Varona y Matías Boza

En 1700 una rama de los Borbones franceses ocupó el trono de España. La vinculación con Francia propició la entrada de las corrientes del pensamiento europeo moderno. La metrópoli comenzó a desarrollar una política de centralización administrativa en las colonias. América empezó a reconocer la existencia de intereses propios, diferentes a los de la Península.

 En Cuba había ya una estructura económica en desarrollo, un crecimiento demográfico y una estabilización de la vida en las poblaciones. Durante el siglo xviii se consolidó "la identidad del criollo y su amor por la patria local."17

En Puerto Príncipe la ganadería extensiva siguió siendo el principal renglón económico. Las fábricas de azúcar tomaron auge, con exportaciones a Costa Firme. Santa Cruz del Sur y Santa María eran puertos reexportadores del azúcar de Saint Domingue hacia el continente americano, con pingües beneficios. El comercio ilícito aún constituía una importante fuente de ingresos para vecinos y autoridades; a tal punto, que con el pretexto de evitar el contrabando se restringió el poder del Cabildo con la designación, en 1733, de un Teniente de Gobernador, dependiente del Capitán General de La Habana, y un Capitán a Guerra subordinado a aquel. El 3 de septiembre de 1734 tomó posesión el teniente de gobernador Juan Bautista Echavarría (Echevarría, o Hechevarría), empleando la violencia.18

La villa de Puerto Príncipe concentraba la abrumadora mayoría de la población de la región. En este siglo se había convertido ya en "una de las tres primeras en importancia de Cuba."19 En las décadas de 1750-1760 se le consideraba un "pueblo grande y hermoso",20 que sobresalía "en la arquitectura y caudales",21 y al cual "a excepción de La Habana, no hay pueblo alguno de la Isla que le exceda, ni aun le iguale."22

El siglo xviii es el de los primeros historiadores conocidos de Cuba: Ambrosio Zayas Bazán, Pedro Agustín Morell de Santa Cruz, Martín Félix de Arrate e Ignacio José de Urrutia y Montoya. Y también es la época en que los principeños "don DIEGO DE VARONA y el canónigo doctor MATÍAS BOZA escribieron datos históricos de Cuba [...]; pero sus obras se han perdido, conociéndose solo por leves referencias."23

Son, pues, Varona y Boza nuestros representantes locales de la prosa histórica del siglo xviii. Necesariamente debieron surgir en el Príncipe historiadores, puesto que: "Las manifestaciones historiográficas de mediados del siglo xviii en la Isla de Cuba son exponentes del pensamiento más desarrollado de su época, trasmiten lo que bullía en el espíritu criollo: el amor por su comunidad, la certidumbre de que todos vivían juntos en una misma isla, diferenciados de España y como provincia de su imperio ultramarino, y la percepción de lo americano."24

Una de las incógnitas de la historiografía camagüeyana es la obra de Diego de Varona, mencionado desde el siglo xix por diversos autores. Tomás Pío Betancourt, al referirse a la invasión pirática de François de Granmont, en febrero de 1679, fijaba como fuente "un cuaderno manuscrito del Dr. D. Diego de Varona".25 Calcagno refiere la existencia de la inédita Historia de invasiones piráticas —citada por el historiador Antonio José Valdés—, en la que Varona se refirió especialmente al ataque de Henry Morgan en la Semana Santa de 1668.26

En el siglo xx, el doctor Manuel Pérez Beato consideró que el manuscrito de Varona no era una verdadera historia.27 Y Francisco de Paula Coronado, que compartía esa opinión, fulminó a "algunos eruditos [que suponen], como deducción algo forzada de cierto pasaje de la Historia de Puerto Príncipe por el licenciado don Tomás Pío Betancourt [que] el doctor don Diego de Varona había escrito también un cronicón donde contaba, entre muchos otros sucesos, las invasiones piráticas al Camagüey, especialmente la de Morgan."28

Por esos propios años, Juárez Cano conservó —sin indicar fuentes— datos biográficos de Varona y sobre el origen y destino de sus escritos:

Muchos de los manuscritos de Balboa fueron utilizados [...] por don Diego de Varona, primer historiador cubano, cuando inició sus trabajos para escribir la historia de Camagüey, que no llegó a terminar, pero algunos datos por él recopilados sirvieron más tarde a Tomás Pío Betancourt y Juan Torres Lasqueti para sus obras históricas sobre el antiguo Puerto Príncipe.29

Nació y falleció en Camagüey, pero ignoramos fecha de ambos acontecimientos. Poseía el título de Doctor, pero no sabemos de qué facultad; por el año 1700 comenzó a escribir las crónicas de la Villa, utilizando al efecto algunos manuscritos de Diego de Ovando, teniente gobernador en 1528; del presbítero Recio, que floreció en 1616; [...] y otros documentos anteriores al siglo xviii. Varona presenció el asalto, saqueo e incendio de Puerto Príncipe por el pirata inglés Morgan [...] y el que pretendió realizar [...] el caballero francés Granmont, y escribió las narraciones de dichos acontecimientos [...] Dícese que todos los manuscritos de Varona, o sea, numerosos cuadernos que dejó, todos en buen estado, pasaron a poder de una de las comunidades religiosas de Camagüey a principios del siglo xix, y que a la sazón eran los mercedarios y los franciscanos, y que estos escogieron los mejores, más conservados e interesantes y los mandaron a España o al Vaticano, dejando muchos truncos o en mal estado, que fueron los que Betancourt y Lasqueti tuvieron la fortuna de examinar [...]30

En la versión anterior existen inexactitudes, dadas por la confusión entre los Diego Varona de generaciones diferentes.

El testigo de las invasiones piráticas sólo pudo serlo el capitán Diego Varona y Pinto, hijo del también capitán Francisco Varona y Miranda —que antepuso el apellido materno al paterno para perpetuarlo— y de doña Catalina Pinto de la Torre. Casó el 20 de julio de 1679, en la Parroquial Mayor de Puerto Príncipe, con doña Catalina Barreda y Zayas Bazán. Testó el 24 de noviembre de 1734.31
Don Diego Varona y Barreda, hijo del anterior, casó en Puerto Príncipe el 20 de septiembre de 1699 con doña Ana de la Torre y Recio. Del enlace tuvieron a Diego.32

Diego de Varona y de la Torre nació en Puerto Príncipe el 19 de abril de 1702. Fue bautizado el 7 de mayo de ese año, en la Parroquial Mayor, por el presbítero don Manuel de Agramonte. Se consigna a su padre don Diego de Barona (sic) como alférez mayor. Fueron sus padrinos don Francisco de Barona (sic) y doña Ana de la Torre y Barreda.33

Fue ordenado sacerdote a los 23 años y era doctor en Teología y Cánones.34 Evidentemente es este el historiador, no su abuelo; y sus escritos no fueron, por consiguiente, tan tempranos como para considerarlo el primer historiador cubano, primicia que le sigue correspondiendo al habanero Ambrosio Zayas Bazán.

El 27 de marzo de 1737, de acuerdo con un documento firmado por él, el doctor Diego Varona de la Torre era también comisario, juez apostólico y real subdelegado de la Santa Cruzada en la Villa.35

Se desconoce la fecha de fallecimiento del presbítero Diego Varona, que también alcanzó renombre como orador sagrado.36

Matías Boza de Lima y de Vergara

En su Historia de Puerto Príncipe, don Tomás Pío Betancourt informó sobre el primer asentamiento de la villa "como lo afirma en un libro manuscrito que tengo a la vista y pertenece a D. Nepomuceno Boza, el Canónigo D. Matías Boza".37 Aparecía así mencionado el tercero de los tres primeros historiadores principeños.

Juan Nepomuceno Boza y Varona, cuyos apuntes citó Betancourt una vez más,38 era sobrino nieto de don Matías, del que escribió Calcagno:

Boza (MATÍAS — y VEFARA). — Natural de Pto. Príncipe; Doctor en Sagrada Teología, Catedrático del Ministerio de las Sentencias, Calificador del Santo Oficio, Canónigo Prebendado de la Santa Iglesia Catedral de Santiago de Cuba y literato insigne, que por su vasta erudición, servicios y virtudes mereció que su retrato se colocara en el aula magna de la Real Universidad de La Habana, donde figuró, al lado de otros eminentes varones, hasta 1842, en cuya fecha se trasladaron a la secretaría de la misma [...] No consta el año de su nacimiento; pero sí que floreció en la época del renombrado orador Pbro. Varona. [...] Dejó algunos trabajos curiosos sobre la historia de Cuba, habiendo sido una de sus obras principales el reformar y metodizar las crónicas del historiador Herrera, cuyos escritos permanecían inéditos y truncos; fue algún tiempo Deán de la catedral de [Santiago de] Cuba y gobernador del Obispado.39

Matías Boza fue hijo del capitán Jerónimo [sic] Boza de Lima y de la Torre y de doña María Antonia de Vergara y Miranda, que contrajeron nupcias en Puerto Príncipe el 15 de enero de 1720.40 Nació en esa Villa el 26 de mayo de 1729, y fue bautizado como Matías Ysidoro [sic].41 El sacramento fue realizado por el presbítero Manuel Guerra, privadamente en la casa y por necesidad urgente. Su abuelo paterno, don Alonso Boza de Lima e Hidalgo, fungió como único padrino. Las circunstancias excepcionales que rodearon el acto eran comunes cuando se producían partos difíciles y, dadas las condiciones higiénico-médicas de la época, se presumían pocas posibilidades de supervivencia para el recién nacido.

En el asentamiento del bautismo aparece registrada su madre como Antonia Belgara [sic]. El cambio de "r" por "l", común en la escritura del período, dio origen a las modificaciones en el apellido que han llegado hasta nuestros días: VEFARA, según Calcagno e, incluso, BEFARA, como señala la doctora Pichardo42, frutos de lecturas y transcripciones erróneas.
Se doctoró en Teología en 1750; y en Cánones en 1754,43 año en que fue también ordenado como sacerdote.44 Ya en 1756 se le consigna como catedrático del Maestro de las Sentencias.45

La visita de Morell de Santa Cruz a Puerto Príncipe, entre fines de abril y el 30 de mayo de 1756, resultó decisiva en la vida de Matías Boza de Lima y de Vergara. Al retirarse, el Obispo de Cuba viajó con el joven de 27 años como su Secretario46, muestra de haber hallado en él un rico potencial para la carrera eclesiástica. Se inició así su amplia actividad en Santiago de Cuba, en cuya catedral se registró su defunción, el 15 de julio de 1796.47

Fuente, vestigio y destino de los manuscritos de Varona y Boza

Una biografía escrita en el siglo xx, informa que Boza, "en colaboración con Varona (...), reformó las crónicas cubanas de Herrera y llevó a cabo otros trabajos referentes a la historia de Cuba"48. Esta versión da la idea de una obra mancomunada, lo que resulta perfectamente comprensible si se asume un estudio genealógico de estos historiadores: ambos descendían del célebre Vasco Porcallo de Figueroa, tronco ancestral de las más importantes familias principeñas;49 y pertenecían al linaje de la importante familia Miranda. Boza por su parte, era nieto cuarto o chozno de... ¡Silvestre de Balboa!

Diego de Varona y Matías Boza eran parientes. Si trabajaron juntos, sus manuscritos debieron tener orígenes comunes e idéntica suerte ¿En qué fuentes se basaron Varona y Boza para su trabajo? La historia general de los hechos de los castellanos en las islas y Tierra Firme del mar Océano (1601), compuesta por Antonio de Herrera y Tordesillas (1559-1625), sí pudo haber sido consultada y reescrita por ellos. Es reconocida como la mejor de las obras del Historiógrafo de Castilla y las Indias, cargo que desempeñó a partir de su designación por Felipe II. No obstante, se le señalan críticas en el enfoque de los hechos y "el estilo es en general difuso y la composición defectuosa"50. Hombres cultos como los principeños pueden haberla consultado y recreado con otros datos locales, contenidos en las crónicas familiares, entre las que pudo estar aquella de Balboa, y quién sabe si hasta algunos manuscritos de los tiempos de Porcallo. ¿Y si se tratara de un lapsus calami de Calcagno o de otra fuente anterior? Las crónicas inéditas y truncas que se reformaron y metodizaron, pudieron haber sido las de Balboa.

Las crónicas de Varona y Boza fueron utilizadas en la redacción de la Relación del 28 de julio de 1756, de Pedro Agustín, Obispo de Cuba. Indudablemente Morell debió conocer esos manuscritos durante su estancia en Puerto Príncipe, de los que pudo tomar numerosos datos para iniciar la correspondencia. No resulta aventurado suponer, por otra parte, que el propio Boza, como secretario del Obispo, redactara a partir de su documentación personal y familiar los datos que conformaron el reporte de la visita eclesiástica.

Desconocida hasta su publicación en 1985, la carta de Morell al Rey es rica en anécdotas de primera mano sobre las invasiones piráticas, coincidentemente con lo que parece ser el tema más recordado de los cuadernos de Varona y Boza, patrimonio de la familia. Estos son los pocos vestigios de dominio público que hoy se conocen.

¿Por qué don Tomás Pío Betancourt no incluyó tales hechos? Puede conjeturarse que, sencillamente, no los conoció; es decir, no estaban en el cuaderno que consultó. Así, por ejemplo, hubo de copiar in extenso al pirata cirujano Esquemeling, testigo presencial y cronista del ataque de Morgan, como única fuente de los sucesos de 1668.

Con el proceso de secularización de los conventos principeños se ha relacionado la presumible pérdida de los manuscritos. El 13 de octubre de 1821 se suprimió por primera vez el convento de San Francisco; y el 7 de agosto de 1822, el de la Merced51.  Con la expropiación ejecutada a partir del 15 de diciembre de 1841, la Hacienda colonial se hizo cargo definitivamente de las propiedades conventuales de Puerto Príncipe. Dos razones hacen pensar que los referidos librillos no integraron los registros de los conventos principeños: a) en ellos debió estar consignada la nobleza y limpieza de sangre de las familias; y, b) los cronistas eran del clero diocesano de la Vicaría de Puerto Príncipe, no del clero regular.

Estos libros no debieron tomar, por tanto, el mismo rumbo de los archivos de las órdenes religiosas radicadas en la ciudad, aún desconocidos. Considerados patrimonio familiar de los Boza, evidentemente fueron conservados en sus casas por los descendientes. Hasta la destrucción, cesión a terceros, venta a coleccionistas o extravío, permanecieron en la ciudad. Puede que algunos todavía estén en ella. Algunos fragmentos pueden aparecer en anteriores visitas eclesiásticas no publicadas, otros estarán quién sabe donde. Todos, quizás, esperan ser hallados en algún ignorado archivo.

¿Resonancia? Y perspectiva

Los análisis historiográficos en el caso de Camagüey no deben verse sólo como resonancias de obras escritas por letrados e ilustres personajes de pasadas épocas, sino como resultado de numerosos estudios críticos que revelen los hechos históricos allí citados en su base social, económica y cultural.
Finalizando el siglo xx, persiste una tradición local por recrear —y cuestionar— una y otra vez, la producción en esta rama del saber; sin que se dé por concluida y agotada la etapa fundacional, la conquista-colonización, y —en consecuencia— períodos históricos posteriores. A ello se suma la permanente actitud de quienes, dedicados a la historia en la actualidad, atesoran aún la documentación como simple reliquia sin sacar a la luz lo generado. Ello conlleva a que las últimas generaciones de estudiosos sientan la necesidad de reescribir su historia local, siempre sobre la pretensión de avalar los resultados con documentos inéditos.

Mirar el pasado, en la historiografía camagüeyana es hacer transparente la historia propia; una historia que sigue estando por escribir, y a la que se suma con rapidez el pasado reciente. Camagüey: los tres primeros historiadores es, a juicio de los autores, un peldaño en ese sentido. ARRATE, JOSÉ MARTÍN FÉLIX DE: Llave del Nuevo Mundo : antemural de las Indias Occidentales ..., 4. ed., Comisión Nacional Cubana de la Unesco, La Habana, 1964.
BALBOA, SILVESTRE DE: Espejo de paciencia, Impr. Escuela del Instituto Cívico Militar, La Habana, 1941.
 BETANCOURT, TOMÁS PÍO: "Historia de Puerto Príncipe" en Rafael Cowley, ed.: Los tres primeros historiadores de la Isla de Cuba, Impr. de Andrés Pego, La Habana, 1877, t. 3, p. 503-566.
CALCAGNO, FRANCISCO: Diccionario biográfico cubano, N. Ponce de León- E.F. Casona, New York-La Habana, 1878-1886.
Camagüey y su historia : apuntes históricos desde la etapa precolombina hasta 1987, Taller de Impresión "Felipe Torres Trujillo", Camagüey, 1989.
Enciclopedia universal ilustrada europeo-americana, Ed.. Espasa-Calpe, Barcelona, [1905-1933], 70 t.
Instituto de Historia de Cuba: Historia de Cuba : la colonia, Ed. Política, La Habana, 1994.
JUAREZ CANO, JORGE: Apuntes de Camagüey, Imprenta "El Popular", Camagüey, 1929.
MEDINA RUBIO, ARÍSTIDES: "Actualidad de los estudios regionales y locales en Venezuela" (Conferencia), Universidad de Cienfuegos, 19 de oct. 1999..
MORELL DE SANTA CRUZ, PEDRO AGUSTÍN: Historia de la Isla y Catedral de Cuba, Impr. Cuba Intelectual, La Habana, 1929.
__________________________________________: La visita eclesiástica, Ed. de Ciencias Sociales, La Habana, 1985.
OLLÉ, SANTIAGO: "A base de prólogo", en Datos históricos y gráficos de la ciudad de Camagüey : 12 de noviembre de 1817 : 12 de noviembre de 1917, The Camagüey Publicity, Camagüey, [1917].
PICHARDO MOYA, FELIPE: Caverna, costa y meseta, [2 ed.], Ed. de Ciencias Sociales, La Habana, 1990.
PICHARDO VIÑALS, HORTENSIA: La fundación de las primeras villas de la Isla de Cuba, Ed. de Ciencias Sociales, La Habana, 1986.
RIBERA, NICOLÁS JOSEPH DE: Descripción de la Isla de Cuba, Ed. de Ciencias Sociales, La Habana, 1973.
SAÍNZ, ENRIQUE: Silvestre de Balboa y la literatura cubana, Ed. Letras Cubanas, La Habana, 1982.
SANTA CRUZ Y MALLÉN, FRANCISCO XAVIER DE: Historia de familias cubanas, Ed. Hércules, La Habana, 1940-1950, 6 t.
SEGREO RICARDO, RIGOBERTO: Conventos y secularización en el siglo xix cubano, Ed. de Ciencias Sociales, La Habana, 1998.
VILAR, PIERRE: "Historia", en Colectivo de autores franceses y cubanos: La Historia y el oficio de historiador, Ed. de Ciencias Sociales, Ed. Imagen Contemporánea, La Habana, 1996, p. 1-21.

Fuentes Documentales:
FERNÁNDEZ GALERA, AMPARO. Archivo personal.
JUÁREZ CANO, JORGE: Fondo Personal, Archivo Histórico Provincial de Camagüey.


Autor: Héctor Juárez Figueredo y Marcos A. Tamames Henderson

Fuente: Internet

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