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Camagüey, legendaria a sus 503 años

Ciudad de Camagüey

Sus calles concurrentes pueden hacer difícil la orientación, pero de cualquier forma será una agradable experiencia perderse en la trama urbana. Un patrimonio que constituye una de las mayores riquezas de la arquitectura hispánica en Latinoamérica, el privilegio de ser cuna de Ignacio Agramonte, Salvador Cisneros, Gertrudis Gómez de Avellaneda y Nicolás Guillén, y una de las más destacadas compañías de danza clásica del hemisferio occidental, son algunos de sus encantos.

Pero sin lugar a dudas la otrora villa de Santa María del Puerto del Príncipe encuentra un sello particular en sus leyendas, transmitidas de generación en generación. Numerosas resultan las narraciones de sucesos reales transformados por la fantasía popular que anidan en su historia cultural.

Llama la atención la mítica Dolores Rodón, fallecida en 1863 debido a una de las repetidas epidemias de viruela que azotaban en esos años a la comarca principeña, quien habría resultado desconocida si la imaginación de la gente no se hubiera encargado de hacerla imperecedera.

Tiempo después de su muerte, en el cementerio de la ciudad apareció una tabla de cedro pintada de blanco y clavada a la tierra sobre una fosa común, con una décima a manera de epitafio. 

Perspicaz y de mensaje moralizador, mantuvo urdidos a los lugareños de entonces y le rodearon rumores de que cuando se deterioraba por el paso del tiempo, alguien misteriosamente la restauraba. En 1881, en el periódico La Luz se transcribieron los versos:

Aquí Dolores Rodón
finalizó su carrera
ven mortal y considera
las grandezas cuáles son,
el orgullo y presunción
la opulencia y el poder,
todo llega a fenecer
pues solo se inmortaliza
el mal que se economiza
y el bien que se puede hacer.

Igual de repetida es la historia de un ave blanca aparecida entre la bandada de auras que sobrevolaron el hospital de San Lázaro, construido por gestiones del religioso franciscano Padre Valencia. En torno a este suceso el pueblo creó una ingeniosa historia.

Al morir el sacerdote se cuenta que llegó la escasez y el hambre para los míseros leprosos allí internados. Las auras tiñosas recorrían el sanatorio en espera de los cuerpos de los famélicos enfermos, hasta que apareció un ejemplar albino de la especie. Al día siguiente todo Puerto Príncipe comentaba que el alma del Padre Valencia, tantas veces invocada en medio de los sufrimientos de los lazarinos, había bajado hasta ellos.

Y quizás ninguna es tan extendida y popular como aquella afirmación de que quien beba agua de tinajón termina por enamorarse de la ciudad, con la posibilidad de radicarse en ella para siempre o incluirla desde entonces en sus viajes de placer.

Son estas creaciones populares solo una ínfima parte de ese halo de entelequia, magia y tradición que rodea a la cuarta villa fundacional cubana, legendaria a sus 503 años.

Autor: Alejandro Moreno Lezcano

Fuente: Radio Nuevitas

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