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Ana Betancourt, una mujer adelantada a su tiempo

Ana Betancourt

La bella criolla irrumpe en el salón principal de La Filarmónica, todos vuelven sus miradas hacia ella, el Marqués de Santa Lucía se aproxima a Micaela, su esposa, para susurrarle al oído: “Sin dudas, es Anita una de las mujeres más elegantes, cultas... llamada a figurar en la alta sociedad, no solo por las prendas con que la naturaleza la adorna, sino por su fino y amable trato social”. La compañera de Salvador Cisneros Betancourt asiente con agrado.

Ana Betancourt Agramonte había nacido en la ciudad de Puerto Príncipe a principios de la década del 30 del siglo XIX, época en la que el patriarcado era la base de la estructura social y solo en algunos lugares de la vieja Europa asomaban los primeros síntomas del llamado movimiento feminista en busca de “justicia dentro de la igualdad”, de ahí que la joven fuera educada, según las costumbres, para las ocupaciones domésticas.

Cuando el 17 de agosto de 1854, se une en matrimonio a Ignacio Mora de la Pera, hombre de elevada cultura poco común, la vida de la muchacha toma otro rumbo, el marido convierte a la esposa y compañera en una mujer igualmente poco común; le enseña el inglés y el francés, despierta en ella el interés por la lectura, la invita a redactar con él, y a corregir las pruebas de los artículos que publica en los diarios locales, al punto que ella llega a advertirle sobre un punto mal hilvanado o una frase inoportuna; juntos se identifican plenamente con el movimiento independentista.

Al estallar la Guerra de 1868, Ignacio Mora es de los que está en Las Clavellinas, advierte a la esposa del peligro que correrá en lo adelante, a lo que ella le pide: Úneme a tu destino, empléame en algo, pues como tú, deseo consagrarle mi vida a mi patria. Y así fue desde entonces y para siempre.

Por el momento Anita quedó en su casa de la calle Mayor, recibe y remite comunicaciones al campo insurrecto, almacena armas y pertrechos de guerra, hospeda a emisarios de otras provincias, escribe proclamas que se distribuyen entre las tropas y en la propia ciudad, hasta que a fines de noviembre tiene que huir al conocer que se ha dictado en su contra una orden de detención. La Matilde, propiedad de la familia Simoni es su escondite provisional, para finalmente refugiarse en Imías en compañía de su amiga Concha Agramonte.

Pero es en Guáimaro donde Ana inscribe su nombre definitivamente en la historia de nuestra Patria. El 14 de abril, cuatro días después de celebrada la Asamblea Constituyente de la República de Cuba en Armas, y de haber sido investido Carlos Manuel de Céspedes como su presidente, según refiere ella misma, animada el esposo, Moralitos y Zambrana, presentó una petición a la Cámara, la que leyera su amigo Ignacio Agramonte, en la que solicitaba a los legisladores cubanos que, tan pronto como estuviese establecida la República, concediesen a las mujeres los derechos de que eran acreedoras.

Por la noche hablé en un meeting: pocas palabras que se perdieron en el atronador ruido de los aplausos, apuntaba posteriormente la patriota en carta a su sobrino Gonzalo de Quesada, creo que fueron poco más o menos las siguientes: Ciudadanos: la mujer en el rincón oscuro y tranquilo del hogar esperaba paciente y resignada esta hora hermosa, en que una revolución nueva rompe su yugo y le desata las alas.

Ciudadanos: aquí todo era esclavo; la cuna, el color, el sexo. Vosotros queréis destruir la esclavitud de la cuna peleando hasta morir. Habéis destruido la esclavitud del color emancipando al siervo. Llegó el momento de libertar a la mujer.

Es importante tener en cuenta que Ana Betancourt no era remisa al movimiento feminista que comenzaba en Europa y los Estados Unidos, según investigaciones, su caso es considerado como vanguardia del feminismo continental al ser el único conocido en Latinoamérica.

Las mujeres norteamericanas, inglesas y francesas comenzaron a abogar por sus derechos entre 1868 y 1871, época por la que la internacionalmente conocida Clara Zetkin tenía 12 años, de ahí que no fuera extraño que Céspedes señalara: Una mujer, adelantándose a su siglo pidió en Cuba la emancipación de la mujer.

Desde aquel momento los esposos deciden vivir en Guáimaro, Ignacio Mora enferma y al no poder hacer vida guerrillera, editan el periódico “El Mambí”. Con posterioridad al incendio de la ciudad, marchan a la manigua donde continúan editando el periódico hasta que en julio de 1871 son sorprendidos por fuerzas enemigas, ella es capturada y enviada a La Habana y gracias a gestiones de familiares puede ir a los Estados Unidos, donde permanece un año para luego viajar a Jamaica; pasa a El Salvador a trabajar como maestra y regresa a Jamaica donde conoce de la muerte de su amado esposo, ocurrida el 14 de octubre de 1875.

Al producirse el Pacto del Zanjón en febrero de 1878 regresa a la Patria, los sufrimientos por la pérdida del esposo no la amilanan, por lo que conspira y nuevamente es deportada; esta vez marcha a Madrid para reunirse con una de sus hermanas, allí no descansa en sus actividades revolucionarias y logra copiar secretamente el diario de campaña de su compañero a la vez que semanalmente envía a su sobrino Gonzalo de Quesada apuntes biográficos de Mora con vistas a su publicación.

Finalizada la Guerra de Independencia se siente motivada para regresar a la Patria, y solo la gratitud y el amor por su hermana la retienen, ambas deciden viajar a Cuba por unos seis meses, y es en estos preparativos que una fuerte bronconeumonía apaga la vida de nuestra heroína el 7 de febrero de 1901, alrededor de las 3:30 de la tarde en su domicilio de la Plaza Progreso, en Madrid.

El 26 de septiembre de 1968 arribaron sus restos a Cuba y desde el 10 de abril de 1982 descansan definitivamente en el mausoleo erigido en su memoria en Guáimaro, donde por siempre vibra su voz.

Autor: María Delys Cruz Palenzuela

Fuente: Adelante Digital

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